Imaginemos que estamos ante un cuadro costumbrista de mediados del siglo XIX, que tiene por asunto principal el motivo de la lectura en voz alta, compartida, en un ambiente familiar donde predominan las mujeres. Sería así: un hombre entrado en años está cómodamente sentado en un sillón, las piernas cruzadas, la nuca descansando sobre el respaldo, el periódico abierto, ligeramente arrugado, entre las manos. A su izquierda, otro caballero más joven lo contempla mientras toma un mate, reclinado sobre el perfil de una ventana alta por la que se filtra la luz matinal que riega el interior de una habitación acogedora donde transcurre la escena. De derecha a izquierda, al frente y al costado del lector del periódico, se suceden en posiciones diversas tres mujeres: una criada negra que aguarda órdenes, una joven sentada, bordando sobre una gran cama estilo imperial donde su madre (o quizá su abuela) se encuentra recostada y arropada, saboreando también un mate mientras escucha y observa, a su vez, al hombre que lee para ellas en voz alta. Sobre la cama caen los velos de un regio cortinado; sobre el piso se despliega una alfombra; sobre las mesitas que coronan la habitación hay un jarrón de agua para acicalarse y, por supuesto, una lámpara de vela que servirá para iluminar la estancia cuando caiga la noche.

Este cuadro lo pintó sobre un lienzo, al óleo, el artista argentino Prilidiano Pueyrredón, sin duda por encargo de un jefe de familia que deseaba perpetuar así la memoria de su prole, en una pose a la vez apacible y distinguida. Familia de Don Pedro Bernal y una criada, se llama la obra, no muy conocida, porque tan solo circuló esporádicamente, reproducida en las páginas de algunos estudios del crítico José León Pagano, a comienzos del siglo XX, mientras el lienzo permanecía al albergo de sus propietarios (probablemente, de los descendientes de Bernal), en colección particular.

Cabe preguntarse, por ejemplo, aunque la respuesta sea bastante evidente, por qué Bernal habría elegido representar a su familia en esta escena doméstica, íntima y matutina donde conviven los extremos (el señor que lee y la criada que sirve, seguramente iletrada). ¿Y dónde, en qué lugar de la casa habría querido el propietario exhibir este lienzo de medidas pequeñas (de apenas 32 x 42 cm, el tamaño, casi, de un retrato portátil)? ¿Con qué marco lo habría revestido? ¿Y para qué usos lo habría imaginado? ¿Tan solo para perpetuar la memoria de una familia culta y distinguida (la suya propia)? ¿O acaso para constatar y dejar bien asentado que efectivamente lo era, ante el círculo de amigos y allegados –por ejemplo los habitués de las tertulias hogareñas que frecuentarían su casa en esa misma época–?

Por cierto, a mediados del siglo XIX, es decir, bajo la estela subyugante del romanticismo que tiñó casi toda la centuria (desde mediados de la década de 1820 en adelante) retratarse leyendo –o escribiendo– implicaba todo un signo de distinción social que ennoblecía al retratado, lo ubicaba en su entorno y a veces, también, lo connotaba políticamente. Esto último lo ilustran a la perfección, ya antes de Pueyrredón, unas cuantas obras realizadas por Carlos Enrique Pellegrini entre fines de la década de 1820 y mediados de la de 1830. En ellas, Pellegrini compone el perfil de hombres y mujeres de la alta sociedad porteña que aparecen rodeados de libros, manuscritos, cartas o bibliotecas, envueltos a veces en una trama de veladas significaciones políticas. Y sin embargo, aunque la serie que pinta Pellegrini es vasta y por demás significativa, no encontramos entre los retratos femeninos a ninguna mujer lectora de periódicos: ninguna que lea por sí misma o que se entere de lo que dice la prensa a través de la voz de un mediador, como sucede, en cambio, en la obra de la familia Bernal compuesta por Prilidiano Pueyrredón. Él sí coloca la escena de lectura del periódico en primer plano, en ese cuadro costumbrista presuntamente apacible, cuasi fotográfico, que se presenta ante los ojos de los espectadores como salido “del natural”, y en el que la lectura compartida parece estar exenta de toda peligrosidad: es decir, todo aparenta estar allí a resguardo, puesto “en su lugar”. Me refiero al hecho de que el retrato ofrece una perspectiva tradicional y muy cara al siglo XIX (aunque esta configuración deje de lado otras complejidades de la vida real): nos dice que la lectura del periódico es una ceremonia cotidiana que está directamente ligada al protagonismo masculino, más propiamente al hombre de la casa. Él domina la escena: él lee para las mujeres, él selecciona, recorta, organiza, supervisa, administra, da a conocer lo que a ellas conviene o debe interesar. El hombre es el mediador de lectura, el guía y el maestro de las mujeres de la casa (desde luego, esto se reitera en otra serie de representaciones literarias del siglo XIX, que exceden el coto exclusivo de la lectura de periódicos). Por su parte, ellas hacen bien lo suyo: sirven si son criadas, descansan si son ancianas o están entradas en años, bordan si son jóvenes y están en edad de merecer. Mientras realizan cualquiera de estas otras actividades que les son propias, además, se ilustran un poco acerca de lo que informan los periódicos.

Puede decirse, así, que el señor Bernal y su familia –tanto como su retratista– se atienen a las preferencias o a las prescripciones moralistas de su siglo, que alertan sobre cuidados y precauciones para con las lectoras: cuidado con los libros que llegan a sus manos, especial cuidado con las novelas. Y cuidado, también, con los periódicos que, hasta muy entrado el siglo XIX en el Río de la Plata, participan activamente de la guerra de ideas y de la lucha facciosa. Precisamente, debido a que la prensa está estrechamente ligada con los asuntos públicos es que aparece más asociada con las prácticas de lectura y escritura de los hombres. En cambio las lectoras, si son retratadas como tales, prefieren hacerlo con un misal, un libro, o una carta en la mano. Eso explica, al menos en parte, que en la familia Bernal las mujeres se enteren de las noticias a través del hombre de la casa.

A la hora de ser representadas sobre el lienzo, de elegir una imagen a través de la cual ser observadas por los contemporáneos o evocadas por la posteridad, ellas no se muestran leyendo el periódico directamente: por cierto, en esta pintura las mujeres ni siquiera lo tocan. Claro que estamos en la casa de una familia burguesa, probablemente de una familia de la elite porteña de mediados de siglo. Así, la perspectiva de Pueyrredón no es original sino que busca su referente en los ideales de un sector social y de una época.

Pero hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX son otras y opuestas las configuraciones de la mujer lectora en la Argentina: los semanarios y magazines que por entonces proliferan dejan constancia de la ampliación del público femenino, y hasta el cine incorpora esta novedad. A tal punto que la escena de la lectura en voz alta protagonizada por un hombre se invierte, a veces, como sucede en el film Amalia, del director Moglia Barth, estrenado hacia 1940 e inspirado en la novela de José Mármol. En la pantalla grande es ella la que lee para él: justo al revés de lo que ocurría en el cuadro de Pueyrredón y en tantas novelas románticas. De un siglo a otro, la mujer lectora es una realidad que se impone en la vida moderna como en las representaciones artísticas y literarias; una realidad que participa de un denso entramado, que tiene una historia y que merece ser contada. Lectoras en el siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina analiza ese complejo recorrido.