En abril, en un evento llamado Resistir y Reimaginar, PEN America invitó a Hillary Clinton a impartir la conferencia Arthur Miller Freedom to Write. La ex secretaria de estado, elegida por la preeminente organización literaria de Estados Unidos por sus “logros en materia de derechos humanos”, participó después en una sesión de preguntas y respuestas con la novelista nigeriana estadounidense Chimamanda Ngozi Adichie.

Los admiradores de los textos de Adichie tal vez esperaban que ella responsabilizara a Clinton por su pésimo historial en derechos humanos: Hillary apoyó abiertamente todas las guerras en las que Estados Unidos intervino desde 2001, las cuales costaron casi $5 billones de dólares, según un informe reciente de la Universidad de Brown, y le causaron la muerte a casi 300 mil personas en Irak, Pakistán y Afganistán. Durante el mandato de Clinton como secretaria de estado, Estados Unidos expandió la funesta guerra contra el terrorismo en África, especialmente en Libia, Malí y Somalia. Pero cuando se sentó con la ex candidata a presidenta, Adichie no expresó la angustia por la devastación de varios países africanos. Sólo dijo: “Cuando saludé a la Sra. Clinton en el backstage, tuve que esforzarme mucho para no emocionarme”.

Adichie, después, procedió a leer un artículo que había titulado “¿Por qué Hillary Clinton es tan ampliamente amada?”. Además le sugirió a Clinton que reescribiera su biografía de Twitter para que diga “habría sido una buena presidenta” y le hizo preguntas como: “Percibo una especie de optimismo fundamental sobre usted … ¿es usted optimista? Quiero preguntarle si es consciente de cuánta inspiración genera?”. Adichie confesó que para sus adentros le dice “Tía” a Hillary. Porque desde hace mucho tiempo siente que de algún modo la protege.

En ningún momento Adichie le preguntó a Hillary sobre su voto en apoyo de la guerra de Irak; su promesa de “destruir”; a Irán; su deseo de proteger a Hosni Mubarak de Egipto, de quien dijo que era, junto con su esposa notoriamente corrupta “amigos de mi familia”. Tampoco le preguntó sobre su defensa de la catastrófica intervención en Libia (el día en que Muammar Gaddafi fue asesinado, después de haber sido sodomizado con una espada, y Clinton apretó los puños y festejó: “Vinimos, vimos, él murió”) o por los miles de millones de dólares de las transferencias de armas a Arabia Saudita que sancionó como Secretaria de estado, incluidos los aviones de combate que actualmente utiliza el príncipe heredero Mohammed bin Salman para matar de hambre a Yemen. Los comentarios recientes de Clinton que instan a Europa a frenar la inmigración encajan perfectamente con su historial político: como primera dama en 1996, apoyó la Ley de Responsabilidad y Reforma de la Inmigración Ilegal de su esposo, que sentó las bases del agresivo sistema de deportación que tiene Estados Unidos.

Resulta inquietante saber que Adichie fue reclutada para entrevistar a otra primera dama, Michelle Obama, en el Southbank de Londres en diciembre. Obama, a diferencia de Clinton, nunca fue funcionaria del gobierno de su marido, nunca estuvo a cargo de guerras injustas u ocupaciones ilegales, y no puede ser responsabilizada por las políticas de Barack. Ahora se mueve en el mundo despolitizado de las celebridades en el que es posible que diga que George W. Bush, el bello republicano famoso por su cruel trato a los afroamericanos durante las consecuencias del huracán Katrina, es su “socio en el crimen” (incluso después de que él haya cabildeado para la nominación de Brett Kavanaugh a la Corte Suprema, a quien varias mujeres acusaron de conducta sexual inapropiada).

Solo en ese mismo mundo despolitizado y de celebridades, Adichie puede sentirse, como ella ha escrito, “protectora” de Michelle Obama y aplaudir “sus vestidos y rutinas de ejercicios. Su carrocería y sus curvas. Sus brazos tonificados y dedos largos y delgados”. Seguramente el evento de Southbank también incluirá las habituales críticas a Donald Trump, el enemigo más obvio de hoy.

Una de las tragedias de la era Trump es ver cómo los liberales estadounidenses han cooptado y han arruinado por completo la palabra “resistencia” para que ahora se aplique a los halcones intervencionistas neoconservadores, a ex directores de la CIA y a cualquiera que haya tuiteado contra el actual presidente. En este nuevo nexo de celebridad, poder y consumismo, Madeleine Albright, quien afirmó que la muerte de medio millón de niños en Irak en la década de 1990 “valió la pena”, puede considerarse una luchadora antifascista; y Sheryl Sandberg puede ser celebrada como feminista, incluso cuando adulaba a Narendra Modi, primer ministro supremacista hindú de la India, bajo cuyo mando cientos de mujeres fueron violadas o asesinadas en el 2002, cuando era el primer ministro de Gujarat.

Ahora más que nunca es imperativo insistir en que lxs escritorxs se resistan al poder. Lxs escritorxs de los países del hemisferio sur cargan desde hace ya tiempo con la expectativa de que deben responder frente a cada atrocidad que ocurre en sus países y denuncian a sus gobiernos y a un gran número de ciudadanos. Solo pueden asombrarse de lo rápido que incluso lxs escritorxs de izquierda fallan en confrontar a la autoridad brutal y se apresuran en colocar sobre ella una cara humana. Dave Eggers, por ejemplo, escribió recientemente en el New York Times que era “crucial tener en cuenta que el apoyo de la Casa Blanca a las artes nunca ha sido partidista”, e incluso George W. Bush era “culturalmente … abierto y activo”.

Muchxs escritorxs abrazados por el establishment no sólo fracasan regularmente en enfrentar la violencia colosal y constante infligida por el capitalismo occidental, a menudo lo celebran y lo avalan. John Updike apoyó el bombardeo de Vietnam, Salman Rushdie dijo un año después de la invasión y ocupación de Afganistán por parte de Estados Unidos que “Estados Unidos hizo en Afganistán lo que tenía que hacer y lo hizo bien”; y Martin Amis dijo en 2006 que “existe una necesidad urgente -¿no la sienten?- de decir que la comunidad musulmana tendrá que sufrir hasta que ponga su casa en orden”. ¿A qué clase de sufrimiento se refiere? A no dejarlos viajar. A la deportación. A la cacería por portación de rostro de personas que parecen ser del Medio Oriente o de Pakistán.

Tanta celebración del racismo y el imperialismo asesino de Occidente deja perplejos a lxs escritorxs del mundo no occidental. La mayoría de ellxs escriben desde una posición de marginalidad y, a menudo, vulnerabilidad física, incluso cuando son relativamente privilegiados en virtud de la escritura en inglés y la publicación internacional. Faiz Ahmad Faiz, el gran poeta paquistaní que fue encarcelado, recluido en régimen de aislamiento y finalmente exiliado, no estaba en posición de sentirse protector de los políticos. En 1979, después de que el dictador de Pakistán respaldado por la CIA, Zia ul-Haq, impusiera la ley marcial y maltratara a la nación azotando públicamente a los activistas y matando a sus enemigos, Faiz escribió Hum Dekhenge (Veremos): “Veremos / es seguro que nosotros también veremos / El día que se prometió / Cuando las enormes montañas de tiranía / desaparezcan como el algodón … y en las cabezas de nuestros gobernantes / los rayos caerán”. Iqbal Bano, un cantante paquistaní, cantó ese poema prohibido ante 50 mil personas en Lahore durante el apogeo de la represión de Zia en 1985 y poco después se le impidió aparecer en televisión o dar conciertos. Para muchos escritores en el mundo no occidental, esto es lo que significa resistencia: hablar cuando las palabras se encuentran con golpes letales.

La noble causa de la resistencia está mal entendida cuando lxs novelistas literarixs asumen el papel que una vez ocuparon los presentadores de la televisión hasta altas horas de la noche hablando de famosos. Solo podemos esperar que en su segunda etapa en el escenario con una primera dama, Adichie aparezca no como moderadora del poder sino como testigo de sus estragos.

*Columna publicada en The Guardian. Traducción de Marina Mariasch.