Murió demasiado pronto y demasiado trágicamente. La palabra femicidio no existía y la crónica  habló de un crimen “pasional”. Si de Delmira Agustini sorprendió la osadía de sus poemas, su “destrucción placentera”, también amplió el lenguaje modernista y lo perturbó. Le decían “La Nena” y alimentó esa imagen contradictoria con su voz decidida, como una performance.

El 6 de julio de 1914, el último día con vida de Delmira Agustini, Enrique Job Reyes le dio dos tiros en la cabeza y luego se suicidó. La prensa uruguaya y de Buenos Aires encontraron razones, justificaron, comprendieron, sintieron piedad por Reyes y lo que hizo. Solo un medio satírico de la época, La Mosca, lo condenó de manera tajante: “protestamos contra los hombres autoritarios que se erigen en amos de la mujer y quieren hacerse amar a tiros de revólver”, escribió un o una cronista en el anonimato, “¡No, la mujer no es la esclava del hombre, ni en el amor, ni en nada!”. Delmira, la Nena, JouJou, la precoz poeta bendecida por las palabras, murió a los 28 años. La palabra femicidio aún no había sido dicha.

“La Nena” había crecido pero continuaba llevando ese apodo infantil, firmaba con él algunas cartas y artículos. Era una joven de familia respetable y conservadora. Sorprendió por eso su poesía cargada de erotismo y sensualidad que algunos críticos se apresuraron en reseñar como fantasías castas, platonismo moral. Desde los 10 años escribía poesía pero recién a los 16 comenzó a publicar en revistas literarias de Montevideo como La Alborada, Apolo y Rojo y Blanco. La crítica insistió en infantilizarla, en hablar de la nena encantadora para no hablar de una poesía que perturba, con algo de monstruosidad, como notó Unamuno. Sylvia Molloy subraya la nenidad de Delmira como una performance deliberada, máscara de protección en la escena pública y literaria.

Su primer libro es de 1907. El libro blanco (Frágil) apareció prologado por Manuel Medina Betancourt, director de la revista La Alborada. A partir de entonces estableció amistad con los intelectuales más importantes de la época: Alberto Zum Felde, Roberto de las Carreras, Juan Zorrilla de San Martín, Carlos Vaz Ferreira, Julio Herrera y Reissig y Samuel Blixen, entre otros. Conoció a Enrique Job Reyes y se puso de novia con él al año siguiente y a escondidas: la familia Agustini no aprobaba esa relación. Él, además, no valoraba ni entendía su obra.

En 1910 publicó Cantos de la mañana,  con 24 años ya era una escritora reconocida. Ese año recibió una carta de Manuel Ugarte, el intelectual argentino que, sin conocerla, le escribió un extenso elogio. Dos años después llegó Rubén Darío a Montevideo acompañado de Ugarte, once años mayor que ella, e iniciaron una relación amistosa que luego seguirá en cartas apasionadas. En 1913 publicó su tercer libro de poemas, Los cálices vacíos, más abiertamente erótico, con un “Pórtico” de Rubén Darío al comienzo.

Modernista, hija de su época, aplaudida por Rubén Darío, sin embargo Delmira operó una subversión en la propuesta del nicaragüense. Como señala Molloy, Delmira usa los íconos de Darío, pero los vacía de signos para cargarlos con otras pulsiones. Lo que en el poeta turba a un espectador, en Delmira lo perturbado es el yo que desea y dice su deseo.

Los cálices vacíos también incluyeron una descripción de Manuel Ugarte: “Manos enjoyadas del rubí de mi deseo, la perla de mi tristeza y el diamante de mi beso: llevad a la fosa misma un pétalo de mi cuerpo, manos que sois la Vida, manos que sois Ensueño”. Ella seguía de novia y cambió su condición civil para arrojarse “al abismo medroso del casamiento” seis meses después, el 14 de agosto, a pesar de que se sabía enamorada de Ugarte. Por razones inentendibles el argentino fue testigo de la boda.

El matrimonio duró hasta que ella abandonó a Reyes y volvió a la casa de sus padres, un mes y medio después. Le escribe a Ugarte: “Piense usted que esas dos palabras que yo pude en mi conciencia decirle al otro día de conocerle, han debido ahogarse en mis labios ya que no en mi alma. Para ser absolutamente sincera, yo debí decirlas; yo debí decirle que usted hizo el tormento de mi noche de bodas y de mi absurda luna de miel… Lo que pudo ser, a la larga, una novela humorística, se convirtió en tragedia”.

Delmira terminó el matrimonio con Reyes por no poder soportar tanta vulgaridad. A los pocos días recibió una carta de Ugarte en la que felicita su “bello gesto de altivez y libertad”. La poeta le pide que viaje a Montevideo. Mientras, el 13 de noviembre de 1913 presentó la demanda de divorcio cuyo fallo salió aprobado el 22 de junio. Delmira fue una de las primeras en hacer uso de la flamante ley, aprobada ese año, que permitía solicitar el divorcio por la sola voluntad de la mujer.

En ese tiempo, Delmira siguió viendo a Reyes: o porque se volvieron amantes, o porque le temía. En su última visita Reyes la asesinó con premeditación. De forma póstuma se publicaron El Rosario de Eros, Los astros del abismo y Correspondencia íntima. Reyes no logró apagar su voz. Delmira es el antecedente literario rioplatense que abrió al mundo los versos sensuales de su “alma sin velos” y los versos del cuerpo. Fue “la mejor de nosotras”, dijo Alfonsina Storni.