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Los hechos en el video son claros: la mujer se ve bastante alcoholizada, bordeando la inconsciencia, cae sobre una cama y el grupo de varones la toca, le tira alcohol en la espalda y manosea sin su consentimiento. No es una violación gravemente ultrajante. Pero hay que remarcarlo: cualquier contacto físico de una persona hacia una otra sin su total consentimiento constituye un abuso y una vulneración a sus derechos. Más allá de lo que haya pasado antes o después del video, ese solo recorte nos pone frente a una situación de violencia machista.

Hace dos años y medio, cuatro youtubers argentinos y uruguayos (Yao Cabrera, Fabri Lemus, Lucas Castel y Gonzalo Fonseca) protagonizaron una escena de abuso a una joven en la habitación de un hotel durante un evento de una plataforma que reunía a distintos personajes de Youtube en Buenos Aires. Abusaron y no “habrían abusado”, porque un quinto youtuber -cuya participación por omisión lo hace, como mínimo, cómplice- grabó toda la secuencia gracias a la cual hoy tenemos conocimiento de la situación. Este video se dio a conocer apenas hace unos días y ha causado un doble efecto: por un lado, un generalizado repudio al abuso, pero por el otro un insólito cuestionamiento a la víctima, revictimizandola.

Los youtubers involucrados tienen cada uno más de un millón de seguidorxs. Esto los constituye en líderes y formadores de opinión dentro de un público que nosotrxs -adultxs que no pertenecemos a esa generación- casi ni podemos entender.

Las excusas para disfrazar el abuso

Los hechos en el video son claros: la mujer se ve bastante alcoholizada, bordeando la inconsciencia, cae sobre una cama y el grupo de varones la toca, le tira alcohol en la espalda y manosea sin su consentimiento. No es una violación gravemente ultrajante. Pero hay que remarcarlo: cualquier contacto físico de una persona hacia una otra sin su total consentimiento constituye un abuso y una vulneración a sus derechos. Más allá de lo que haya pasado antes o después del video, ese solo recorte nos pone frente a una situación de violencia machista.

Los hechos en el video son claros: la mujer se ve bastante alcoholizada, bordeando la inconsciencia, cae sobre una cama y el grupo de varones la toca, le tira alcohol en la espalda y manosea sin su consentimiento. No es una violación gravemente ultrajante. Pero hay que remarcarlo: cualquier contacto físico de una persona hacia una otra sin su total consentimiento constituye un abuso y una vulneración a sus derechos. Más allá de lo que haya pasado antes o después del video, ese solo recorte nos pone frente a una situación de violencia machista

A partir de su aparición, uno de los youtubers -Gonzaa Fonseca- hizo un video intentando explicar lo que había pasado y disfrazando el abuso. Atenuó el escenario y se escudó en que era muy joven y estaba muy borracho. Insistió con que fue una “joda” que nunca pasó a mayores y que “fue una enorme boludez”. Resulta llamativo que para los varones el alcohol sea un atenuante y que para las mujeres resulte siempre un agravante. Fonseca intentó minimizar una escena gravísima al mismo tiempo que procuró naturalizar la secuencia y generalizar los estados de consciencia:“todos y todas estábamos borrachos y borrachas”. Sin embargo, se ve que la relación asimétrica: una mujer entre 5 varones y el estado de conciencia de ellos les permitía tomar decisiones por sobre el estado de de ella. Lucas Castel hizo lo propio con un video en el que repite la palabra “joda” y “juego”. Ni borrachera, ni joda, ni juego: fue abuso.

Casos como este cuestionan el imaginario colectivo sobre la violación. Aunque no sea una violación penetrativa, en un callejón oscuro, con una mujer gritando por su vida en manos de un extraño, no deja de ser un delito y, sobretodo, una enorme falta a los derechos de otra persona. Ninguno de los involucrados parece reconocer lo que el resto vemos en el video: un claro acto de violencia sexual.

Preocupa que en el país del Ni Una Menos, estos varones tan jóvenes aún no hayan traicionado sus complicidades machistas, no se corten el mambo entre ellos y aún años después justifiquen lo que hicieron descansando en excusas como el alcohol mientras intentan pedir disculpas.

La mujer, a quien consideramos víctima de la situación, realizó su propio descargo en Youtube. Dijo que al otro día lo habló con Gonzaa Fonseca, que él le pidió perdón y que dio el asunto como terminado. Que si ella hubiera sentido que la violaban o se hubiera sentido gravemente ultrajada, habría hecho una denuncia.

Calificó la situación de “rancia”, “una ranciada”. Lo dice muchas veces. El adjetivo de moda parece calzar perfecto en la descripción de los hechos. Lo rancio es lo “anticuado o propio de épocas pasadas”. Las masculinidades están en crisis y eso es evidente, ninguna costumbre rancia quedará sin respuesta. El problema es que de esa crisis se sale con masculinidades que se repiensan o que se vuelven aún más agresivas. Aunque los abusadores en sus vídeos hablan de violencia machista, parecemos estar frente al segundo camino. Si la intención de sus virales aclaraciones es dar el asunto por terminado, funciona de la manera directamente opuesta.

Fonsecaa decidió sacar un segundo video en el que, al igual que en el de Castel, se exponen audios de la mujer sin su consentimiento. Insisten con seguir hablando y cargar las tintas contra la chica. Para justificar el abuso, Fonsecaa cuenta que después de la secuencia tuvo relaciones sexuales con ella. En tiempos de comunicación 2.0 y donde la vida privada de personas está siendo expuesta es fundamental recordar que la intimidad es un asunto político y privado. Revelar públicamente una relación sexual sin tener el consentimiento de una de las partes, es algo violento e inadmisible: rancio.

Las audiencias

Hubo muchos comentarios contra ella criticándola o señalándola por defenderlos o no iniciar acciones en su contra. La chica hace lo que quiere hacer y lo que puede: dice que no se siente víctima, que ella no ve ninguna violación y que no le interesa seguir adelante con una situación que pasó hace tiempo.

Una de nuestras labores principales como feministas es no imponernos ni sobre los cuerpos, ni sobre las decisiones y mucho menos sobre las autopercepciones de otras y respetar siempre la autonomía de cada una sobre sí misma. El feminismo es, por sobre todas las cosas, una práctica emancipatoria, que pretende la equidad, el acceso y ejercicio de nuestros derechos y la autonomía de las mujeres en todos los ámbitos de su vida.

No podemos generalizar las experiencias de las mujeres ni sus reacciones o emociones frente a la violencia machista ni cómo deciden transitarlo. Además, porque con todo esto, lo único que conseguimos es, una vez más, que el foco se pose sobre ella, por acción u omisión.

No perdamos de vista que las acciones que acompañamos e incentivamos para hacer justicia deben tener como prioridad respetar las decisiones, la voluntad, la integridad y la identidad de las mujeres. Si vamos a participar en tanto audiencias busquemos más medios y diferentes maneras de explicar que cualquiera que vulnera el consentimiento de una mujer está ejerciendo violencia sexual y que el alcohol no atenúa los abusos de los hombres ni agrava la condición de víctimas de las mujeres o las hace responsables de la violencia en su contra. Busquemos formas de recordarnos que no estamos solas y que nunca una situación de abuso es nuestra culpa