Me acuerdo hace unos años, cuando fueron 30 del Golpe, y nos podíamos dar el lujo de cierta confusión. Un jueves –el viernes era feriado– en el patio de la escuela, mientras subían la bandera, y los bostezos se escapaban por los agujeros de los dientes de leche recién caídos, no sonaba Aurora, ni Banderita. Sonó un pedazo de “La memoria”, de León Gieco y el director dijo algunas cosas más o menos mezcladas que incluían, por ejemplo –y para mi perplejidad– la palabra “tolerancia”. En la otra punta del patio, Chola, del PC, fundadora de la escuela que tuvo entre sus líneas a la Arrostito y ahora le enseña las cursivas y los derechos del niño a los hijos de los que profesan la fe de los símbolos, parecía resignada. Igual estaba claro: la dirección era una, o tres: memoria, verdad y justicia.

 

Hoy también. Lo dejó patente la marcha contra el 2×1 en 2017, no les va a resultar tan fácil romper consensos construidos en base a cartas, veredas en zig zag, lealtades, HIJOS y madres. Ahora le bajan el pulgar a la memoria colectiva y varixs optan por inventarse su propio pasado, su propio “¿Quién soy?”. Cuando se cumplieron los 30 todavía estábamos dándole forma a la memoria. Eran 30 desde el golpe, 23 de democracia, se instauró el feriado, no sabíamos si hacerlo un día de recogimiento o de marcha: ¿Está bien o está mal el feriado? ¿hay que ir o no ir a la plaza? ¿hay que celebrar el aniversario del golpe? ¿Habría que haber hecho como en Israel el día del Holocausto, y dejar que el canto de las sirenas nos obligue –aunque sea por cinco minutos– a no poder pensar en otra cosa? Ay, qué judeo-cristiano suena todo eso o, si querés, qué culposo: las religiones paganas se visten de colores, se pintarrajean la cara, agitan los cascabeles y al ritmo del parche sacuden extremidades, dolor y muerte. Exorcizan. ¿Está mal? El que no fue en la Semana Santa de Alfonsín, ni cuando se cumplieron 25 años del Golpe, o a la marcha contra el indulto (¿quién no fue? había tanta gente), que no vaya. Yo fui a todas esas, a la Plaza por los 30 años del Golpe. Y llevé a mis hijxs, para que se construyan un pasado.

 

Está el que su primer recuerdo es la muerte de Perón, con el luto potente de la multitud hormigueando en blanco y negro, y con eso carga la Bildungsroman con la que se pertrecha todos los días para salir a la calle. Está el que recuerda el día que le regalaron a su perro Boldo, que le calentó la cama los catorce años que vivió hasta que casi justo lo cambió por una chica. Yo me acuerdo del día que mi mamá lloró. Es mi primer recuerdo. Y después, ahí no más, El hada y el cisne en el adiós a Sui Generis subida a los hombros de mi papá, y bla, bla, bla. Porque, por más mítico que sea, ¿a quién carajos le importan los recuerdos de los demás, aparte de a la persona con la que estás en la cama jugando a empezar una historia de amor?

 

Por esos días, me acuerdo que Abraham habló en la tele de los 70. Habló de esa gente del primer cordón de la gran militancia, de los que por lucidez o falta de coraje no tomaron las armas y resistieron leyendo, viviendo con miedo, tuvieron más de un amigo o un pariente desaparecido, se juntaban en grupúsculos clandestinos de estudio. Fue honesto, no se montó a ningún caballito de batalla propio ni ajeno para jugar al héroe en el aura de los 30 años, y hasta dejó que a algún televidente –como yo– se le erizara un poco la piel al pensar en esos filósofos, sociólogos, psicoanalistas que se reunían a leer Melanie Klein en casas bien ubicadas, entre arte moderno e indígena y muchos almohadones.

 

Yo viví la dictadura en ese cordón, en esa minoría –“minoría”, dijo Abraham– que sabía perfectamente lo que pasaba, que no se fue, pero que básicamente intentó seguir más allá del pánico con la vida intelectual y burguesa que conocía. Alguna vez traté de aferrarme a las hazañas más heroicas de mis padres –Ezeiza, la Plaza conmigo en la panza, las quemas de los libros que se habían traído de la URSS o alguna foto cerca de la bandera de Montoneros– para creer que habían militado en serio. Pero no, siguieron vivos. Y de alguna manera fue redentor verse en la tele, en palabras de un hombre inteligente, sin autoindulgencia, sin autoflagelo tampoco.

 

Igual, no creo que el haber estado en ese primer cordón durante la dictadura, ni en el segundo o donde fuera, te quite el derecho –o, si querés, la opción– a ir a la Plaza el 24, a pensar el Golpe, a opinar. Desde ya, en la marcha debieron haber habido casi tantas posiciones como participantes, casi como durante la dictadura, pero yo no sé –y no estoy siendo irónica, simplemente no sé porque durante la dictadura era muy chica– si durante la dictadura me habría quedado en mi casa. El miedo de mis padres me llenó de fuerza, así como la fuerza de sus padres llenó de miedo a muchos hijos.

 

Unx trata de construirse un pasado, de construírselo a sus hijxs, para pararse frente al mundo sobre su propio mito de fundación. Y eso, todo, todo, es pura construcción, pero qué importa. Mi mamá, para construirme un pasado –o simplemente porque vivía su vida y su vida era así– pretendía que me hiciera amiga de ese pibe que hablaba raro porque con su mamá se habían tenido que exiliar en Suecia. Nosotras los habíamos llevado a Ezeiza, pero yo no sabía bien por qué, y él hablaba raro. O quería que jugara con ese otro que como el papá era desaparecido tenía toda la cara brotada. Cuando yo era chica, para construirme un pasado o porque quería ser parte de la historia y se le dio así, entre el golpe en Chile y el de acá, mi viejo tuvo dos meses a los Jaivas en casa, a ellos y a sus familias, acampando en un tres ambientes, tocando la guitarra y fumando marihuana, mientras yo, contaban, les pisaba los sicus y mi perro salchicha les llenaba de pulgas los ponchos. Pero, la verdad, yo no me acuerdo nada. Y a la vez, esa es mi memoria, mi quién soy.

 

Entonces, ¿qué es lo que importa? A mí, esa vez, entre todo lo que se dijo y lo que escuché con mucha interferencia dentro de mi cabeza, sobre el feriado, sobre el acto, lo que más me gustó fue lo que me dijo un chico que trabaja en una fábrica de juguetes. Me dijo que él estaba de acuerdo con el feriado porque al tipo para el que ese día no era nada especial el feriado lo obligaba a averiguar por qué no iba a trabajar y, de última, era un día que el tipo podía estar en su casa, y quizás mirando la tele se enteraba –dicen que el rating de los documentales fue altísimo, dijo después. Además, si se quedaba en la casa, no miraba la tele ni se enteraba, ni nada, al menos tenía un día libre con goce de sueldo. También me quedé con lo que me dijo una chica que vive en un pueblito de la provincia. Ella dijo que acá, por la Capital, siempre hay algo, una marcha, afiches… Pero en el pueblo, si no hay feriado, el 24 de marzo pasa como un día más. 2006, estábamos pensando el feriado, estábamos construyendo memoria.

 

Ese día, antes de ir a la marcha, les conté a mis hijos de qué se trataba todo eso. Me ayudaron los documentales de la tele, que pude ver porque era feriado. En la Plaza, mi hija de 4 terminó cantando a toda voz, sumada a una columna que de casualidad nos tocó al lado un buen rato, “Libertad a los presos de Las Heras, contra este gobierno de las petroleras”: se ve que lo que la subleva es la cuestión de la privación de la libertad. Y me pareció bien. Hoy no les cabe ninguna duda. Es cierto que puede que lo que más les haya gustado a lxs niñxs haya sido el baile colorido de unas chicas que coparon Avenida de Mayo en su ancho, el muñeco de Videla gigante de una murga, y cuando llegamos a la Plaza y se armó un poco de lío con la izquierda, ellos empezaron a armar lío en todas las direcciones y nos fuimos. No sé si se acuerdan mucho de ese día, pero a la marcha contra el 2×1 fueron con sus propias agrupaciones. Como dice Norita, hoy también la lucha sigue. Por que abran los archivos, por que digan dónde están lxs 30 mil desaparecidxs y lxs bebés expropiadxs, porque no queremos cruzarnos con genocidas ni con cómplices civiles por la calle, porque nos paramos contra la impunidad. En un país donde los derechos básicos, salud, educación, alimento, trabajo, vivienda, están siendo arrasados. Los Derechos Humanos no tienen fecha.