Por: Fotos: Olivia Katoanga Finau

El derecho al aborto admite un terreno hegemónico dominado por ciertas formas jurídicas que ya no son las mismas a las que las feministas combatieron y rearticularon durante los años sesenta y setenta. Ahora, un conjunto de discursos tecno-científicos ganaron terreno a la hora de interceptar la libertad reproductiva. El tentativo pasaje de un régimen de penalización parcial del aborto hacia uno mixto que involucre plazos (catorce semanas) y causales (establecidas desde hace casi cien años por nuestro Código Penal) tiene lugar en un diagrama cognitivo que hace del cuerpo una individualidad y, al mismo tiempo, genera ficciones mediante las cuales una persona gestante puede perder ese estatuto para desdoblarse en dos entidades inconmensurables, la “embarazada” y el cigoto, o en las que un embrión crioconservado no adquiere el estatuto de persona hasta tocar la pared uterina. Versiones sustantivas de la vida, la muerte, la humanidad danzan espiraladamente en nuestra actual coyuntura. Mientras tanto, una fallida promoción moral y penal de la maternidad forzada somete a toda persona con capacidad gestante, cis y transgénero, a un estado de inseguridad jurídica.

El feto entra en escena

El “bebito” es el niño “por nacer”, la promesa de un futuro de nación y estabilidad. El bebito es una máscara ideológica que llama al público a garantizar su cuidado y protección. Su presunta desolación así lo exigen. El bebito se sostiene mediante una elipsis temporal que esconde un trabajo de humanización, un trabajo de cuidado, de afecto, de decisión de gestar. El bebito esconde el trabajo doméstico que la reorganización capitalista del trabajo extendió a través del hogar para todas las mujeres. Existe cierto acordeón semántico que ata al bebito con el feto llegando a una secuencia de ADN. La embriología y la genética han logrado una representación excelsa de la humanidad a través de la imagen del feto. Una imagen capaz de contener la verdad de la vida y el origen primero, un “estado de naturaleza” tremendamente frágil al que se nos incita a resguardar.

Desde su divulgación pública, a mediados de los sesenta a través de la revista Life, la imagen del feto intentó ser utilizada como un mecanismo de mostración de la vida-misma, la portación “evidente” de la singularidad humana. No es casual que su difusión esté caracterizada por imágenes fetales intervenidas en escala y nitidez con el objetivo de dotarlas de hiper-realismo. El montaje funciona desplazando a la persona gestante de la que esa vida depende para su desarrollo, auspiciando una suerte de “autonomía extrauterina”. Esta operación es la barajada en  “El grito silencioso” (1984), un film gore de Bernard Nathanson difundido durante años en espacios educativos. El impacto de la cultura visual tecnocientífica  impresiona. Incluso si una representación grotesca y monstruosa del feto como las realizadas en papel mache durante las “marchas por la vida” funciona en desparpajo es porque existe otra anterior, una versión tecnocientífica que se reproduce en la vulgaridad. Y si hay algo que revelan los muy viralizados “memes” sobre el feto es que funciona bajo tecnologías ventrílocuas que lo hacen hablar: se lo presenta ventrílocuamente como dotado de subjetividad humana.

Recortado del cuerpo que lo porta y del cual depende, la imagen del feto es la negación de la experiencia del embarazo; del poder inherente a decidir sobre el propio cuerpo. La escenificación del feto no es la escenificación de “la” vida, es la negación de la vida. De la vida de las mujeres heterosexuales, bisexuales, lesbianas y varones trans, es decir, de las personas gestantes.

La ciencia es una práctica cultural cargada de relaciones de poder

Leyendo a Bruno Latour desde Silvia Federici, a Barbara Duden desde Emma Chirix y a Paola Bergallo desde Donna Haraway podríamos afirmar que nuestro debate actual tiene lugar en una sedimentada transformación de la experiencia del embarazo, de sucesivo avance de control tecnológico sobre el cuerpo. Hace unos cincuenta años la cultura visual tecnocientífica produjo una nueva imagen para la “Historia del Hombre”: la visualización endoscópica del feto. Tal écfrasis fue acompañada del desarrollo de tecnologías ecográficas y de temprana detección de la gestación presentadas en términos de avances o progresos científicos. Con anterioridad al siglo XX la experiencia del embarazo era una posibilidad entre otras, portar un “fruto” o encontrarse “encinta” era producto de un saber corporal lejano a un desdoblamiento jurídico-biomédico del cuerpo. Un desdoblamiento en el que intervienen los test hormonales de orina, imágenes tridimensionales, detección del “sexo” o “anomalías congénitas” del feto y el bien jurídico de la vida desde la concepción. Tal transformación fue posible gracias a un proceso no acabado de purgación de saberes reproductivos -transmitidos in extenso por la tradición oral de las mujeres- en beneficio de la construcción de la ciencia como autoridad enunciativa y de una “salud nacional” en manos del Estado moderno. Bajo estos términos, la persistencia de comadronas en comunidades campesinas e indígenas debería considerarse como un importante signo de resistencia histórico-cultural.

Las luchas por la liberalización del aborto,  contiendas que desde una historia sexopolítica del cuerpo bien podríamos calificar como la toma del útero por asalto,  se expanden arborescentemente en la transmisión de saberes reproductivos en campesinas e indígenas pero también en la reapropiación farmacopolítica del misoprostol para abortar juntas, los grupos de partos autogestivos, el desarrollo de tecnologías comunicativas contra-capacitistas que garanticen la manifestación de la voluntad para decidir, el acceso a una atención sanitaria trans*-específica… Disputas que han de vérselas con la elaboración de una ética referida a los usos de las tecnologías para la detección del embarazo, la asignación sexual y las anomalías congénitas.

Los restauradores del orden hetero-patriarcal insisten en un “estado natural” que peligra ante el derecho al aborto. No es la primera vez que el discurso de la diferencia sexual, en tanto verdad construida como “hecho biológico”, fue utilizada en contra de las mujeres o para desactivar la agencia feminista y transgénero. El historiador Thomas Laqueur demostró lo propio en el contexto de los primeros alzamientos de las ciudadanas francesas e inglesas de los siglos XVIII y XIX. La construcción de un estado natural de dos sexos opuestos e inconmensurables (cuyos Padres generadores van de Caspar Bartholin a Jean Martin Charcot pasando por Carl Linneo) sirvió de fundamento epistemológico para las afirmaciones ilustradas de los roles de género, las cuales otorgaban inferioridad jurídica, biológica y moral a las mujeres. Esa construcción de una verdad anatómica del sexo enfatizó en los órganos denominados “reproductivos”. Aquí el útero pasó a ser la sinécdoque de la mujer moderna, una estabilización sexual actualmente conmocionada por la resistencia feminista y trans.

La subvalorización capitalista del trabajo de cuidado fue acompañada del control y resguardo de la “matriz generadora” de mano de obra, de una “población” para el Estado, del enaltecimiento de la figura de la madre (al día de hoy en museos, plazas y billetes se pueden encontrar representaciones de la República o la Patria que realzan el seno materno, la leche nutricia de la reproducción nacional). Este asunto exigió el encierro doméstico y la persecución disciplinaria a las prácticas sexuales no procreativas: prostitución, masturbación, homosexualidad pero también normalización corporal para intersex y discapacitados. Las marcas heterosexistas que llevan mi cuerpo sexual no-reproductivo son perpendiculares al control biopolítico de este órgano productor de la nación.

La experiencia contemporánea del embarazo posiciona a las gestantes a tomar una decisión: establecer un proyecto de gestación o no, portar un cigoto o evacuarlo. Interrumpir o ligar la experiencia del embarazo a una compulsión hetero-capacitista mediante la cual nos volvemos asequibles al mundo. Hetero en el sentido de una rejilla de intelegibilidad corporal que asigna teleológicamente a cada cuerpo un sexo-género-deseo. Capacitista porque el reconocimiento del viviente también se establece bajo patrones normativos de lo que se supone un cuerpo productivo para el capitalismo, bajo técnicas biomédicas, arquitectónicas y jurídicas de producción de la discapacidad.

No hay posibilidad de afectación hacia la imagen del feto sin estas lentes de aprehensión corporal. Esta historia, que ha penetrado nuestros cuerpos sin mayores preámbulos, es uno de los sedimentos científico-políticos al que nos enfrentamos cada vez que invocamos la autodeterminación corporal.