Agradezco enormemente la invitación y la confianza en que lo que puedo aportar es útil para el debate.

En estos breves minutos quiero concentrarme en un punto de la discusión que creo es fundamental: la permisión moral y legal del aborto temprano (durante el primer trimestre). Este es, creo, el punto fundamental de desacuerdo y la principal novedad que plantean los proyectos presentados.

En mi opinión, todos o casi todos aquellos que se oponen a la permisión del aborto temprano basan su oposición en una convicción fundamental: que la vida humana comienza con la concepción y que, por lo tanto, existe un derecho a la vida desde ese momento. El aborto sería, entonces, un atentado contra un derecho fundamental que todos los seres humanos tenemos por igual: el derecho a la vida. El aborto sería un homicidio o equivalente a un homicidio. Esta es la convicción fundamental y es, por lo tanto, imprescindible discutirla para poder modificar la posición de quienes todavía se inclinan (no dogmáticamente) por no apoyar la legalización del aborto temprano.

Y es imprescindible porque, si la idea es que el aborto viola el derecho a la vida, cualquier otra consideración parece no poder competir con ella (los derechos de la mujer, las estadísticas de muertes, etc.).

Lo que voy a defender aquí es que esa tesis de que el derecho a la vida comienza con la concepción no es especialmente razonable, y no es especialmente razonable, entre otras cosas, porque es inconsistente con muchas otras convicciones que tenemos, incluso convicciones que los opositores a la permisión también comparten (de modo contradictorio).

Lo primero que es importante hacer es aclarar una confusión o error conceptual grave, que aparece constantemente en los argumentos contra la permisión del aborto temprano: la idea de que la pregunta acerca de cuándo aparece el derecho a la vida es una pregunta científica. Hemos escuchado en este debate (y en otros lugares) muchas apelaciones a la ciencia, a que la ciencia determina indubitablemente cuándo empieza la vida humana y, por lo tanto, el derecho a la vida.

Sin embargo, esto es un error conceptual, que en filosofía se llama falacia naturalista. La ciencia puede dar mucha información útil y explicar fenómenos empíricos, fácticos; pero no puede decir cuándo empieza la persona humana, si por “persona” entendemos un individuo con derechos (por ejemplo, a la vida). La pregunta acerca de cuándo un individuo comienza a tener derechos no es científica, sino normativa y, por lo tanto, filosófico-moral.

¿Es razonable la tesis (filosófica) de que el derecho a la vida comienza con la concepción? Lo único que puedo hacer en estos minutos es dar una razón para mostrar que esa tesis no es especialmente razonable.

Y la razón es, como adelanté, que esa tesis incompatible con muchas creencias y actitudes que todos compartimos, incluso aquellos que se oponen a la legalización del aborto temprano.

Menciono tres de estas creencias (aunque hay más):

En primer lugar, creer que el derecho a la vida comienza con la fecundación es incompatible con la permisión de la
Reproducción Asistida.

La reproducción asistida implica el congelamiento indefinido (cuando no el descarte) de embriones “sobrantes”, lo cual sería aberrante si creyéramos que esos embriones son “niños o niñas” inocentes. Hace un par años se aprobó la ley 26.862, que financia la reproducción asistida y fue votada casi por unanimidad de ambas cámaras. Habría que ver si los o las legisladoras que ahora se oponen al aborto votaron por esa ley. Si la razón por la que ahora se oponen al aborto temprano es que la persona humana comienza con la concepción, tendrían que revisar en algún punto sus convicciones, porque no son consistentes entre sí.

En segundo lugar, pensemos que en la reproducción humana natural (no artificial) más de la mitad de los embriones se pierde en el camino, muchos de ellos antes de la implantación y otros luego de ella. Si esos embriones (ahora “en el seno materno”) fueran vidas humanas valiosas, niños y niñas con un derecho a la vida, tendríamos que considerar esas muertes como una desgracia natural inaudita. Debería haber campañas y políticas para reducir la “mortalidad embrionaria”, tal como existen campañas y políticas para reducir la mortalidad infantil.

Por último, tampoco es consistente la oposición al aborto temprano con otras actitudes frente al aborto. En el mundo se producen alrededor de 40 millones de abortos legales e ilegales por año. ¿Creemos realmente que se trata de una matanza de 40 millones de niños y niñas inocentes? Creo que no. Creo que nadie cree que se trate de una matanza,

del mismo modo que nadie cree seriamente que la muerte de los embriones, tanto la muerte natural como la que ocurre in vitro, sea ninguna desgracia, ni ningún daño lejanamente comparable con la muerte de una persona.

En definitiva, sobre cuál es el corte más razonable para comenzar a considerar un ser biológicamente perteneciente a nuestra especie, en gestación, como una persona con un derecho a la vida hay desacuerdo razonable. No tengo tiempo de explicar por qué hay otros cortes que son más razonables.

El punto importante es que, cuando hay este tipo de desacuerdo, el estado debería abstenerse de usar la coerción para forzar a aquellas que sin duda son personas a una determinada posición o una determinada clase de conducta.

Más aun cuando, por otro lado, la prohibición y penalización del aborto temprano afecta y limita evidentemente los derechos de esas otras personas, a saber, las mujeres, respecto de las cuales nadie duda que sí tienen derechos: el derecho a su propio cuerpo y a su autonomía.

¡Muchas gracias!