Por: Fotos: Viviana D'Amelia

En 1995 se realizó un encuentro en el bar Tasmania: cinco reuniones de agrupaciones de minorías sexuales para el diseño de estrategias y de una agenda común entre grupos de afinidades. Y se hizo: uno para gays, otro para lesbianas, otro para travestis, otro para transexuales. El último taller fue el de travestis, integrado por Lohana Berkins, Patricia Gauna, Belén Correa, Nadia Echazú, Karina Urbina que, con sus relatos, movilizaron a lxs presentes. De esas reuniones surgió la necesidad de realizar, un año más tarde, en Rosario, el Primer Encuentro Nacional Lésbico, Gay, Travesti, Transexual, Transgénero (LGTTT). Para ese entonces,  estas travestis se incorporaron al espacio a pura presión. Las marchas del Orgullo hacían lo suyo, aunque con serias dificultades por parte del grueso de gays y lesbianas (blancos, de clase media y citadinos), que las miraba con recelo. A decir verdad, debían franquear prejuicios arraigados desde todos los frentes. Justamente, de aquellas personas que también arrastraban marcas de destierro y rechazo. No obstante, con el apoyo de un puñado de activistas, el movimiento de ser GL pasó a ser GLTT. Las T empezaron a lucir en todas sus dimensiones.

Sin dudas, las travestis traían consigo una fuerza arrolladora en su lucha organizada. Por un lado, en torno a la despenalización de la prostitución callejera. Por el otro, a la derogación de la ley de averiguación de antecedentes y a los edictos policiales. Ambos procedimientos se utilizaban para reprimir y encarcelar, así como representaban fuentes de corrupción y arbitrariedad policial. Este colectivo encarnaba un punto de quiebre en el arco iris de las minorías de entonces. No solo estaban por fuera del mundo binario sexo/género, sino que además emergían nuevas exclusiones: la clase, el corte etáreo, la etnia y el carácter plebeyo de sus presencias.

En 1997, al poco tiempo de constituirse el Área de Estudios Queer (AEQ) en el Centro Cultural Ricardo Rojas, se sumó un grupo de travestis: Lohana Berkins, Marlene Wayar, Nadia Echazú. Así, “el activismo queer hizo una de sus primeras apariciones con el Colectivo Universitario Eros (CUE) de lesbianas y gays que se mantuvo desde 1993 hasta 1996. Fue un espacio de producción teórica y política en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) que produjo una serie de intervenciones políticoculturales con otros colectivos “contra toda forma de discriminación” [1]. En cuanto al AEQ, se proponía abrir una esfera de intercambio y debate para discutir cómo la profundización de las desigualdades se articulaba con las diferencias de edad, clase, género, raza, etnia, orientación sexual e identidad genérica. Se organizaban reuniones semanales, cada vez más numerosas, en las que se planteaban las necesidades para implementar una política conjunta para hacer frente a las agresiones y detenciones policiales, en especial, de las travestis. Lohana fue la más firme en sostener su presencia “Nuestra aparición en el campo académico fue a través del Grupo Eros. Luego formaron el Área Queer, donde a nosotras también nos sentaban en mesas junto a un intelectual y empezábamos a discutir, en nuestros términos, con nuestras capacidades, pero empezábamos a discutir. La academia siempre nos fue llegando por distintos lados, no de manera formal sino informal. Después ese debate nosotras lo fuimos dando internamente con otras travestis, como Marlene Wayar, Diana Sacayán, Amaranta Gómez, que era una travesti mexicana, Melisa Andía, que nos juntábamos y empezábamos a reflexionar sobre nosotras mismas. Aisladamente, yo pude hacerlo con el feminismo, el área queer, el lesbianismo, pero lo hice yo sola, no dentro del movimiento travesti”[2].

De inmediato, aparecieron crónicas periodísticas sobre las luchas del colectivo. También propuestas académicas, como la de la antropóloga Victoria Barreda con su trabajo de 1995 “Cuerpo y género trasvestidos”, presentado en el V Congreso de Antropología Social de la Universidad Nacional del Centro. Además, en 1998, la antropóloga Ana Álvarez entregó su tesis de licenciatura “El sexo de la ciudadanía”, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En tanto que otra antropóloga de la misma universidad, Josefina Fernández, iniciaba una investigación sobre las prácticas y representaciones de género asumidas por las travestis.

La situación nacional brindaba oportunidades insoslayables de colocar en la agenda de los conflictos sociales las marcas dejadas por la violencia institucional y social en el cuerpo travesti. Al establecerse la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires, los viejos edictos policiales caducaron y, en marzo de 1998, se sancionó el código de convivencia urbana con el que se desterraron las figuras de prostitución. Frente a este contexto histórico, el accionar de la comunidad travesti simbolizó el riñón de la resistencia y construyó una agenda propia de demanda de derechos. En efecto, hicieron uso de la coyuntura para acumular experiencias y fuerzas, acompañadas por grupos feministas, estudiantiles, de derechos humanos, gays y lesbianas. Por ejemplo, de todo este conglomerado resultó el “Informe preliminar sobre la situación de las travestis en la Ciudad de Buenos Aires”, de 1999, realizado por la Defensoría del Pueblo de la ciudad junto con la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti Transexual (ALITT), la más activa en promover la ciudadanía travesti, presidida por Lohana Berkins, quien dio forma a este proyecto[3].

Estrategias de visibilidad política: Poner el cuerpo

Para el 8 de marzo de 1999, las Mujeres Socialistas Autoorganizadas (MUSAS), que asomaron de las entrañas del movimiento estudiantil universitario de la UBA, se encontraron con la Comisión por el Derecho al Aborto (CDA), el primer bastión feminista abortero que comenzó su empecinada disputa hacia mitad de los años ochenta a través del protagonismo de su adalid, Dora Coledesky. Desde ahí formaron, junto con otras agrupaciones feministas, de lesbianas, travestis, estudiantes y de sectores de la izquierda independiente, la Coordinadora por el Derecho al Aborto.

Al grueso de las fuerzas aborteras le interesaba la apuesta desafiante de ciertas colectivas de la comunidad LGTTB por su lucha decidida en ambos frentes en simultáneo: por un lado, contra la discriminación en su conjunto; por el otro, contra el machismo dominante. De inmediato, este nuevo espacio elaboró un documento que planeaba propuestas transversales de conquistas, entre ellas: “luchar por revertir nuestra opresión en este mundo inadmisible, para lograr la libertad sexual, la libre opción sexual, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, el derecho al aborto libre, contribuimos a afirmar la fuerza de aquellas y aquellos que queremos sacudir los pilares de esta sociedad patriarcal y capitalista”. Por ultimo, hablaban de la construcción de alianzas: “No deleguemos nuestra capacidad de decisión. Despleguemos nuestro poder, nuestra proyección y nuestra voz junto a las de otras y otros grupos de las minorías sexuales convergiendo en un futuro común”[4].

Cobró una dimensión significativa como “una caja de herramientas” las articulaciones vitales precedentes que se habían logrado con otros movimientos, colectivas y grupos políticos a lo largo de los noventa. Así, estas propuestas que se fueron explorando moldearon un activismo joven y fresco que, por un lado, revisaba el pensamiento feminista hegemónico y, por el otro, ingresó a su terruño la impronta política de la visibilidad pública desde comunidades con otras exclusiones y realidades opresivas de explotación.

Para 1999, ya siendo una de las referentes más destacada del movimiento travesti, Lohana hizo su entrada de gala a las filas feministas de Buenos Aires, apenas finalizado el VIII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, realizado en Santo Domingo. El testimonio de esta luchadora al periódico de izquierda Nuestra Lucha, n° 18, 2004, explicaba las razones que la llevaron a integrar un espacio considerado exclusivamente de mujeres entendidas como heterosexuales: “Hacia 1995, cerca de la Facultad de Ciencias Sociales, hubo unas jornadas que hicieron un grupo de jóvenes y nosotras participamos de manera espontánea. Una de las personas que habló fue Pastora Campos, integrante de la Comisión por el Derecho al Aborto. En esa ocasión, escuchamos un discurso claro con argumentos sólidos sobre el aborto ilegal y sus consecuencias. Por primera vez, alguien explicaba con tanta consistencia y profundidad el tema. Allí fue que consideramos que esta cuestión tenía que ser discutida en el interior de nuestra comunidad y, siendo una demanda de las mujeres, nos preguntábamos si podría ser nuestra también. A partir de ese momento comenzamos a participar de las reuniones que se organizaban vinculadas al aborto”. No cabían dudas de que las fuertes controversias por la incorporación del activismo travesti a las filas feministas y al de mujeres no se había sosegado. La integridad corporal y la autonomía decisional eran sus dos propuestas nodales.

Babilonia: de la discusión al mutismo

Apenas arribadas del VIII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, hubo una convocatoria para discutir y reflexionar en asamblea sobre lo acontecido. En esos momentos, era frecuente llamar a reuniones que intentaran transmitir el estado de situación de los movimientos feministas regionales y nacionales. De esta manera, se autoconvocaron aquellas que habían asistido y otras que estaban deseosas de estar al tanto de lo ocurrido en Santo Domingo. Era la época en que todas se congregaban con el objetivo de instalar debates novedosos o continuar con los que estaban en agenda. A veces acostumbraban reunirse en un centro cultural llamado Babilonia, a pasos del shopping del Abasto, barrio colmado de turistas y figuras míticas del tango arrabalero y gardeliano. Unas ochenta feministas históricas de partidos políticos, la academia, de agrupaciones, ongs y demasíes se reunieron esa vez. En esencia, se presentaba la disputa política entre las referentes separatistas que se oponían a otros ingresos, al reconocer sólo el protagonismo de las mujeres, y aquellas activistas que estábamos dispuestas a tensionar al sujeto político del feminismo.

Quienes pujábamos por el ingreso de travestis al feminismo también nos habíamos reunido previamente para aprovechar esa oportunidad que nos entregaban en bandeja. Diseñamos una nueva estrategia que consistía que en vez de prolongar la discusión acalorada con quienes se oponían a su incorporación, dimos un paso atrás para que las travestis llevasen el debate a partir de su propia voz y presencia. La idea no consistía precisamente en volver sobre los viejos vicios y discusiones bizantinas en torno a las conocidas controversias que se disparaban en el interior del feminismo hegemónico, en el cual una amplia mayoría de activistas heterosexuales promovían la noción “mujer” como sujeto universal y transhistórico, inscripto como matriz hegemónica. A modo de impugnar la apuesta de ese feminismo histórico, hicimos otra que era más efectiva en términos estratégicos: hablar en primera persona. Entonces asistimos con Lohana a la asamblea en Babilonia. Recuerdo a Diana Maffia, Josefina Fernández, Silvia Catalá y alguna otra compañera más, si mi memoria no me traiciona. Al entrar a la sala y ubicarnos frente a ellas, alguien de nosotras cortó el mutismo y dijo:Acá está Lohana. Díganle en la cara lo que piensan”. ¿Cuáles son las razones para que las travestis no ingresen al feminismo? Todas se habían sosegado. Se las comió el silencio. Se miraban sorprendidas, sin entender nada. Muchas con sus copas de vino en la mano rumbearon para el asfalto. De pronto, una se lanzó hablar: “Para mí son hombres disfrazados de mujeres. Estamos abiertas a las lesbianas pero no a los travestis”. Lástima que en aquellos días no existían los celulares. Nadie pudo registrar lo experimentado. Entonces Lohana con su vozarrón, su humor picante, su deliberar contencioso y, a la vez, interpretativo que la caracterizaba, tomó el centro de la escena. Y no paró nunca más. Tiempo después, emergió como una referente indiscutida de los movimientos de desobediencia sexual en América Latina, en especial, del Cono Sur.

En ese entonces había intenciones de liberar al feminismo de su violencia homofóbica, lesbofóbica y transfóbica, de su matriz heterosexual que llevaba a un consenso fundamentalista, a una lengua totalitaria. Realmente, había un interés por replantear todo y que se empezasen a descubrir otras corporalidades, otras subalternidades, otros placeres y deseos, por fuera de la ley heteropatriarcal.

 

[1] Rapisardi, Flavio (1998) “Crítica y diferencias sobre las políticas queer de emancipación” en: revista La Gandhi. Nª III.p.23.

[2]Jones, Daniel (2008) “Entrevista con Lohana Berkins”. Rio de Janeiro; CLAM, p.2

[3]  Bellucci, Mabel (2015) “Primer informe sobre la comunidad travesti en Buenos Aires”, Buenos Aires: ANRED. Ver: https://www.anred.org/?p=52338

[4] Documento interno del 5/6/2000, elaborado por Valeria Pita, Dora Coledesky, Mariana Fassi, Ivana Brighentti.

*Activista feminista queer. Integrante del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (GES) en el Instituto de Investigación Gino Germani-UBA. Autora junto  con Emmanuel Theumer Desde la Cuba revolucionaria. Feminismo y marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin, (Clacso, 2018).