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La discusión política se convirtió en una guerra de memes y agresiones, donde los argumentos y propuestas de gobierno no tienen ningún protagonismo. Más allá de la movilización de mujeres del día 29, Bolsonaro subió en todas las encuestas, en gran parte gracias a la estrategia virtual, principal pilar de su campaña.

El mundo paró para escuchar el grito “Ele não” – “él no”, en portugués–, el último 29 de septiembre, que marca a fuego estas elecciones de 2018 en Brasil. En más de 200 ciudades por todo el país y otras alrededor del mundo, hubo marchas protagonizadas por las mujeres, en rechazo al candidato Jair Messias Bolsonaro, quien lidera las encuestas y representa la pérdida de derechos, un discurso de odio y la profundización de un conflicto, que ya era delicado en Brasil, en cuestión de prejuicio e intolerancia.

Si algo traduce el sentimiento que genera el candidato en el gran porcentaje de electores que ya se definió por él, es su segundo nombre: Messías, el “salvador de la patria”, el que trae el gran cambio. Es irónico que Bolsonaro, que irrumpe como una figura novedosa, trae consigo todo lo que Brasil tanto conoce: el miedo, el racismo, el odio a las disidencias, la desigualdad y la violencia. Lo distintivo de estas elecciones es un movimiento en contra de un candidato específico por el inminente riesgo del arribo de un fascista a la presidencia, como consecuencia de una fuerte crisis en la democracia brasileña.

Con un discurso autoritario, Bolsonaro, Capitán de reserva del Ejército brasileño, supo imponer una visión contra los males que más condicionan el imaginario de la sociedad brasileña en el momento: la corrupción y la seguridad. Con soluciones rápidas y sin planes a largo plazo, promete “cambiarlo todo”, sin jamás explicar cómo hacerlo. Entre las pocas propuestas que presenta, promete liberar la compra de armas para el ciudadano de bien (hombre, blanco y heterosexual). De hecho, el símbolo de la campaña de Bolsonaro es un gesto de arma con las manos, lanzando balas al aire y contra sus adversarios políticos, todos comunistas, según él.

El “Messias” no mide palabras cuando habla de los que no son iguales a él: mujeres, afrodescendientes, homosexuales, no cristianos. Según él, sus hijos fueron muy bien educados y no corren el riesgo de ser gays, o de enamorarse de una persona negra – lo que considera una “promiscuidad”–. En una sesión en la cámara de diputados, dijo a una diputada opositora que él no la violaría por considerarla fea.

Son tantos los casos de declaraciones del candidato insultando a las minorías que parece imposible que alguna persona con un mínimo de sentido común pueda votarlo. Pero Bolsonaro hoy tiene un arma mucho más potente que las pistolas y fusiles que promete distribuir a la población: la posverdad.

El campo de guerra de estas elecciones son las redes sociales y las armas son las fake news (noticias falsas). Se extiende así un campo minado de desinformación y mentiras. El presidenciable cuenta con un ejército de trolls y cuentas truchas, y marketineros preparados para entrenar a sus soldados diseminadores de contenido desinformativo. En paralelo al fenómeno que llevó Donald Trump a la presidencia en EEUU, Bolsonaro pudo instalar una verdad paralela a la realidad entre sus electores y a personas poco informadas que no están acostumbradas a chequear la información.

La discusión política se convirtió en una guerra de memes y agresiones, donde los argumentos y propuestas de gobierno no tienen ningún protagonismo. Más allá de la movilización de mujeres del día 29, Bolsonaro subió en todas las encuestas, en gran parte gracias a la estrategia virtual, principal pilar de su campaña.

La discusión política se convirtió en una guerra de memes y agresiones, donde los argumentos y propuestas de gobierno no tienen ningún protagonismo. Más allá de la movilización de mujeres del día 29, Bolsonaro subió en todas las encuestas, en gran parte gracias a la estrategia virtual, principal pilar de su campaña.

Una corriente de WhatsApp generada por apoyadores del candidato de la extrema derecha compartía fotos de mujeres marchando sin ropa, rompiendo imágenes de santos y haciendo pis en la calle, como si fuesen de la marcha del Ele Não. Son imágenes que funcionan por el llamamiento moral – la falsa moral del brasileño “de bien”, de la “familia tradicional” –, y que representa para buena parte del electorado conservador un mal a ser combatido.

El futuro de Brasil está inmerso en un océano de dudas e incertidumbres. Nunca antes hubo un escenario tan atípico en nuestra joven democracia. El golpe parlamentario que culminó en la destitución de la Presidenta Dilma Rousseff dejó un vacío de legitimidad que parece no haber llegado al límite. La maniobra antidemocrática siguió su curso con el encarcelamiento arbitrario del líder del Partido de los Trabajadores Lula, con la militarización en Rio de Janeiro y las ejecuciones impunes de importantes líderes sociales y políticos, como la concejala Marielle Franco, en el centro de Rio, hace más de seis meses.

El presidente usurpador Michel Temer está terminando su mandato, algo que parecía imposible hace algunos meses debido a las varias denuncias de corrupción que lo involucran a él y a su partido. Todo este caos político e institucional generó un sentimiento de repudio hacia la política por parte de gran parte de la población: se perdió el respeto por las autoridades, la confianza en el Poder Judicial, que se mostró como un títere del poder económico y un articulador político del neoliberalismo.

La peligrosa mezcla de la desesperanza, de crisis económica, de un fuerte antipetismo (referente al PT, partido del ex presidente Lula) y un rechazo hacia políticas populares desarrolladas por los gobiernos de Lula y Dilma, es el escenario ideal para que crezcan figuras como Bolsonaro.

El 7 de octubre Brasil irá a las urnas, el 28 de octubre, al balotaje. La única certeza que queda de estas elecciones es que Brasil necesita, con urgencia, rever su historia y valorar la memoria. Con tantos problemas por ser discutidos, volvemos muchísimos pasos atrás, explicando a amigos y familiares qué es el racismo, el odio a las disidencias, para qué sirve el feminismo. La semilla maligna fue plantada, y resta a la militancia de mujeres, de LGBTQI+, de las minorías que, todos sabemos, son mayoría, para frenar este momento complejo en Brasil. Gritar “él no” es parte de una lucha urgente en Brasil y en toda Latinoamérica.