Es el verano de 1983. Los Perlman, una pareja de intelectuales cosmopolita se instala en una villa paradisíaca del el norte italiano. Para su único hijo adolescente, Elio, parece un verano más entre amoríos estivales, lecturas y chapuzones en el lago. Un día llega Oliver, el deslumbrante y vital asistente académico del padre, al que alojan en el caserón. A partir de entonces comienza un juego de encuentros y de seducciones entre los dos muchachos.

Planteada así, Llámame por tu nombre (Call me by your name) podría ser un film sobre un amor secreto, sobre una sexualidad transgresora, sobre un deseo reprimido. Nada más lejos. Esta película está hecha con la materia del placer, en el vaivén y en la progresión del territorio del placer. La homosexualidad (o bisexualidad) no es ni provocación ni disyuntiva (no en la ficción, tampoco para el público occidental de hoy); el clóset, si lo hay, está desvencijado -todos quisiéramos tener padres como los de Elio-; los personajes rompen sus relaciones con uno o con otro sexo con penas pero sin dramas. Cada barrera que amenaza con dificultar el amor entre Oliver y Elio se rasga fácilmente. No hay planteos de identidades. Tampoco aparecen otros obstáculos importantes: económicos, religiosos, estéticos, políticos. Durante un almuerzo surge una discusión sobre un tema político. Sólo produce indiferencia y desgano en los comensales.

¿Qué queda entonces? Los lagos, los estanques, las lagunas, las piletas, las cascadas. Los muros de los pueblos italianos semivacíos, los juegos de cartas, los paseos en bicicleta. La estridente música de principios de los ochenta y los looks new romantic. Las lenguas, que se switchean en los labios de los personajes con una facilidad maquínica. Las superficies de las pieles de los adolescentes, de las frutas, de las estatuas, que, advierten, son “demasiado sensuales”. La película entera está dedicada a explorar, en varios niveles y modos, el placer superficial de las imágenes, de los sonidos, de las texturas eróticas de un espacio y un tiempo paradisíaco –el sida, al parecer, no estaba en el horizonte–.

La cuestión es cómo, con esta ausencia de conflicto y su apuesta hedonista, la película no se vuelve aburrida. Y he aquí la astucia de Call me by your name. Si se tratara de una película que cuenta un romance heterosexual, sería, sí, aburrida, en tanto se hundiría en la monotonía de un territorio demasiado cómodo. Pero la relación aquí es entre dos hombres para el mainstream, que se ve en el marco de un giro cultural en cuanto a, para decirlo de una manera muy general, la perspectiva de género. Esta diferencia es la que tiene un efecto interesante, esa zona de equilibrio entre la posibilidad del drama (en las expectativas de los espectadores) y las variaciones sobre los placeres por las que se zambulle la película. Se dice que Llámame por tu nombre es una película políticamente correcta (hay un poco de rencor en los que dicen esto). Es, en cambio, una película políticamente hedonista.