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Para nosotras -mujeres, lesbianas, trans y travestis- las desigualdades que vivimos todos los días en este contexto empeoran. Si ya existe una brecha salarial de género, que alcanza el 20% bajo convenio y un 40% en la economía informal, si ya dedicamos nuestro tiempo a tareas domésticas y de cuidados sin percibir remuneración alguna, si el acceso a trabajos precarizados y que nos paguen menos por igual tarea son recurrencias estadísticas, entonces podemos saber con certeza que la situación no va a mejorar con este paquete de medidas. Más que mirar al futuro, si avanza este modelo de redistribución de la pobreza, estaremos retrocediendo muchos años de conquistas.

Pocos días después de las elecciones legislativas, el presidente argentino Mauricio Macri anunció una agenda de reformas. En el CCK reunió a gobernadores, funcionarios, empresarios, gremialistas y figuras políticas para presentar los “consensos básicos” que el gobierno se propone instalar en la nueva etapa de su mandato.

Hay que hacer un esfuerzo de atención para encontrar, detrás de los eufemismos que caracterizan el discurso de Macri, los objetivos reales y no manifiestos de su política. Inmediatamente después de su exposición, comenzaron a circular los proyectos en borrador con la línea fina del “cambio” que se avecina. Un cambio que, aunque según el primer mandatario consiste en una cuestión de actitud, verdaderamente representa una vocación refundacional que en nombre de todos defiende el interés de los patrones.

“Cada uno debe ceder en algo”

“En este país se celebra la avivada”, decía Macri, mientras auspiciaba una reforma laboral que supone una significativa transferencia de recursos del pueblo trabajador hacia los sectores empresariales. En el borrador de reforma se plantea una rebaja de los aportes patronales a la seguridad social, que reduce la caja con la que trabajadores y trabajadoras contamos para el reparto solidario a través de jubilaciones, Asignación Universal por Hijo y otras políticas públicas. Propone una regularización del trabajo donde se le exime de deudas a la empresa en falta y también inhabilita al trabajador o trabajadora reclamar la multa para su beneficio, como ocurre actualmente. Quita la responsabilidad social de la institución contratante de servicios tercearizados. Reduce indemnizaciones y el cobro de horas extras. Achica el margen para realizar juicios laborales por faltas patronales, entre otras reformas.

¿Quiénes tenemos que ceder entonces? No quedan dudas de que cedemos quienes vivimos de nuestro salario: quienes precisan una jubilación para descansar después de muchos años de trabajo, quienes se dedicaron al trabajo doméstico y han recurrido a la moratoria -mujeres, en su gran mayoría-, quienes se desvelan en horas extras para sumar algunos pesos más, las personas con pensión por discapacidad, las que además de su alimentación deben garantizar el cuidado de sus niñxs, las trans y travestis a quienes se les sigue negando el cupo laboral, trabajadores y trabajadoras precarizadxs, sin aguinaldo y con pocas expectativas de lograrlo, entre muchas y muchos más.

Para nosotras -mujeres, lesbianas, trans y travestis- las desigualdades que vivimos todos los días en este contexto empeoran. Si ya existe una brecha salarial de género, que alcanza el 20% bajo convenio y un 40% en la economía informal, si ya dedicamos nuestro tiempo a tareas domésticas y de cuidados sin percibir remuneración alguna, si el acceso a trabajos precarizados y que nos paguen menos por igual tarea son recurrencias estadísticas, entonces podemos saber con certeza que la situación no va a mejorar con este paquete de medidas. Más que mirar al futuro, si avanza este modelo de redistribución de la pobreza, estaremos retrocediendo muchos años de conquistas.

Para nosotras -mujeres, lesbianas, trans y travestis- las desigualdades que vivimos todos los días en este contexto empeoran. Si ya existe una brecha salarial de género, que alcanza el 20% bajo convenio y un 40% en la economía informal, si ya dedicamos nuestro tiempo a tareas domésticas y de cuidados sin percibir remuneración alguna, si el acceso a trabajos precarizados y que nos paguen menos por igual tarea son recurrencias estadísticas, entonces podemos saber con certeza que la situación no va a mejorar con este paquete de medidas. Más que mirar al futuro, si avanza este modelo de redistribución de la pobreza, estaremos retrocediendo muchos años de conquistas.

“Seducir al mundo y dejarnos seducir”

Existe un proyecto liberal con raigambre histórica en nuestro país. En cada coyuntura ha tenido diferentes expresiones y estrategias para dar la disputa. El acceso al poder por la vía electoral configura a Cambiemos como una nueva derecha que no necesitó de las botas o los partidos tradicionales para hacerse del Estado.

El ministro de Economía de la dictadura cívico-militar, José A. Martínez de Hoz, en sus “Bases para una Argentina Moderna 1976-80”, postulaba un plan económico que entre sus aspectos destacados consistía en: – libertad de importación; reforma del sistema financiero mediante la liberalización de la “excesiva injerencia estatal”; – eliminación de las tarifas políticas para servicios públicos y de los precios a combustibles; – libertad de concertación de los salarios por encima de un nivel básico fijado como mínimo por el Estado, vinculando los aumentos a la suba de la productividad; -libertad para la inversión extranjera.

Esta planificación, que permitió la reforma de la matriz productiva de nuestro país durante esos años, benefició especialmente al sector financiero, al agrícola-ganadero, y a sectores contratistas y capitales extranjeros. En su discurso frente a un auditorio predominantemente masculino y calvo, Macri postuló el mismo ideario de país exportador, que con la crisis evidente del sector industrial, sólo puede exportar materias primas para insertarse en el mercado mundial. Asimismo, reivindicó un mercado financiero que tiene que crecer porque, según MM, es el más chico de América Latina. En sus palabras, seducir al mundo y dejarnos seducir. O lo que Martínez de Hoz calificó como dejar atrás una “estructura económica anticuada, obsoleta y débil” para que el sector laboral comprenda “los beneficios que le depara al mismo, y al país, el proceso de apertura de la economía”.

A pesar de las recurrentes referencias discursivas sobre dejar atrás el pasado y pensar en futuro, existen vínculos evidentes entre sus aspiraciones y el modelo económico de la dictadura que, sin poner un signo igual entre ambos, también supone suspender algunas garantías básicas del Estado de derecho para poder implementarse.

La soltura de la fuerza financiera y la restricción del derecho

El mismo gobierno lo definió: se viene una etapa de “reformismo permanente”. Lo que no dicen es que detrás de cada reforma anunciada, que de por sí implica transformar regresivamente las relaciones de producción, como en este caso, pretenden trastocar de raíz una visión global del funcionamiento del Estado y la sociedad civil que los sectores populares hemos conquistado en nuestra historia. Es decir, Cambiemos se propone modificar el horizonte de expectativas de todos aquellos y aquellas que vivimos de nuestro propio trabajo. En el proyecto de reforma laboral establecen su objetivo de fondo: “Promover la liberación de las fuerzas de la producción y del trabajo de todos aquellos mecanismos regulatorios y fenómenos distorsivos que impidan el desarrollo de las empresas como comunidades productivas, innovadoras, eficientes y competitivas”. Esas distorsiones son las que han permitido que la voracidad del mercado no nos trague definitivamente, son los logros colectivos que registra la historia del movimiento obrero. Por eso, el granito de arena que nos invitan a aportar es básicamente renunciar a ser sujetos y sujetas de derecho. Al Estado lo piensan como un mero facilitador de intereses de los poderosos. Y nos proponen caminos individuales de administración de la precariedad.

No todo lo que brilla

Desde que asumió este gobierno, los trabajadores y trabajadoras, el movimiento feminista, de derechos humanos, activistas, estudiantes; en suma, porciones amplias de nuestro pueblo han salido a manifestarse. Nosotras hicimos nuestro primer paro el 19 de octubre de 2016, y este 8 de marzo lo convertimos internacional. Hemos copado las plazas ante cada injusticia. Los propios resultados electorales indican que, más allá del triunfo alcanzado por Cambiemos, se consolida un polo opositor que se define contrario al proyecto neoliberal. Ninguna opción conciliadora salió fortalecida de la contienda en las urnas. Con una grieta honda, que también tiene raíz histórica y parte aguas en la sociedad, nada anticipa que estos “consensos básicos” puedan ser realmente asimilados. Vamos a resistir, porque así se teje la historia de nuestro pueblo. Y no dejaremos de imaginar un futuro que sea nuestro, para encontrar aliento y persistir en la necesidad de una alternativa contraria al gobierno de patrones.