Mis siete minutos se sintetizan en una pregunta a las legisladoras y legisladores: ¿cómo les gustaría que el pueblo y la historia de la Argentina los recuerden?

El código penal tiene casi cien años. Fue votado solo por varones (cis), por personas como yo y como muchos de ustedes que nunca estuvimos ni podríamos estar en la situación de una mujer a la que se amenaza con la cárcel si decide no llevar a término una gestación.

Las jerarquías religiosas y médicas, las cortes, las cámaras legislativas que históricamente han establecido cuáles abortos son punibles, no punibles o legítimos, incluso qué hijas e hijos son legítimos o no, han estado formadas mayoritaria o exclusivamente por varones. Eso debería impulsarnos a nosotros a escuchar a las mujeres (y a escuchar más varones trans), no a intimidarlas, no a amenazarlas, no a levantar nuestro dedo admonitor, cuando no son nuestras vidas ni proyectos de vida, ni nuestra sexualidad ni nuestro cuerpo, los que están en juego.

Aquí están ustedes por discutir si una mujer que interrumpe un embarazo debe ir presa o no debe ir presa.

También están por discutir si los abortos seguros seguirán o no dependiendo del estatus socioeconómico de la mujer, si los abortos seguirán haciéndose en el mercado clandestino o si podrán hacerse en el sistema de salud.

Es decir, van a legislar si las mujeres que abortan deben ir a la cárcel o al sistema de salud.

Como investigador, podría presentarles datos de cómo la ilegalidad produce sufrimiento y riesgos evitables para las mujeres, pero no las disuade de interrumpir la gestación si esa es la decisión que han tomado o debido tomar.

Podría hablar de cómo la clandestinidad alienta la irresponsabilidad y el abuso por parte de quienes practican los abortos, crea mercados negros y habilita la especulación de los mercados legales, como lo muestra el precio del Misoprostol.

Podría hablar de cómo los varones expresan lo que significa para ellos que sean sus compañeras las que ponen el cuerpo, corren riesgos para su salud y su libertad.

Podría hablar de cómo, según todas las evidencias, las mujeres, varones, parejas, no acuden al aborto sin tener sus razones, sin sopesar éticamente los motivos y costos que implica proseguir o interrumpir un embarazo, tener o no tener un hijo o hija en ese momento o esa circunstancia de la vida.

O podría hablar sobre Uruguay, donde la legalización trajo alivio a las mujeres, a las y los profesionales de salud, y a la clase política. En ese país, hayan estado a favor o en contra, hoy reconocen todos que a través del debate asumieron una responsabilidad histórica.

(Y entre paréntesis les digo que por razones éticas no podría mostrarles muñecas de yeso o de plástico representando cadáveres de mujeres muertas por aborto clandestino).

Pero a estas alturas, todo esto ya lo han escuchado.

Estamos ante una ley que es de aquellas que tienen la siguiente particularidad: antes de que el congreso las vote, parecen imposibles; una vez que son aprobadas, nos parece imposible que alguna vez haya existido otra normativa.

Hay leyes pensadas como imposibles porque la sociedad nunca llega a estar “preparada” o nunca llega “el momento adecuado”, porque quienes tienen que debatir y votar – es decir, los miembros del congreso – piensan que perderán votos, que algún poder como la jerarquía de la iglesia católica los va a anatemizar y condenar, o falta el coraje o falta el sentido de la oportunidad.

Repito, hay leyes que parecían imposibles y hoy nos parecen necesarias, y recordamos a sus protagonistas con admiración y respeto.

A ustedes legisladoras, a ustedes legisladores: ¿cómo les gustaría que el pueblo y la historia de la Argentina los recuerde?

Pensemos en el voto femenino. ¿Cómo recordamos a quienes acompañaron la iniciativa de Eva Perón y de tantas otras luchadoras y luchadores por la igualdad política entre varones y mujeres? En 1947, a décadas de haberse aprobado el “sufragio universal”, un congreso formado sólo por varones concedió los derechos políticos a las mujeres. ¿Cómo recordamos hoy a quienes se opusieron a dicha ley?

Pensemos en los albores de la transición democrática, cuando se discutieron las leyes de patria potestad y cuando se aprobó la ley de divorcio. ¿Cómo recordamos hoy a quienes defendieron esas leyes? ¿Y cómo recordamos hoy a quienes se opusieron, en nombre de valores que actualmente hasta sospecharíamos de su validez en un sistema democrático, en un estado de derecho que se pretende liberal y republicano?

Pensemos en la diputada Florentina Gómez Miranda y su iniciativa de hace casi treinta años para que no quede ninguna duda acerca de que el aborto, en caso de violación, no es punible. Cuánto sufrimiento se habría evitado si entonces la hubiéramos escuchado.

Pensemos en el matrimonio igualitario, en 2010. Un congreso en el que legisladoras y legisladores de los diversos partidos hablaron en nombre de la igualdad, la libertad, la justicia social, contaron historias de hijos, amistades y tantas personas que habían sufrido por la discriminación. Sobre esas legisladoras y legisladores también se cernía la sombra acerca de “¿qué les va a pasar luego de votar a favor?”. ¿Cómo recordamos hoy a quienes votaron a favor del matrimonio igualitario? ¿Cómo recordamos hoy el voto en contra y las abstenciones? Quienes votaron en contra, si pudieran, ¿volverían a la ley anterior? O muchos de ellos ven que este reconocimiento de derechos no ha producido ninguna de las hecatombes anunciadas, sino por el contrario un sentimiento ciudadano de que este país es un poco mejor que antes.

Ahora las cámaras legislativas van a discutir si las mujeres y otras personas con capacidad de gestar deben ir a la cárcel si interrumpen voluntariamente una gestación. Como en todos los países del mundo, deberán discutir razonablemente plazos y motivos o situaciones. Y van a discutir si los abortos podrán hacerse en el sistema de salud o no.

Pero la reforma legal no viene a romper ningún “equilibrio”. Un equilibrio con muertes evitables de mujeres, con decenas de miles de hospitalizaciones anuales por complicaciones de aborto clandestino, con mercado negro, estigma y miedo, un equilibrio que hace que las más pobres, las más jóvenes, y las que tienen menos recursos sean las que paguen con su salud y sus vidas la ilegalidad del aborto, no es un equilibrio. Es un estado de cosas injusto que, si no se legisla por la despenalización y la legalización, este Congreso reproduce de manera activa.

Que la interrupción voluntaria del embarazo no se legalice y se perpetúen los abortos clandestinos y riesgosos, es una acción de nuestras instituciones, no algo que sucede por inacción. Ustedes deciden activamente si se trata o no se trata el tema, si se vota o no se vota, y en qué sentido.

Insisto: a cada una de las legisladoras, cada uno de los legisladores, ¿cómo quieren que el pueblo y la historia los recuerde? Piensen en el voto femenino, en el divorcio, en el matrimonio igualitario. Piensen qué habrían votado, qué votaron.

El pueblo argentino siempre ha premiado el avance en materia de derechos. Para terminar repito respetuosamente la pregunta: ¿cómo quieren que el pueblo y la historia los recuerde? ¿habiendo mantenido la amenaza de cárcel para las mujeres y la clandestinidad del aborto? ¿O habiendo contribuido a que quienes abortan lo hagan de manera segura?

Quieran las legisladoras y los legisladores votar. Sepan las legisladoras y los legisladores votar.