Lo trasnochado podría ser aquello que está fuera de foco. También lo que resulta anticuado. Algo de esto tiene el siglo XIX en perspectiva y en especial el lapso rosista, que termina siendo una especie de nebulosa estallada por los procesos históricos posteriores, los “normalizadores”, quizá para que nunca más ya pueda entenderse del todo y quede en el aire del pasado inmerso en una flotación de espanto e injurias. ¿Estoy hablando del presente?

El teatro también es un ente trasnochado. En la anacronía encuentra su goce. Entonces el teatro puede ser el error de ubicar algo fuera de época. Un error premeditado en el que La lengua argentina de Laura Valencia encuentra su verdad, no por la intención de querer aclarar, sino por su insistencia en el desenfoque de la lente de la Historia.

Una mujer lagunera, un ser de la llanura, del desierto desalambrado, es librada a los caminos de los artistas de la legua por pura eventualidad. El teatro estaba en esa laguna sin ella saberlo; faltaba que alguien lo descubriera: un prestidigitador. Hay un proceso artístico que se pone en marcha desde ese trascendental encuentro, que resulta de una invocación a la muerte, porque la Historia es el territorio de la muerte. Asimismo, toda invocación no es más que un pedido de auxilio. Y si por demás hay una invocación trasnochada, uno, el simple mortal espectador lleno de miedos y de terrores históricos colectivos e individuales, no puede más que encontrarse ante un hecho desesperado. Esto es lo que para mí encarna La lengua argentina: un hecho desesperado.

De ahí en más, la Historia aparece como puede en una lengua críptica. Pero en realidad pasa a ser un accidente que posibilita que lo otro que vemos ocurra. Y eso otro es un desecho también de la Historia, porque una compañía de la legua no merece siquiera una página en los recortes del libro animado de los Billiken que pueblan de chatarra nuestro pensamiento. No hay foco posible en la letra de molde para dos esmirriados saltimbanquis con pocas variedades para mostrar. Es entonces en este hito donde la obra de Valencia conmueve. Porque uno asiste en ese teatro salido del teatro a un presente de la Historia bastarda, al teatro más primitivo de nuestros caminos polvorientos hecho carne a menos de tres metros de nuestra respiración, aquel teatro en donde subsistencia y arte están hermanados. Y esto es pura hermosura desenfocada, no atravesada por el peine de la belleza del distanciamiento histórico que tantas veces olvida las dentaduras podridas, los olores insoportables. Esto es lo que convalida la también pura desesperación de la propuesta.

El recurso de la música para la invocación resulta de leer la primera mitad del siglo XIX en términos musicales. El pianito de cola que se desmiembra -como todo en la obra-, remite a lo fundacional. Si hay un hecho civilizado en el marco de la guerra que parece introducirnos en el mundo europeo de los flamantes estados-nación, este es la ejecución de la Marcha Patriótica en el salón de Mariquita. Y ante nosotros, unos descastados que andan por los caminos polvorientos se apropian del procedimiento aristorrancio y lo confunden con la otra vertiente musical de la época, la que toma cuerpo en torno a la poesía gauchesca (desde Hidalgo a Ascasubi con todas sus variables políticas). El zapateo y el intento de estimular la invocación a través de décimas inspiradas en los epígrafes de un álbum de estampas históricas de composición dudosa mezclan al salón de Mariquita con el gauchaje y producen como resultado un híbrido que es la singularidad de la obra, lo que ella manifiesta como formulación poética.

Un trapo rojo que alimenta a la médium, un hombre sin cabeza que intenta componer música con resultados exiguos, los muertos que acuden para ser contados por una lagunera que a su vez está harta de ser intervenida, la cabeza cortada de un caudillo, la enunciación de las vertientes de la patria, la ranura de González Tuñón, la transpiración por el duro sol de los caminos pampeanos, la lengua mutilada y un final que todo lo puede. Uno se encuentra así sentado ante el siglo XIX. Uno está de golpe dentro de esa porción onírica del siglo XIX. Algo que ocurre si no nos ponemos pretenciosos y aceptamos la invocación que el teatro hace a nuestros corazones. Si no nos ponemos duros en el razonamiento ante lo que tal vez no se entienda del todo. Si nos hacemos permeables a la conmoción de un temible desenfoque trasnochado.

La lengua argentina Libro y dirección: Laura Valencia / Intérpretes: Delfina Zarauza y Nahuel Aquino / Preparación vocal: Deborah Brandwajnman / Música: Nahuel Aquino / Entrenamiento de zapateo argentino: Rodrigo Quevedo Fuente / Función: viernes 2 de noviembre, 21 hs / Teatro: El Popular, Chile 2080, CABA. / Entrada: a la gorra.