Una mujer. Una mujer que no desea gestar, es forzada a transitar 40 semanas de un embarazo no deseado. Una mujer que no desea gestar y es forzada a transitar 40 semanas de embarazo, es obligada a experimentar un proceso de parto, a expulsar de su útero un embrión que no quiso ni concebir, ni incubar. Una mujer que trabaja, que trabaja para parir, que es obligada a trabajar para parir, expulsa el producto de su no-deseada germinación, para entregarlo. Para darlo en adopción. “No abortes, dalo en adopción”, dicen más de un vecino o vecina sin mala intención. Así de simple. Así de evidente, ¿no?

Los antiderechos van más allá. No sólo pretenden imponer la adopción como una supuesta alternativa a la decisión autónoma de una mujer de no continuar con su embarazo, sino que entre sus razones aducen un supuesto trauma que sufren aquellas que lo hacen, producto del llamado síndrome post-aborto. Por ejemplo, en una nota reciente publicada por La Nación, se da publicidad a un proyecto de “ley de adopción prenatal”, basado -entre otros argumentos- en esta supuesta sintomatología. Pretenden así, otorgarle carácter médico y científico a este (sin)sentido ampliamente difundido que, con la violencia de lo obvio, confina al cuerpo de la mujer a un mero frasco vacío, plausible de ser germinado.

En el marco del actual debate sobre la legalización del aborto, la dicotomía “Adopción Vs. Aborto” desvía la discusión urgente por la legalidad, gratuidad y accesibilidad de la interrupción voluntaria del embarazo. Pero ¿cuál es en verdad el trauma que se quiere evitar?

Definir al aborto como una situación traumática per-se, implica la negación de la diversidad de las personas con capacidad de gestar. Decir que todas las mujeres que abortan sufren un trauma, es pensar que todas las mujeres sienten igual, viven igual, desean igual, sufren igual. Es cierto, la situación del aborto puede ser traumática. Uno de los factores que puede convertirla en tal es la clandestinidad. Porque hoy el aborto es secreto, riesgoso y estigmatizante. Porque hoy aborto puede ser sinónimo de muerte.

Si por definición trauma alude a un suceso que, por su magnitud o intensidad, resulta difícil de ser procesado por el sujeto, un embarazo y un parto rechazados ¿no podrían implicar un trauma considerable, mucho más que el de un aborto elegido? Obligar a una mujer a transitar un embarazo presidido por el “no”, implica que esa mujer, durante 40 semanas, no puede escapar a la invasión de su propio cuerpo ¿No es acaso eso un hecho traumático?

¿Acaso no podría devenir en un trauma someter a una mujer a la enajenación total de sí, donde ya nada le pertenezca, ni su esfínter, ni su vientre, ni su andar? Que el cuerpo te duela, te moleste, te entorpezca, te desvele, irremediablemente  ¿no podría constituir eso una huella imborrable, difícil de procesar? Asistir pasivamente al ensanchamiento de tus caderas, la molestia permanente del pubis, a la transformación de tus tetas en dos rocas afiebradas, cuyo destino irrenunciable es darle el alimento a otro,  ¿eso no es traumático?

¿No es traumático deber asistir a una situación de parto no querida? Obligar a una mujer a vivir la apertura total de su cuerpo después de un sin fin de contracciones, el desgarro de su vagina en un mar de líquidos, mierda y sangre, a parir con dolor (porque el parto duele) ¿eso no es traumático? Y si el parto no es vaginal, es abdominal, ¿no podría considerarse traumático que a una mujer -y digámoslo una vez más, que no quiere ni gestar ni parir-, se la ate a una camilla y se la obligue a asistir, mientras no siente la mitad de su cuerpo pero sus ojos todo lo ven con perfecta lucidez, al momento en que un bisturí corta capas y capas de piel hasta que llega a su útero y lo tajea para siempre?

Las mujeres somos diversas, tenemos experiencias diversas. Lo que para una puede ser traumático, para otra tal vez no lo sea. Un aborto puede ser traumático. Una gestación y un parto no deseados también pueden serlo. Ni gestar es un proceso angelado, ni parir son los tres pujos constipados que se ven en las películas rosas, ni el puerperio es la vida armoniosa y placentera que venden las revistas. Gestar, parir, abortar, maternar. Acciones diferenciadas, resignificadas de forma diferente por cada sujeto.

Beatriz Janin, en su exposición en el Congreso durante el debate por la legalización del aborto, sostuvo que “es central entender que cada mujer es diferente. Suponer que todas las que abortan sufren un trauma es suponer que no somos personas diversas, con historias complejas, en las que los sucesos resuenan de forma diferente”. Incluso, si una mujer queda embarazada a pesar suyo y vive el embarazo como una condena, el aborto puede significar un alivio, remarcó.

Agilizar el instituto de la adopción es una medida urgente para mejorar la vida de cientos de niños, niñas y adolescentes. Pero no constituye una cuestión alternativa, sino más bien paralela, a la legalización del aborto. Al entrampar la discusión en esta falsa disyuntiva, los antiderechos confinan a la mujer al rol de un mero receptáculo reproductivo. Si las mujeres debemos gestar y parir, sin importar el deseo, la voluntad o el proyecto de vida, entonces las mujeres somos naturalmente esclavas. Medios para la vida de otro, que no es la propia. Ciudadanas de segunda.

Aquellos que esgrimen el mito del síndrome post-aborto como argumento para mantener el aborto en la clandestinidad, niegan el carácter diverso de la vida de las mujeres, su complejidad y pluralidad. Se trata de una imposición que pretende homogeneizar y normalizar las historias de vida de todas las personas con capacidad de gestar. Una imposición homogeneizante se contradice con la diversidad propia del proceso democrático. El mito del síndrome post-aborto es tan autoritario como antidemocrático. Y es esa diversidad negada, esa marea irrefrenable, lo que se torna traumático para los antiderechos. Es el devenir democrático mismo el suceso que, por su magnitud, les resulta difícil de procesar.

Las mujeres no somos organismos vivos destinados a la reproducción. Tampoco frascos vacíos en los que depositar un embrión a germinar, dispositivos gestantes o máquinas de parir. Somos seres humanos. La maternidad será deseada o no será.