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Ni genitor, ni Estado, ni Iglesia, ni embrión con latidos o uñitas, son lejanamente equiparables a nuestra soberanía en estas decisiones personalísimas que deberían estar fuera del alcance de los magistrados. Por el contrario, deben reconocer su deber de proteger y promover las decisiones que ejerzan las personas gestantes en defensa de su libertad y sus derechos, y de una democracia que, en su movimiento de inclusión,enriquece la vida social común.

Me siento muy honrada de ser convocada a este debate, que querría fuera todo lo público que ha sido el ejemplar debate que hubo en la Cámara de Diputados para llegar a la media sanción del proyecto de interrupción voluntaria del embarazo.

Soy médica psicoanalista y pertenezco a la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito desde su fundación. Quiero decir que mi intervención es a título totalmente personal, y que me pasó en esta víspera que me encontré en un diálogo muy vivo con los trascendidos y las noticias que leí en el diario de los días anteriores.

Decidí hacer una intervención completamente distinta, o muy distinta, de la que hice en el debate en la Cámara de Diputados, porque creo que todo el proceso de la media sanción ha creado condiciones sociales y políticas que modifican, tal vez, el eje de lo que me interesaba presentarles. Encabezo con una cita que tomé del doctor Andrés Gil Domínguez, creo que de su exposición en Diputados: “Ustedes tienen la posibilidad de superar el dolor y transformarlo en derechos. De eso se trata ser legislador y cumplir con las obligaciones constitucionales y convencionales instauradas: transformar el dolor en derechos. Y, claramente, hace mucho tiempo que las mujeres, niñas y adolescentes sufren y pasan por mucho dolor, que es la negación de derechos. Está en ustedes transformar dolor en derechos”.

Quiero agradecer al doctor Pedro Cahn por su exposición, porque creo que me ahorra muchísimo de lo que es necesario decir, y es presentado con la autoridad que le corresponde. Yo voy a hacer hincapié en cosas completamente distintas.

Hay formas de decir que se pretenden instalar como verdades y que encubren operaciones discursivas perversas, ocultan lo que les falta para ser verdaderas. Por ejemplo, cuando se dice “eliminación de un ser humano por otro ser humano”, ¿por qué no se llama así a las muertes de mujeres por aborto y otras causas evitables? Esas muerte, ¿son naturales? ¿No hay responsabilidad humana?, ¿o no son seres humanos las que se mueren? ¿No debe el Estado proteger su derecho a la vida y el de todas a la salud? ¿La protovida del embrión tiene mayor valor que la vida de quien lo aloja en su cuerpo y en su biografía y no desea seguir sosteniendo un proyecto en el que se juega su vida y que es imposible sin su participación? ¿Es éticamente lícito inocular como mandato en el pensamiento de la gestante una creencia que ya ha ingresado en su subjetividad como parte de la cultura de género dominante y ha sido necesariamente tomada en cuenta en su decisión de abortar? ¿No es la manera de hacerle sentir que las decisiones de su vida no son suyas, sino de un otro omnipotente, un Dios o un Estado, que tiene ya decidido un destino inapelable para ella? ¿Es esto reconocido como una forma de oficio religioso cuando se desmiente permanentemente que lo sea, y los voceros antiderechos cacarean el discurso de la ciencia para poner el huevo en el nido de la religión que profesan?

Y la pregonada voz de los que no tienen voz. Una cosa es no tener voz, porque no existen los fundamentos materiales y funcionales para que haya voz como, por ejemplo, haber nacido, tener respiración pulmonar, anatomía laringe, inervación central. Esa voz que no hay es una voz supuesta, es una voz ventrílocua, es la voz de quienes con su fe quieren y desean hacer existir obligatoriamente en cada cigoto una persona a su imagen y semejanza. Una voz que sería aterradora si le hubieran puesto sonido al monstruoso espécimen que pasean con ferocidad por las calles para su adoración, intentando crear un nuevo fetiche que represente por omisión y onda zombie la falta de humanidad de las vidas reales de las mujeres que sacrifican a la maternidad obligatoria en el altar de la vida desde la concepción.

Esta voz, que no tienen los que no tienen voz, es una voz imaginada desde un pretendido monopolio totalitario del sentido. Voz que podría ser vibración, efectivamente producida y proferida, si y solo si, alguien la lleva a la vida material y concreta del lenguaje por ser gestados, paridos y “maternados”.

Reducen las palabras que sustentan la humanidad de quien las pronuncia al grito inarticulado e impronunciado de una cáscara de papiermâché, máscara inventada como representación autónoma del feto al costo de suprimir su relación primordial con el cuerpo que lo gesta. Esa elección, que se pretende impune del símbolo contra el derecho al aborto, la pagan con la exigua concurrencia que convocan ilustrada por la imagen fotográfica de la Plaza de los Dos Congresos por el 13 J –se me perdió el pendrive que traía para ilustrar. Pero se me perdió. Disculpen. Pero todos ustedes habrán visto en los medios esa enorme extensión verde que hubo en la plaza, no solamente el 13 de junio, sino ya en varias oportunidades.

Las voces que sí hay, que pudieron y pueden ser escuchadas por todos nosotros, incluso por los señores senadores y senadoras, en cumplimiento de su juramento político como tales, son voces efectivamente proferidas: las de demanda, exigencia, dolor, enojo. Voces que claman reconocimiento de igualdad, de dignidad y de responsabilidad por su futuro, su presente y su pasado; un pasado en el que pudo haber vivido tanto una relación sexual gozosa, como un ejercicio sexual rutinario en cumplimiento de mandatos tradicionales de género o una violación doblemente mortificante por el azar de la fecundación.

Las mujeres y otros cuerpos gestantes tenemos ese poder: gestar y parir o no. Ejercerlo atañe a nuestro leal saber y entender. Somos personas con derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y sus avatares, que incluyen los embarazos que no podemos significar y asumir como realización de un proyecto vital propio.

La vida –yo lo escribo todo junto porque es un sintagma de uso corriente– no es un don de Dios para quienes no somos fieles de los obispos de la Iglesia católica que nos increpan, que nos pasan la factura por la vida que hemos recibido de nuestras madres en su homilía de celebración de la declaración de la Independencia, hito de las luchas en las que la voluntad de vida independiente comprometió los cuerpos y la vida en general, no cualquier vida. En la gestación la vida –decía– no es un don de Dios, es trabajo corporal, material y simbólico de los cuerpos con capacidad de gestar, de los que la mayoría somos mujeres cisheterosexuales, gestionadas en el planteo pastoral, eclesiástico, como si fuéramos reproductoras de una cabaña ganadera.

Las mujeres y otras personas con capacidad de gestar somos sujetos de nuestras vidas, no piezas vivientes de un automatismo reproductor y productor de riquezas materiales y espirituales que nos pretende fijar como gestionadas y nos niega como gestoras de nuestra propia existencia.

Tenemos voz y la hacemos presente como grito y como queja, como lamento y como palabra fundante de un enorme movimiento social que reclama lo que hasta ahora fue resistido y obturado por fuerzas clericales conservadoras del silenciamiento de las mujeres. El lema:“Educación sexual integral para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”.

Hoy la Iglesia y sus huestes conservadoras celestiales proponen la educación sexual cuya ley niegan y obstruyen desde 2006, en que fue sancionada, hasta la actualidad.Y la ley 25.673 del año 2003, de salud sexual y procreación responsable, que manda a distribuir anticonceptivos a elección del usuario de manera gratuita y universal, a cuya implementación plena se han opuesto desde siempre. Las proponen en prenda de negociación para recortar nuestro derecho a abortar voluntariamente desde las catorce semanas de gestación, que es lo que consta en el proyecto que tiene media sanción de la Cámara de Diputados.

En esta situación de nuestras vidas, el embarazo, somos las únicas derechohabientes a considerar; derechos que en el debate que ha habido en la Cámara de Diputados, origen de este proyecto aprobado, fueron exhaustivamente argumentados y probados, así como en el análisis de constitucionalidad del fallo “F.A.L”de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que descuento que las senadoras y los senadores conocen y reconocen.

Ni genitor, ni Estado, ni Iglesia, ni embrión con latidos o uñitas, son lejanamente equiparables a nuestra soberanía en estas decisiones personalísimas que deberían estar fuera del alcance de los magistrados. Por el contrario, deben reconocer su deber de proteger y promover las decisiones que ejerzan las personas gestantes en defensa de su libertad y sus derechos, y de una democracia que, en su movimiento de inclusión,enriquece la vida social común.

Ni genitor, ni Estado, ni Iglesia, ni embrión con latidos o uñitas, son lejanamente equiparables a nuestra soberanía en estas decisiones personalísimas que deberían estar fuera del alcance de los magistrados. Por el contrario, deben reconocer su deber de proteger y promover las decisiones que ejerzan las personas gestantes en defensa de su libertad y sus derechos, y de una democracia que, en su movimiento de inclusión,enriquece la vida social común.

El proyecto que tiene media sanción debe ser votado ya sin modificaciones por esta Cámara, cuya misión no es mantener estructuras arcaicas de dominación feudal sobre los vientres, sino renovar las instituciones para que hagan lugar a los proyectos de las nuevas generaciones, que están demandando sus derechos a una vida cuyas alternativas hagan imaginable un porvenir deseable, habitable y sustentable, y lo demandan con los pañuelos verdes que inundan los espacios públicos.

Ojalá esta Cámara se inscriba en el camino de saldar la deuda de la democracia con las mujeres, afirmado ya en el voto transversal de la Cámara de Diputados y las numerosas y variadísimas adhesiones que ha recibido desde todas las provincias, desde la región y el mundo esta media sanción de la Cámara de Diputados, el camino de construcción de un Estado laico que respete los derechos y las creencias confesionales o no de toda su población para garantizar una convivencia pacífica.

Muchas gracias.