Cuando Higui sacó el cuchillo que llevaba escondido fue porque ya no aguantaba más la paliza. Patadas por todo el cuerpo, el pantalón roto y el boxer también. “Te voy a hacer sentir mujer, forra, lesbiana”, le dijo Cristian Rubén Espósito. Ella no sabe de dónde pero encontró la fuerza para sacar el cuchillo con la intención de ahuyentarlo. En el forcejeo le clavó una puntada que lo mató. Desde hace casi seis meses Eva Analía de Jesús, a quien apodan Higui por René Higuita, el ex jugador y arquero colombiano, está detenida por defenderse de un abuso. La atacaron por lesbiana, la encerraron por defenderse. Aunque el caso todavía no llegó a juicio, está presa con prisión preventiva. Enfrenta una acusación por homicidio simple y pasa los días en el Destacamento Femenino de Villa Maipú, en el conurbano de la provincia de Buenos Aires. Afuera, el pedido de libertad para Higui ya es un grito nacional. Una causa que empujan militantes barriales, organizaciones sociales, políticas de derechos humanos y, en particular, el activismo lésbico organizado. Hoy sus familiares e integrantes de la Comisión por la libertad y absolución para “Higui” se concentrarán desde la mañana frente a la Unidad Fiscal 25  de Malvinas Argentinas, donde recayó la causa. Y a las 18, darán una conferencia de prensa en el Municipio de Moreno, en el Salón Latinoamericano del primer piso (Eugenio Asconape 51, entre las calles Joly y Piovano). Exigirán su inmediata excarcelación.

Higui llevaba un chuchillo porque ya la habían atacado otras veces distintos grupos de varones del barrio Mariló, en Bella Vista. Le habían tirado piedras, le habían robado la bici, le dieron unos puntazos en la espalda y le prendieron fuego la casilla en la que vivía. La noche del Día de la Madre, el 16 de octubre de 2016, fue a visitar a su hermana, en el trayecto al menos dos varones la acorralaron en un pasillo, la tiraron al piso y le bajaron los pantalones. En el expediente judicial Higui cuenta el ataque y argumenta su legítima defensa.[rad-hl] “Me asusté cuando me rompieron el pantalón porque creí que me iban a violar”[/rad-hl], dijo al día siguiente del ataque ante el fiscal Germán Muñoz Weigel de la UFI 25 de Malvinas Argentinas. También narró el hostigamiento previo:[rad-hl]“Yo ando cuando voy para allá con un cuchillo por miedo, porque los chicos son malos y no quieren a las lesbianas, ya tuve problemas antes”[/rad-hl]. El fiscal la acusó de homicidio y la legítima defensa como argumento se hizo evanescente en la causa.

Ella se fue del lugar sin saber que uno de sus atacantes había muerto. Los policías de la Comisaría 2da la detuvieron casi inconsciente con la ropa destruída y golpes por todo el cuerpo. La tuvieron incomunicada por varios días y ningún médico la revisó. Nunca había estado presa. Su familia iba a llevarle comida al destacamento. Recién pudieron verla tres días después del ataque. Higui no paraba de llorar. Su hermana, Azucena, le sacó fotos con el celular para dejar registro del ojo negro, la cara hinchada y los golpes en la espalda producto de la paliza.[rad-hl]“No se hermanita de dónde saqué fuerza”[/rad-hl], le repetía Higui a Azucena entre llantos.

 

Higui tiene 42 años y es la tercera de ocho hermanos y hermanas: el mayor tiene 46 y el más chico 25. Nació en Haedo y se crió en el noroeste del conurbano. Vivió mucho tiempo Bella Vista, partido de San Miguel. También vivió en el barrio de Mariló, donde ocurrió el ataque. Su última casa antes de estar detenida fue en el barrio Barrufaldi, a orillas del río Reconquista. Hacía trabajos como jardinera, limpiando galpones, juntando cartones: todo tipo de “changas”. Y en el tiempo libre jugaba a la pelota como arquera. De ahí su apodo. En todos los lugares que habitó enfrentó la discriminación por ser lesbiana. “Siempre fue hostigada en el barrio”, dice a LatFem, Azucena, su hermana.

Su caso pudo evadir la oscuridad de la celda del Destacamento cuando Carolina Abregú, vecina del barrio, hermana de Karina Abregú -sobreviviente de un femicidio- fue hasta la dependencia policial por otra causa y escuchó a una mujer que lloraba: era Higui. Carolina había ido como referente de las Defensorías de Género, una organización territorial que acompaña a sobrevivientes de distintas formas de violencia. A partir de ahí el movimiento de mujeres, lesbianas, travestis y trans de la Argentina activó sus redes de acompañamiento como ocurrió en otros casos de detenciones arbitrarias, irregulares e injustas. Se formó la Asamblea Lésbica Permanente, espacio que llevó el reclamo de Libertad para Higui, a las consignas del último 8 de marzo, el primer Paro Internacional de Mujeres. La Asamblea tuvo su propia columna en la marcha que caminó desde Congreso a Plaza de Mayo. En el documento que se leyó ese día el nombre de Higui estuvo presente: “Basta de criminalizarnos por defendernos: Exigimos la libertad para Higui, atacada por lesbiana. Presa por defenderse. Presa política del patriarcado”.

Mientras su pedido de libertad se multiplica en las calles, las plazas, las asambleas, las conferencias de prensa y también en las redes sociales, su abogada María Raquel Hermida Leyenda busca que llegue al juicio en libertad. Hará pedido por incidente, es decir, en paralelo al expediente para exigir una morigeración de la pena. La abogada llegó al caso en enero cuando la prisión preventiva ya estaba firme. “Ella fue agredida por ser lesbiana. Y sufrió un triple maltrato judicial por ser mujer, lesbiana y pobre”, dice Hermida Leyenda a LatFem. La defensora busca sentar un precedente en los casos de legítima defensa en la vía pública. Algo que no ocurrió con uno de los casos más resonantes de los últimos tiempos en la Argentina: el de las hermanas Jara.

Ailén y Marina Jara, dos hermanas del partido de Moreno, al oeste del conurbano bonaerense pasaron dos años, un mes y veintiún días presas por intentar defenderse de un vecino abusador. Juan Antonio Leguizamón Avalos tenía un revólver con el que gatilló dos veces en febrero de 2011. Como el hombre ya las venía hostigando, ellas llevaban un cuchillo de 10 centímetros de largo, esos que sirven para untar manteca. Con ese cuchillo se defendieron, no lo mataron pero lo apuñalaron. En 2013 las condenaron por lesiones graves con una pena que ya habían cumplido con la prisión preventiva. El mismo día del debate oral, recuperaron la libertad.

Higui espera encerrada y hace manualidades para sus sobrinas para pasar el tiempo. También lee y recibe las visitas de sus familias, su abogada y una psicóloga. Del otro lado de las rejas se organizan festivales de música, stand up, partidos de fútbol, conferencias de prensa para visibilizar y se juntan alimentos, toallitas, materiales de higiene para llevarle. El feminismo organizado tiene una certeza: a Higui la sacamos entre todas.