El 3 de junio de 2015 salimos por todas. Nuestra voluntad colectiva para terminar con la violencia machista se congregó por Chiara Pérez, la joven embarazada de 14 años, por Melina Romero, la “fanática de los boliches, que abandonó la secundaria” y por Daiana García, sobre quien los medios, en una pirueta metonímica, explicaron todo a partir de un short. A pesar del fogoneo de los editores de medios -digamos “los” porque solo el 15% del universo periodístico son mujeres-, señores sentados sobre el manual “cómo sacarle el jugo y ganar clics con los prejuicios culturales vigentes”, salimos igual porque también lo hicimos contra esos prejuicios que renuevan el “algo habrán hecho”.

Santiago Maldonado está desaparecido desde el 1 de agosto. En las redes sociales comenzó a circular el pedido de su aparición con vida y casi en la misma oración, que Santiago es un “simple mochilero”. ¿Por qué sería importante lo que Santiago es o hace? De simple mochilero, artesano y joven solidario fue convirtiéndose en algunos medios en un anarquista que odia al Estado, como si fuera un delito y estuviéramos en 1910. Unxs y otrxs parecieran tener los mismos argumentos para la desaparición: un simple mochilero no puede ser víctima de desaparición forzada. La buena víctima debe ser reivindicada y puesta como ejemplo. Por eso su final es una tragedia que hay que dilucidar. La mala víctima en cambio se la buscó.

Lo que persiste con alarmante vigencia es la idea de que “algo habrán hecho”. Se sigue explicando un desenlace dramático por un modus vivendi. Funciona como advertencia social: ojo porque hay una correspondencia lógica entre vida y muerte. El mensaje para las chicas es que no podrán disfrutar ni divertirse sin que las amenace la muerte. La mirada moral se enfoca en ellas y no en los verdugos. ¿Hasta qué punto se revelaron datos privados de Florencia Penacchi, Érica Soriano, María Cash y Marita Verón? ¿En qué se basan las decisiones editoriales para no prestar la misma atención a la búsqueda de las travestis cuando desaparecen? “Algo habrá hecho” es eso. Si durante la dictadura se cultivó esa cultura de la justificación de la muerte y la desaparición, ahora, bajo la alfombra, aparece de vez en cuando como llamaradas que deberían ponernos en alerta.

Según el informe Búsquedas de Personas en Democracia, de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (Protex) y la asociación civil Acciones Coordinadas Contra la Trata (ACCT), en la Argentina hay 3228 niñas, adolescentes y mujeres adultas desaparecidas. Si separamos esa cantidad por edades, el grupo con más desapariciones es el que está formado por chicas de entre 12 y 18 años. ¿Dónde están? ¿Cuántas de ellas faltan por colaboración de las policías o por la omisión de otras áreas del Estado?

La desaparición tiene historia. El anarquista Joaquín Penina fue fusilado por la policía rosarina en 1930 e inauguró en el país la desaparición a manos del Estado. Durante la última dictadura cívico-militar la desaparición formó parte de un plan sistemático de represión. Hay un saber macabro que persiste en las fuerzas de seguridad. Por la desaparición de Iván Torres en 2003 fueron condenados dos policías de Comodoro Rivadavia trece años después de los hechos. En 2011 la policía de Río Negro golpeó a Daniel Solano y lo subió a una camioneta, nunca más apareció. Cuando desapareció Raúl Tellechea en San Juan, durante la gobernación de José Luis Gioja, una acusación falsa sobre Raúl bastó para hacer zozobrar la primera indignación social. Luciano Arruga era pobre y se negó a robar para la policía de Daniel Scioli; estuvo casi seis años desaparecido y sobre su ausencia se tejieron muchas hipótesis para colaborar con el encubrimiento; su cuerpo apareció pero aún son inciertas las circunstancias de su muerte y desaparición. La última vez que se lo vio a Santiago fue en manos de la gendarmería nacional. La desaparición forzada tiene al Estado por victimario.

Y si Santiago odiara las instituciones estatales, ¿qué importancia tiene? ¿Y si se acercó a la Lof Cushamen para resistir de cualquier forma el modelo extractivo vigente desde hace años, que consiste en expulsar y criminalizar a los pueblos originarios para entregar sus tierras a las mineras y a los empresarios? ¿De qué forma se justifica una desaparición? Nos preguntamos dónde está cada día. Sabemos que las buenas y las malas víctimas no existen. Que son construcciones que funcionan más como reflejo justificador, funcional a los sanguinarios, antes que decirnos algo sobre Santiago, Chiara, Melina o Daiana. Existen las víctimas, las queremos de vuelta y con vida.