Hace 108 años la doctora Julieta Lanteri, la primera mujer que votó en Argentina, dijo en el primer Congreso Femenino Internacional que “la prostitución femenina es para la mujer moderna su mayor dolor y su mayor vergüenza”. Es un ejercicio contrafáctico ¿divertido? imaginar a Lanteri, prócer de las constelaciones feministas, en 2018 en una asamblea en la Mutual Sentimiento escuchando a Georgina Orellano, secretaria de Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), en un Encuentro Nacional de Mujeres donde los talleres sobre trabajo sexual desbordan las aulas asignadas. O verla directamente frente a la cartelera del cine Gaumont ante el afiche de Alanis donde Dante, el hijo de Sofía Gala Castiglione, cuelga de su teta que lo alimenta. ¿Qué diría Lanteri?

Alanis es una pieza audiovisual fundamental para dar cuenta de una época y de un momento de los feminismos en Argentina y en la región. Alanis es la puta y el territorio. Es una película que logra mostrar la opresión de clase y la opresión de las mujeres trabajadoras en un mismo plano. Su mayor mérito es hilvanar las tramas de las violencias económicas e institucionales en un mismo guión y así llenar de sentido eso que también se grita cuando se dice Ni Una Menos.

Alanis, en tanto archivo, supera las fronteras del momento cinematográfico. Su directora, Anahí Berneri, ganó el año pasado la Concha (¡sí!) de Plata en el Festival de San Sebastián con la mejor dirección y el dato no es menor: fue la primera vez en los 65 años de la historia del festival que una mujer obtuvo este premio. Y lo consiguió una mujer latinoamericana. Sofía Gala también ganó la suya como mejor actriz protagónica. Ella le dedicó el premio “a todas las mujeres, a las mujeres fuertes”. Dijo: “unidas podemos todo. El futuro es nuestro” sin sobreactuaciones ni carteles, ni vestidos negros, ni hashtags. La película hizo historia. Se estrenó en septiembre. En enero volvió a estar en las pantallas del Gaumont y puede verse en www.cine.ar entre otras proyecciones que se organizan a lo largo y ancho del país.

Los aciertos de Alanis son muchos. El icónico afiche de la película sintetiza y reúne con irreverencia aquello que el patriarcado, en tanto sistema, divide en compartimentos estancos: o sos puta o sos madre. Y que la realidad junta: el 86% de las trabajadoras sexuales son madres, según los propios relevamientos de AMMAR. Alanis es madre y es puta. Es una trabajadora sexual con un niño pequeño que sufre un allanamiento en el “departamento privado” en el que vive y además trabaja con una amiga. La doble jornada laboral, que implican los trabajos domésticos y de cuidado que hacen las mujeres, es vivida con tensión en un mismo espacio: mientras entra un cliente la mamadera del bebé espera en una olla hirviendo.

Los aciertos de Alanis son muchos. El icónico afiche de la película sintetiza y reúne con irreverencia aquello que el patriarcado, en tanto sistema, divide en compartimentos estancos: o sos puta o sos madre. Y que la realidad junta: el 86% de las trabajadoras sexuales son madres, según los propios relevamientos de AMMAR. Alanis es madre y es puta. Es una trabajadora sexual con un niño pequeño que sufre un allanamiento en el “departamento privado” en el que vive y además trabaja con una amiga. La doble jornada laboral, que implican los trabajos domésticos y de cuidado que hacen las mujeres, es vivida con tensión en un mismo espacio: mientras entra un cliente la mamadera del bebé espera en una olla hirviendo..

La intervención del Estado, lejos de rescatarla, la empuja a la calle. Ella se queda sin lugar de trabajo y hogar. La cámara la acompaña con una apuesta en esos tres días en su errancia por el barrio porteño de Once: encontrar la ayuda inicial de otra mujer, su tía; recuperar su teléfono retenido por los agentes estatales en el allanamiento y volver a ejercer el trabajo sexual sola.

Sin música más que la diegética que aporta la geografía de plaza Miserere y otorga al relato la vorágine y el vértigo de quien llega tarde a su primer trabajo. Con un guión con palabras justas y actuaciones a la altura de una pretensión casi documental. Alanis no idealiza el trabajo sexual: conseguir una esquina no es fácil y las violencias también pueden venir de otras trabajadoras sexuales. La investigación previa al guión se hace visible en los detalles.

En esa historia la apuesta no entra en debates binarios: regulacionismo o abolicionismo. Con seriedad y compromiso retrata el allanamiento y las consecuencias de la “industria del rescate” que se despliega cuando se tumba una puerta de un departamento privado. Cuando la interrogan, Alanis cuenta su historia mientras el operador judicial busca construir una víctima ideal. Dice que es de Cipolletti y que llegó a la Ciudad de Buenos Aires por un cliente. Que parió a su hijo Dante en una Maternidad porteña. “Rompí bolsa mientras cogía”, miente Alanis, se rie y destruye los estereotipos en los que podría caer una película mala sobre el mismo tema.

Mientras la feminización de la pobreza empuja a algunas mujeres, lesbianas, travestis y trans a encontrar formas de subsistencia, el Estado criminaliza esas formas de vida y trabajo. El tema de Alanis va más allá de la prostitución. Tampoco es una obra en defensa del trabajo sexual. Habla de una trama de economías políticas y en ese sentido de la precarización de las vidas de las corporalidades femeninas. Cuando Alanis no puede ejercer el trabajo sexual de manera autónoma y segura, la opción que emerge es limpiar inodoros. Casi el 20 por ciento de las trabajadoras argentinas son empleadas de casas particulares. La división sexual del trabajo no solamente refuerza estereotipos sino que lleva a las identidades femeninas a la rama laboral peor paga y más precarizada. Y acá también la apuesta de la película dialoga con los sentidos de los feminismos contemporáneos, con el primer paro de mujeres de octubre de 2016 y el paro internacional de mujeres. “Si mi vida no vale, produzcan sin mí”.

Volviendo a las palabras de Lanteri en el primer Congreso Femenino Internacional: pensar a los feminismos como una narrativa dinámica que nunca se estanca es también verlos como una proyección a futuro que debe ser leída en su contexto y con simultáneas líneas de fuga. Si se rastrea en las narrativas feministas archivo sobre el trabajo sexual en el siglo pasado, se encuentra un discurso abolicionista que lo hegemoniza todo hasta hace relativamente poco. Las voces de quienes ejercían el trabajo sexual no aparecen en ese archivo, en ese relato oficial. Eran habladas por otras, como la doctora Lanteri. Ese discurso fue acompañado también de una política que fue avanzando, muchas veces, en nombre del combate de la trata con fines de explotación sexual y al mismo tiempo cercando a lxs trabajadorxs sexuales. Ese cercamiento produjo un emergente: un sujetx políticx inesperadx, subestimadx, que hoy reclama -con voz propia- de manera colectiva y sindicalizada regulación del trabajo sexual y respeto de sus derechos en el ejercicio de la práctica. Un sujetx políticx que se resume en la Puta Feminista. Y las putas en tanto sujetas políticas hablan en Alanis. También habla el territorio.f