¿En cuántas capas se descompone una trama? La trama social contiene mil hojas, y en la página nada específica del campo literario hay cientos. Hace tiempo pensamos el machismo en el campo de la literatura desde distintos ángulos y perspectivas. Pensamos lo que nos cuesta llegar a los cánones, si esos cánones nos interesan, integrar los programas académicos, ser voces autorizadas en las columnas de opinión. Lo que se lee con voz femenina y por lo tanto valorizado como parte del mundo doméstico, íntimo, no universal, no político. Quien construye esta trama donde las mujeres e identidades feminizadas, las lesbianas, travestis y trans, quedamos en una posición subordinada, no es otra cosa que ese monstruo amorfo al que llamamos patriarcado.

En este campo de margaritas, el patriarcado tiene más de dos caras. Tiene la cara de la academia, la de los grupos editoriales, la de los editores de suplementos culturales. Pero también tiene la cara de esos potreros donde entrenan los músculos más jóvenes, aquellos que recién ingresan a las letras: los talleres literarios.

Desgracia

Sofi llegó de Mar del Plata hace cuatro años, cuando terminó el secundario. Se anotó en la carrera de Artes, en un curso de teatro, en un taller literario. El primer día del taller, el profesor le dijo que se quedara después de la clase, tenía el guión de una obra inédito para mostrarle, le interesaba que lo leyera. Cuando todos se fueron, el guión cambió, la obra nunca apareció, el interés fue otro, el profe quiso mostrarle otra cosa.

Mariela no le podía pagar las clases, él le dijo que fuera igual, que existen otras formas de intercambio. La relación se puso fea, como una ciruela aplastada al fondo de la heladera, mucha cocaína y malos tratos, pero los favores no habían terminado de pagarse. Y cuando hay deudas es difícil retirarse.

Los 30 años de diferencia y la posición de poder son otros elementos que forman parte de este patrón de comportamiento que suele repetirse cuando hay una situación de abuso entre profesores y alumnas en talleres literarios. De prepo, con el tampón puesto, en esa zona fronteriza entre la obnubilación y el asco, te la clava. La palabra justa, el chamuyo afilado, el trabajo de la lengua, de eso se trata el taller. La literatura te cura.

No hay juicio moral. Tampoco hay manera de evadir la insoslayable relación de fuerzas que se pone en juego en estos casos. Son uno atrás de otro. Tu vulnerabilidad resulta sexy. Seduce al macho que te posee. Te escupe. Te dice que te drogues con él. Te habla de las ex, de lo que extraña de ellas, de eso que —ay— vos no tenés. Te manda videos POV. (POV quiere decir Point of View, una categoría del porno donde la imagen que se ve está filmada desde la mirada del que garcha). Te manda videos desde el punto de vista de él cojiendo con otras chicas. Más chicas que vos, que tenés más de 20. Porque a los 20 las minas ya son viejas, te dice. Te mira el celular, encuentra un chat que no le gusta. Te parte el celu en dos, lo golpea y lo dobla como una banana, “daño total” dicen en el service. Le preguntás qué hacer, tu mamá te va a llamar como todos los días desde tu ciudad en la provincia y te quedaste sin teléfono. Te echa de su casa con una piña en la nuca.

El profesor del deseo

Las mujeres que escribimos luchamos hace siglos para acceder a un espacio históricamente reservado a los varones: el de la palabra escrita como palabra pública. Se trata en definitiva de la disputa por el poder del logos. Las mujeres, desde siempre condenadas al silencio y al disimulo, fuimos creando un lenguaje propio, un sentido que desarme el trazado histórico hecho con la pluma del patriarcado. Todavía hay quienes se sorprenden pensando que en campos ligados a lo sensible, como el arte o la literatura, existan aún las desigualdades. Pero lo sensible e instruido no quita lo machista.

Hay diferencias más evidentes y otras que todavía hoy —incluso post Ni Una Menos y estallido feminista— permanecen escondidas bajo la alfombra. A pesar, incluso también del fervor de las denuncias y los escraches, a veces no es tan fácil salir a contar todo.

Querés escribir mejor. Querés hacer cosas con palabras. Alejandra pasó por el taller de Irene, por el de Castillo, y probó con Juan Carlos. Pero de este se fue porque él intentó hacer cosas con las manos. Alejandra prefiere no contar más, ya pasó, se auto consuela. La dinámica de los talleres literarios es así. No siempre, pero muchas veces. El taller es un espacio de sociabilidad e intercambio. Un grupo de autoayuda, dicen algunos.

Está el mito, la tradición mítica del escritor. Claro que no es uno solo, hay un abanico de modelos a elegir, el bohemio, el reventado, el erudito, el alucinado, el barrial. Todos construidos en el idioma propio de quien lo habla y lo porta y lo esparce, como un virus. Elige tu propio modelo de escritor. Cualquiera de ellos puede ser coordinador en el taller de tu educación sexual integral. Te podés confundir, pero al final aprendés: esta es una de las formas en las que se manifiesta la violencia de género.

Para Cata era Dios. El tipo acababa de ganar el premio Gran Latinoamérica. Escribís bien para ser mujer. Exploremos el lado lesbiano. Con Cata no se propasó. Los comentarios misóginos fueron sólo eso. Algo a lo que también estamos acostumbradxs. A Nati, que estudiaba comunicación, sí se le tiró. El grupo no lo supo sino hasta la clase siguiente. Nati no fue. El profe contó cómo se la garchó.

Cata fue más de un año al taller. Para su cumpleanos el profesor le regaló un libro. Lolita. Luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Cuidado. Humbert Humbert no es Nabokov, ni Coetzee es el profesor calentón en Desgracia. En sus novelas puede haber algo de ellos, de su mirada del mundo, y podemos hacer una lectura con perspectiva de género de Lolita. Pero esa lectura no debería abarcar al autor. Como tampoco cabe un juzgamiento moral sobre regalar esa novela. Es un entramado. Que se teje de finas hebras.

Hoy las mujeres venden más que los hombres, leen más que los hombres, llegan a la selección del Man Booker Price. El hombre lector. El hombre librero. El premio que tiene nombre de hombre. No es como antes, cuando Alfonsina Storni era una rareza entre las páginas de La Nota. Las mujeres tenemos mayor visibilidad en la esfera cultural, en la vida pública general, y eso confunde al invisibilizar la desigualdad y los abusos de poder que persisten cuando se trata de escrituras de mujer.

El macho intelectual

Un viernes por la noche regresa a su casa dando un rodeo por los viejos jardines de la universidad, y de pronto se fija en que una de sus alumnas recorre el mismo camino que él. Va unos pasos adelante. Se llama Melanie Isaacs, es de su curso de los poetas románticos. No es la mejor de sus alumnas, pero tampoco es de las peores: es bastante lista pero le falta interés.

Va remoloneando, no tarda en alcanzarla. Hola.

Ella le devuelve la sonrisa a la vez que cabecea, tiene una sonrisa más taimada que tímida. Es pequeñita y delgada, lleva el pelo negro muy corto, tiene los pómulos anchos, casi como una china. Y los ojos grandes y oscuros. Siempre viste de manera llamativa. Hoy lleva una minifalda marrón combinada con un jersey color mostaza y medias negras. Las tachuelas doradas del cinturón le hacen juego con las bolas de oro que lleva por pendientes.

Está bastante colado por ella. No es algo nuevo: prácticamente no deja pasar un trimestre sin enamorarse en mayor o menor medida de alguna de sus alumnas.

(…) ¿Sabrá ella que él está por la labor? Es probable. Las mujeres son sensibles a esas cosas, al peso que tiene esa mirada cargada de deseo.

(…) El vino, la música: un ritual al que suelen jugar los hombres y las mujeres, unos con otros. No hay nada malo en los rituales, de hecho se inventaron para  hacer más llevaderos los momentos difíciles, delicados. (Desgracia, J.M. Coetzee)

 

Nada de malo. Ahora, mientras Sofi cuenta asustada lo que vivió los últimos meses con Escritor Consagrado, el celular le suena y le entran mensajes con amenazas. Todavía leemos a las personalidades literarias llorar la muerte de Philip Roth, quien se fue sin haber recibido nunca el Premio Nobel de Literatura. Acusado de misógino así en la vida como en las letras, Roth no habría recibido este año el Premio de ninguna manera. El Nobel literario se dio de baja tras un escándalo sexual que involucró al marido de una de las juradas. Monsieur Arnault. Arnault en Cachaca.

Los modelos de masculinidad e intelectualidad que todavía hoy persisten dan lugar a que esta práctica de la selectividad de los cuerpos sea posible, legítima o funcione en sordina. No importa si el escritor reivindica las políticas neoliberales, si es nac and pop, comunista o propone una relectura de los 70 en términos de dos demonios, si es bueno o malo, barroco, clásico o modernista, hay estereotipos que están dinamizados desde la lógica patriarcal.

Prendés la tele y está. Prendés la radio y está. Tiene la pija más grande, te dijo. Es amigo del político ese y también de aquel, tiene banca, es un tipazo dicen los que lo conocen. Tiene mil amigos, tiene mil likes en el Facebook, tiene mil perfiles de Facebook para hablarte a vos y a tus amigas. Y a la piba esa que conoce de bebé, que la vio crecer en la calle y la ayudó a cartonear y ahora le dio trabajo para limpiar. Se embarazó la pendeja. Pero lo calienta igual.

“Así es como la pierdes”, explicó Junot Díaz cuando la escritora Zinzi Clemmons lo acusó de abuso en plena conferencia. Perdés la cabeza, el registro, el respeto por la voluntad ajena. Lo que de verdad temen perder, pareciera, son los privilegios. ¿Por qué salta el editor de ojitos claros frente al Ni Una Menos, si no? ¿A qué le tienen tanto miedo? ¿Por qué se aferran entre ellos como un cordón antigoles, sosteniéndose en mesas, revistas, antologías, cuando señalamos los puntos flacos que desvalorizan nuestras diferencias? ¿En nombre de qué pertenencia se aferran, cuál es el sindicato que los agremia?

Valeria creyó que le habían encontrado el talento. Creyó diez veces que un tipo le había encontrado el talento. Primero un profesor de una carrera progresista, ella se había acercado al final de la clase para preguntarle por un autor, por las dudas apasionadas que le despertaba ese autor. El docente le pidió el teléfono para explicárselo con detenimiento. Ella 19 años, él 50. La llamó a una cuadra de su casa y le dijo que pasaba a charlar. El docente universitario irrumpió en la casa de la alumna con un pedazo marcado sobre el jogging arrugado. ¿Sos muy crítica, no? Ella se rió.

A Macarena le habían encontrado el talento: sus tetas. Eso le dijo el director del grupo de investigación, como confesión después de años de trabajo conjunto, que ella había sido elegida por su cuerpo. Lo mismo le había pasado en su trabajo como guionista, lo mismo le pasaría varias veces, quizás cada vez que fuera un varón y no una mujer la que le sugiriera colaboraciones en revistas, textos, publicar un libro. Macarena explota sus talentos como capital erótico, dice, sigue a Catherine Hakim.

Denuncia inmediata

El último libro de Jeffrey Eugenides (autor de Las vírgenes suicidas, Middlesex y La trama nupcial) se llama así: Denuncia inmediata. No es tan fácil denunciar. No es tan fácil si no hay pruebas, si no hay un proceso judicial en firme, te dicen. Y qué hacer después: la exposición rebota como una imagen horrible en el espejo y te pega. Él se enoja y se violenta, te amenaza y te agrede. Vos también quisiste, ¿estás segura de que fue abuso?

Qué bien escribe. Y es cristiano. Habla sobre el tema que nos atraviesa con más potencia en estos días: la legalización del aborto. Dice que no, que no lo haría (papito) pero que entiende que las mujeres quieren, deben tener su ley. Acumula denuncias públicas o en secreto de mujeres jóvenes, la mayoría ex alumnas de su taller de escritura. Algunas se animaron a denunciarlo por graves delitos a la integridad sexual entre otros. Otras todavía no. Y se limpia con el pañuelo verde de nuestras luchas, el pañuelo de la Campaña, que es de las pibas y de la revolución de las madres, las hijas y las abuelas.
No está aceitado el tobogán de la manifestación pública del malestar femenino ante el acoso y el abuso. Cada quien encontrará el camino que le resulte más reparador: la denuncia en redes, con el posterior abismo de la sobreexposición y la posible revancha; la denuncia judicial, con los obstáculos habituales a los que nos enfrentamos cuando la burocracia nos aplasta y nos humilla; hablarlo con amigxs, el ámbito privado… Los recursos para reparar lo dañado siguen siendo, aunque variados, pobres y escasos. Porque la violencia machista no se resuelve después, sino antes de que suceda, sin que suceda. Y para eso hay que tener una Educación Sexual Integral y cortar con el blindaje de aquellos que tienen historiales de prácticas violentas. Porque si algo nos dejó esta época es saber que esa violencia no es privada: es nuestra.