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Sin el trabajo que se produce en el hogar, sin el sostenimiento cotidiano de la vida que se lleva a cabo en las comunidades, no existiría fuerza de trabajo disponible en el mercado y en consecuencia no habría posibilidad de generar valor económico y reproducción del sistema. Romper esta visión limitante permite reconocer a las tareas de cuidado como trabajo, puesto que como afirma la economista feminista argentina Corina Rodriguez Enriquez, son las que permiten la existencia y reproducción de las personas, brindando elementos físicos y simbólicos para vivir en sociedad.

¿Puede existir trabajo sin la percepción de un salario o ingreso? ¿Sería trabajo esclavo? ¿Puede existir el trabajo no remunerado? Parafraseando el libro de Katrine Marçal “¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?” ¿Es trabajo las tareas que se realizan en los hogares?

El trabajo es un concepto en disputa. El desafío está en reconocer aquél orden simbólico del capitalismo patriarcal que atraviesa nuestra propia concepción de lo que llamamos (o no) “trabajo” y que nos marca límites en las propias visiones y por ende, en la potencialidad transformadora colectiva. Partir de una mirada sesgada conlleva a invisibilizar y deslaboralizar, y por ende, desproteger vínculos en torno al trabajo, negando capacidad de cuestionamiento a los debates.

¿Cómo opera la división sexual del trabajo? La economía ortodoxa construyó su análisis en la producción y racionalidad mercantil en torno a la idea de “el trabajador” como eslabón principal en la cadena de maximización de ganancias. Para eso, centró su sistema en la idea de sujeto universal titular de derechos, construido a partir del hombre cis heterosexual como principal proveedor del hogar con un salario mejor en el mercado, con mayores posibilidades de inserción laboral, mayor proyección en su trayectoria ocupacional. Los estereotipos de género asignados biopolíticamente, que son su capacidad innata de racionalidad, frialdad y estratega, consolidan la aptitud de mayor supervivencia en la esfera pública. El trabajo de esos hombres es considerado productivo y de valor. Esa noción de “trabajador” excluye a las mujeres y demás disidencias sexuales.

La sexualización del trabajo consolida la dicotomía de “lo público” y “lo privado”, asignando este último lugar por excelencia a quienes asigna biopolíticamente como “mujer” con características innatas para el cuidado de niñxs, ancianxs y enfermxs, estereotipos de sensibilidad y debilidad. Este aislamiento de quien cuida, para forzar su permanencia en la esfera privada, se sirve de privatizar y despolitizar los cuidados, mostrándolos como un problema “individual” y no colectivo, basándose en argumentos biologicistas amparados en la capacidad gestante y de amamantar. Y, ante la posible anomalía de que las mujeres y disidencias sexuales decidan inmiscuirse en el trabajo de mercado, se las disciplina con condiciones laborales claramente desventajosas, sumada a la no apertura de corresponsabilidades en las tareas de cuidado y del hogar, debiendo cumplir con la doble jornada laboral. Esta anomalía en la actualidad es ya una generalidad.

Sin el trabajo que se produce en el hogar, sin el sostenimiento cotidiano de la vida que se lleva a cabo en las comunidades, no existiría fuerza de trabajo disponible en el mercado y en consecuencia no habría posibilidad de generar valor económico y reproducción del sistema. Romper esta visión limitante permite reconocer a las tareas de cuidado como trabajo, puesto que como afirma la economista feminista argentina Corina Rodriguez Enriquez, son las que permiten la existencia y reproducción de las personas, brindando elementos físicos y simbólicos para vivir en sociedad.

Sin el trabajo que se produce en el hogar, sin el sostenimiento cotidiano de la vida que se lleva a cabo en las comunidades, no existiría fuerza de trabajo disponible en el mercado y en consecuencia no habría posibilidad de generar valor económico y reproducción del sistema. Romper esta visión limitante permite reconocer a las tareas de cuidado como trabajo, puesto que como afirma la economista feminista argentina Corina Rodriguez Enriquez, son las que permiten la existencia y reproducción de las personas, brindando elementos físicos y simbólicos para vivir en sociedad.

Ese trabajo que el sistema económico patriarcal lo disfraza a través de sentimientos de amor y sentido maternal es trabajo no remunerado que expresa la desigualdad, injusticia y opresión que las mujeres padecemos a diario al no tener la libertad de elegir qué vida querer vivir.

La falta de corresponsabilidad social en las tareas de cuidado tiene mayor efecto en épocas de crisis: el ajuste es femeneizado. Las mujeres cuidadoras y, en muchos casos, a cargo exclusivo de sus hogares, se ven forzadas a salir a la esfera pública o a incrementar su tiempo allí, pero sin tener herramientas para poder pelear un puesto digno en el mercado de trabajo o poder sostener una actividad económica autogestiva de sobrevivencia.

Las mujeres vulnerabilizadas, a diferencia de las de estratos económicos más altos (quienes pueden recurrir a la tercerización de estas tareas), dependen exclusivamente del Estado para poder acceder a espacios de cuidados como instituciones educativas gratuitas de doble jornada para sus hijxs. El feminismo popular en el marco de la crisis económica producto de las políticas implementadas bajo el modelo económico iniciado en el 2015, ha tenido un rol fundamental en las barriadas para contrarrestar la feminización de la pobreza. Han construido experiencias de contención en espacios de cuidados como merenderos, comedores, espacios de primera infancia, que son también lugares de trabajo que pelean por su dignidad y reconocimiento, como también la puesta en marcha de cooperativas de trabajo y emprendimientos productivos.

Por eso, en este año electoral, creemos fundamental que las fuerzas políticas, además de desearnos feliz día a todxs lxs trabajadorxs, incluyan en sus plataformas electorales las necesarias políticas públicas contra la desigualdad de género, donde se debata sobre la provisión de un sistema de cuidado en pos de una sociedad más justa. Adornar con “mujeres” el discurso no es feminismo, la transformación social es la que permitirá arrebatarle mayor dignidad al capital