Por: Fotos: Solange Avena

Se trató de un pañuelazo para celebrarse, celebrarnos. 2018 fue el año en el que los feminismos lograron media sanción en la Cámara de Diputadxs y pudieron discutirle al Estado qué relación queremos tener con nuestros cuerpos. Consiguieron que las dos cámaras del Congreso debatan sobre aborto en dos jornadas históricas, acompañadas con vigilias épicas. Y, aunque el Senado puso un freno a la ley, hay una conquista en la disputa de sentidos: el aborto salió del closet y durante la primera mitad del año fue el tema obligado en escuelas, universidades, sindicatos, lugares de trabajo, espacios comunitarios. El pañuelo verde colgado de las mochilas y las carteras disputa un sentido a diario.

El pañuelazo frente a la laguna Chiquichano, en Trelew, fue una verdadera celebración feminista. Cuando habían terminado los talleres el segundo día del 33 Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans de todas las escuelas y desde el parque Centenario partieron, en caravana, hacia el espejo de agua a levantar los pañuelos verdes y gritar por el reclamo vigente: “¡Qué sea ley!” se repitió una y otra vez.

La primera vez que las feministas llevaron los pañuelos verdes como símbolo de la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito fue en un Encuentro Nacional de Mujeres. El espacio, históricamente subestimado por los medios de comunicación y por la política tradicional, es la columna vertebral de los feminismos en Argentina donde se construye la política feminista, donde se traman estrategias colectivas de disputa de sentidos. La democracia feminista se consolida durante tres días. Entre aquel debut de los pañuelos en 2003, en Rosario y 2018 pasaron siete presentaciones de proyectos de ley. 

Se trató de un pañuelazo para celebrarse, celebrarnos. 2018 fue el año en el que los feminismos lograron media sanción en la Cámara de Diputadxs y pudieron discutirle al Estado qué relación queremos tener con nuestros cuerpos. Consiguieron que las dos cámaras del Congreso debatan sobre aborto en dos jornadas históricas, acompañadas con vigilias épicas. Y, aunque el Senado puso un freno a la ley, hay una conquista en la disputa de sentidos: el aborto salió del closet y durante la primera mitad del año fue el tema obligado en escuelas, universidades, sindicatos, lugares de trabajo, espacios comunitarios. El pañuelo verde colgado de las mochilas y las carteras disputa un sentido a diario.

“Nina, Nina, Nina corazón, acá tenés las pibas para la liberación” le cantaron las integrantes de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito a Nina Brugo Marcó, una de las históricas militantes que bailó en el medio de una improvisada pasarela a orillas de la laguna. Entre las que agitaban el pogo verde estaban Rosana Fanjul, la nieta de Dora Coledesky, fundadora de la Comisión por el Derecho al Aborto, la primera articulación que se propuso la despenalización y legalización desde el regreso de la democracia en Argentina. Con ella estaba su hija Ximena de 19 años. Ambas son integrantes de la Campaña. Otra de las que agitaban al pogo fue Lola Cufré, encargada de la seguridad en las vigilias del 8 de agosto y el 13 de julio.

El humo verde atravesó el cielo patagónico y resistió al viento que todo lo desacomoda en Chubut. Las pibas bailaron y renovaron el repertorio de canciones. Cada vez que empezaban una canción lo hacían con la potencia de aquello que se desea.

El pañuelo verde es ya un símbolo de lucha consolidado. Por las calles de Trelew, se cruzaba al menos uno ante cualquier paneo que se hiciera. El pañuelo verde en Argentina es la síntesis del derecho a decir que no a lo que no se desea; a impugnar a la democracia de machos en la que crecimos y sobrevivimos mujeres, lesbianas, travestis y trans; a rechazar el lugar de ciudadanas subordinadas y tuteladas que nos plantea el Estado; a no tolerar que el deseo nos coloque en una zona de riesgo tan fatal que en las últimas tres décadas hay, al menos, 3040 mujeres menos por la ausencia de una ley de aborto legal, seguro y gratuito.

Más allá de sintentizar el reclamo por el aborto, se volvió una contraseña, una forma de cuidado y complicidad mutua, una reafirmación del pacto feminista por cambiarlo todo.

El primero. El pañuelazo del 19 de febrero de 2018 fue el prólogo de lo que estaba por venir. Un verano con la agenda feministas y las feministas en la televisión, semanas movilizadas por la organización del segundo Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y trans confluyeron en esa acción colectiva en la previa de la séptima presentación del proyecto de ley de la Campaña.

Así los pañuelazos se volvieron una práctica “made in Argentina” para visibilizar el apoyo a la ley que las articulaciones de otros países de la región replicaron para empujar la legalización y despenalización. Un ritual que encuentra a todas, caracterizado por la transversalidad: distintas agrupaciones y partidos políticos confluyen la acción de levantar el pañuelo. Como las brujas alrededor de las ollas, nos juntamos con nuestros pañuelos y en esa reunión hay conversación. En ese encuentro, que deja bonitas fotografías, se construye también la resistencia y la memoria feminista. 

Los grupos antiderechos intentaron replicar los pañuelos con un trozo de tela celeste. Sin embargo, sus acciones no se enmarcan en esta línea de resistencia y no tienen una genealogía desde la historia de los derechos humanos. El pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito resignifica el blanco de las Madres de Plaza de Mayo y dialoga también con esas formas constitutivas de construcción de la memoria y la justicia en clave feminista.

Este último en Trelew pareció el cierre de un año intenso para el feminismo popular. Entre el 10 de abril y el 31 de mayo de 2018, el tiempo en el que el proyecto se debatió en Diputadxs, los martes y jueves verdes se sostuvieron con presencia callejera. Los pañuelazos se multiplicaron en las provincias y se transformaron, también, en puentazos.

Se trató de un pañuelazo para celebrarse, celebrarnos. 2018 fue el año en el que los feminismos lograron media sanción en la Cámara de Diputadxs y pudieron discutirle al Estado qué relación queremos tener con nuestros cuerpos. Consiguieron que las dos cámaras del Congreso debatan sobre aborto en dos jornadas históricas, acompañadas con vigilias épicas. Y, aunque el Senado puso un freno a la ley, hay una conquista en la disputa de sentidos: el aborto salió del closet y durante la primera mitad del año fue el tema obligado en escuelas, universidades, sindicatos, lugares de trabajo, espacios comunitarios. El pañuelo verde colgado de las mochilas y las carteras disputa un sentido a diario.

La historia de los pañuelos verdes

Católicas por el Derecho a Decidir Argentina fue la organización que repartió los pañuelos verdes por primera vez el 16 de agosto de 2003 en el XVIII Encuentro Nacional de Mujeres en la ciudad Rosario. Aquel Encuentro empezó con 10.000 participantes y una enorme bandera violeta que decía “Por el derecho al aborto libre y gratuito”.

Los pañuelos no tenían el logo de la Campaña ni la frase “Aborto legal para no morir, anticonceptivos para no abortar”. Solo decían consignas feministas amplias: aborto, derechos sexuales y reproductivos, anticoncepción. Algunas de las pioneras históricas todavía conservan estas versiones incunables de los pañuelos que sobreviven deshilachados.

El Encuentro de Rosario en 2003 marcó un cambio de paradigma. Las activistas se pusieron firmes ante las infiltradas enviadas por la Iglesia para ralentizar las discusiones. Desde el Encuentro Nacional de Mujeres de 1997, en San Juan, los talleres sobre anticoncepción eran una discusión empantanada en cada ENM: las que estaban en contra del aborto se metían y no dejaban avanzar. Ese año el Encuentro llegó a dividirse, pero esa misma división fortaleció la marcha de cierre.

Es 1989 el año donde el taller “Anticoncepción y aborto” aparece por primera vez en la nómina “oficial” de talleres, según cuentan en un libro imprescidible de Amanda Alma y Paula Lorenzo para conocer la historia de las “Mujeres que se encuentran”

En 2003 se sumó un taller más sobre la temática: “Estrategias para el acceso al aborto legal y seguro”. El nombre no era casual y explica cómo las articulaciones internacionales fueron una estrategia clave para tratar de conseguir la ley. Tres años antes de ese Encuentro en Rosario, Martha Rosenberg, como parte del Foro por los Derechos Reproductivos, había viajado a Sudáfrica, donde tenían una de las legislaciones más progresistas sobre el tema y habían convocado a representantes de distintos países para compartir y trazar acciones conjuntas.

Women’s Health Project publicó un libro con las experiencias de los países participantes que compiló la propia Rosenberg: Estrategias para el acceso al aborto legal y seguro. La publicación contenía el recorrido que habían hecho en Australia, Sudáfrica, Estados Unidos, Bangladesh, Brasil, Kenia, Italia, Polonia, Guyana, India y la ciudad de México para conseguir sus respectivas leyes.

El primer día del XVIII Encuentro Nacional de Mujeres cerró con una asamblea multitudinaria en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Económicas de Rosario.  La reunión abierta del Encuentro había sido una propuesta de la Asamblea por el Derecho al Aborto, una de las tantas asambleas vecinales y comunitarias que se multiplicaron en plazas, esquinas, fábricas post estallido político-institucional del 2001. Por ese entonces la Asamblea se reunía todos los sábados en el Centro Cultural y Social Matrix, en el cruce de las calles San Juan y Entre Ríos.

Esa asamblea fue una de las bases para la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Al año siguiente, en 2004,  surge como decisión de las conclusiones del XIX Encuentro Nacional de Mujeres de Mendoza llevar adelante una Campaña. En principio iba a ser por cuatro meses: ya superó los trece años. Habrá más pañuelazos, hasta que sea ley y más.