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Prestar atención a lo que vibra desde 1999 en Seattle, 2001 en Argentina, 2010 en Londres y Roma, 2011 en España y Egipto, prestar atención a lo que brama en los cuerpos de las mujeres en las calles cada 8M. Comprender lo que algunos llaman multitud, sublevación, llamamiento, y que aquí se llama grito. Comprender el rugido, Otro mundo es posible, para prolongarlo. No se trata ni de una comprensión exclusivamente teórica ni de un programa político ya existente, sino de comprender para prolongar y prolongar siempre es un rehacer. Prestar atención exige que se intensifique el contrabando entre política y teoría, pero también, que se deje espacio para las experiencias que se producen a una prudente distancia de la escritura.

En las áreas en las que nos ocupamos, la comprensión

sólo se produce en forma de relámpagos.

El texto es el largo trueno que los sigue.

Walter Benjamin. El truco preferido de Satán.

 

Creer en las palabras, en su poder para no dejarnos indemnes, quizá sea el acto iniciático de toda brujería. Creer en el poder para mezclarse con el cuerpo y las emociones propias y ajenas. Pero creer en las palabras también es saber de su límite y de los territorios que las colindan. Quizá sea cierto y el capitalismo nos haga creer tanto en sí mismo que es hora de volver la mirada sobre aquello en lo que creemos y sobre aquello que nos afecta.

 

  1. Escritura: La insistencia y el susurro

Hace no mucho tiempo atrás, alguien dijo que los grandes libros nunca están escritos para la comunidad intelectual consolidada (aunque lo parezcan) sino para quienes comienzan a pensar, quienes no defienden otra cosa que la posibilidad de pensar, quienes habitan la infancia y su deseo de explorar. Esta curiosa aseveración es de Leo Strauss y está acompañada de otra afirmación inquietante: los grandes libros están hechos de dos escrituras paralelas. Se trata de textos con formatos serios, notas al pie, bibliografías de referencia, argumentaciones detalladas, que cuando se aproximan al punto que sería crucial cambian de registro, dejan escapar frases encendidas, trazos poéticos, y luego se detienen, callan. Coexiste en ellos una dimensión sólida y fundamentada con un plano diferente, intenso, un plano que reclama un más allá de ese texto, un continuará en otros textos o en otros planos, una promesa.

Stengers y Pignarre lo señalan rápidamente, La brujería capitalista no es un libro que haya sido pensado para las discusiones académicas, quienes escriben no buscan convencer a quienes se dedican al mundo de los textos y su verdad. Se trata de un libro para quienes creen (ansían, sueñan) la transformación de este mundo: feministas, trabajadorxs precarixs, desempleadxs, pueblos originarios, activistas del medio ambiente…

Escrito por una filósofa de la ciencia y un editor, a las pocas páginas de comenzada la lectura se advierte un movimiento particular: las voces van y vienen, pasan por un lugar y regresan a él. Nada más lejano al registro de la presentación de resultados de una investigación, o a los papeles donde se encastran nociones de autorxs diversxs con diversas suertes. Tampoco es un libro que abuse del “nosotrxs” que, si bien está presente y emerge con claridad en ciertos pasajes, señala una y otra vez (quizá sea la operación fundamental del libro) la imposibilidad de lo homogéneo, el acecho de la razón fascista solapada en ciertas identidades y en muchos “nosotrxs” de dudosa procedencia. Las voces consideran un problema, establecen su conexión con otro y regresan a lo que parecía ya estar dicho para desestabilizarlo. En cada retorno se advierte un nuevo matiz, una pequeña torsión. Libro-mar, libro-hilado, libro-variación.

Lo sabemos: quienes hacen teoría no pueden prescindir del discurso, aunque se trate del discurso de la inmanencia radical. Esa experiencia del pensamiento se desliza en un plano particular, los conceptos, y los conceptos son proclives a lo rígido y lo abstracto (o a lo que en este libro es aún más grave: la impotencia). Es por eso que es necesario desplegar un relato que mantenga el mismo ritmo de aquello que narra, que se desplace cuando se dice un movimiento, que evite el juicio cuando se trata de la singularidad, que él mismo proteja lo que señala como vulnerable.

Una voz capaz de indicar que el presente es movimiento continuo, que lo afecta todo. Una voz que pueda narrar desfasajes permanentes e ínfimos, que pueda con el modo en que el capitalismo se trama en las fibras de los modos de vida, tan evidentes que se tornan invisibles. Se trata de una sensibilidad para los matices que van del blanco al negro (donde “blanco” y “negro” son convenciones), se trata de decir lo que desdibuja los límites entre esto y aquello (donde “límite” indica intensidad de intercambios: si hay frontera, hay contrabando).

Las permanentes, modestas y contundentes transformaciones que llamamos “vida” son precisamente lo que está en juego en este libro, porque este libro se interesa por lo que resiste y por lo que captura, por lo que puede modificar el curso de las fuerzas, lo que de ninguna manera puede saberse antes de que suceda. Sí, el acontecimiento y su misterio. Pero cuando lo evidente se torna invisible, el misterio del que se habla es misterio por transparencia y no por ocultación, como susurra desde hace tiempo Lezama Lima. Lo oculto del mundo se encuentra en la enorme proximidad, lo oculto está en lo que no podemos evitar porque, en gran medida, también es lo que somos. De tanto ser visible, manifiesto, lo visible deja de serlo, y requiere el despliegue de un arte para que lo evidente se manifieste. Ese arte sobre lo que cambia y lo que permanece, esa ars política por excelencia, en este libro se llama “prestar atención”.

Prestar atención a lo que vibra desde 1999 en Seattle, 2001 en Argentina, 2010 en Londres y Roma, 2011 en España y Egipto, prestar atención a lo que brama en los cuerpos de las mujeres en las calles cada 8M. Comprender lo que algunos llaman multitud, sublevación, llamamiento, y que aquí se llama grito. Comprender el rugido, Otro mundo es posible, para prolongarlo. No se trata ni de una comprensión exclusivamente teórica ni de un programa político ya existente, sino de comprender para prolongar y prolongar siempre es un rehacer. Prestar atención exige que se intensifique el contrabando entre política y teoría, pero también, que se deje espacio para las experiencias que se producen a una prudente distancia de la escritura.

Prestar atención a lo que vibra desde 1999 en Seattle, 2001 en Argentina, 2010 en Londres y Roma, 2011 en España y Egipto, prestar atención a lo que brama en los cuerpos de las mujeres en las calles cada 8M. Comprender lo que algunos llaman multitud, sublevación, llamamiento, y que aquí se llama grito. Comprender el rugido, Otro mundo es posible, para prolongarlo. No se trata ni de una comprensión exclusivamente teórica ni de un programa político ya existente, sino de comprender para prolongar y prolongar siempre es un rehacer. “Prestar atención” exige que se intensifique el contrabando entre política y teoría, pero también, que se deje espacio para las experiencias que se producen a una prudente distancia de la escritura.

  1. Esto que también estamos siendo

Abandonar nuestros clichés. No hay un gran Plan Secreto que sólo algunos conocen, aunque es innegable que los saberes se distribuyen de maneras asimétricas. No hay Grandes Conspiradores que todo lo saben y deciden, de hecho, es notable lo poco que saben quienes practican en las zonas más nefastas del capitalismo: los secuaces. En general, los secuaces ignoran los efectos a largo plazo de sus actos, tanto como la trama que los antecede y prolonga. No se lo preguntan, no pueden hacerlo: “no hay que complicarse”, “hay que ser pragmáticos”, “es así”. El aplastante y falaz sentido común capitalista.

Cuando se dice que el capitalismo, nuestro mundo semiótico, corporal y afectivo, es un modo de existencia, se está proponiendo una dinámica y en lugar de una esencia, una cierta organización de las energías colectivas, ciertos modos de propiciar sentidos y obturar otros, de incitar ciertos deseos y desvitalizar otros. Stengers y Pignarre llaman sistema de flujos reorganizadores móviles a esa dinámica y señalan, una y otra vez, áreas conflictivas, capturas y resistencias: la lucha por el cuerpo y el alma de las mujeres, los sistemas de jubilación, las patentes farmacéuticas, los organismos genéticamente modificados, los agrotóxicos, los seguros por enfermedad, la precarización en las condiciones del trabajo, las migraciones, el uso de drogas… Se trata de una trama práctica muy densa: una fábrica se deslocaliza de San Salvador de Jujuy y se relocaliza en el sur de China, ese movimiento produce una serie de efectos que van mucho más allá de lo local. Un gobernador acepta que se envenene un río porque la empresa contaminante lo amenaza con cerrar. Se reprime violentamente a los pueblos originarios que reclaman las tierras de las cuales se extraen materias primas en el Cono Sur, que el trabajo esclavo en otro lugar del mundo (o en el barrio de Flores) convertirá en prendas que se venderán a precios altísimos en las capitales del mundo. Se pide que se termine la producción de transgénicos altamente peligrosos cuyos impuestos sustentan a muchos sectores vulnerables. Los celulares donde se traman acciones de protesta son contaminantes y tienen un costo energético altísimo. Largo etcétera. La complejidad es tal que se hace difícil comprender su funcionamiento, tanto como articular las fuerzas sublevadas de la resistencia.

El capitalismo es lo que no deja de inventar los medios de someter a sus propias exigencias aquello a lo cual se enfrenta, y las consecuencias no le incumben: las externaliza (que las paguen otros), o las define como materias potenciales para nuevas operaciones (Stengers y Pignarre)

La dinámica organiza los flujos (semióticos, corporales, afectivos) para establecer las reglas del juego, externalizar las consecuencias de ese “juego” o convertirlas en una nueva zona de mercado. Este es el centro innegociable de los flujos reorganizadores móviles que capturan prácticas, objetos o ideas sublevadas y los someten a sus exigencias. La banda del under que en poco tiempo trabaja en para industria cultural no es una excepción ni una rareza, es la dinámica expansiva de la dinámica de flujos.

Pero cómo se logra que se acepten como naturales dinámicas que, como señala Bifo, “solo quieren extraer la energía de su corazón y de su espíritu”. ¿Cómo se logra que las poblaciones se inclinen a favor de tendencias que las perjudican directamente o, por lo menos, que impactan decisivamente sobre sus recursos políticos, económicos, ambientales, afectivos? Según Stengers y Pignarre, las alternativas infernales son las estrategias clave para la naturalización de la violencia y el sufrimiento capitalistas. Introyección del control, cinismo o anestesia. Se trata de las falsas dicotomías generadas pacientemente por los secuaces que estructuran toda la vida política (o que destruyen la vida política) encubriendo lo evidente: nada se elige en ellas, si se cae en la alternativa ya se han aceptado las reglas: ¿se bajan las jubilaciones o colapsa todo el sistema de salud? ¿se aumentan los servicios públicos o colapsa el sistema de transporte? ¿se permiten los agroquímicos o se genera una hambruna? ¿se privatiza equis o se destruye beta? ¿Like o dislike? Estas tenazas para el pensamiento y la acción, estas alternativas que parecen “naturales” y que se presentan sin historia bajo el signo de la urgencia y el desastre, han sido elaboradas microfísicamente por los secuaces:

“Las alternativas no se imponen inmediatamente a nivel global, sino que son el fruto de fabricaciones pacientes en muy pequeña escala, de experimentaciones precavidas, porque siempre se trata de capturar sin alertar demasiado, o induciendo alertas que no van directamente a su objetivo, y eso con tanta mayor eficacia cuanto que las innovaciones, la mayoría de las veces, no son gobernadas por un plan. Hacen su camino y se imponen, dando la impresión de ser naturales y de sentido común.” (Stengers y Pignarre, xxx)

Es aquí donde este libro muestra su don. Ante las alternativas sólo parecen viables dos repuestas que capturan la potencia: la denuncia o la resignada aceptación. En ambas habita la trampa: se acepta aquello que parece monumental e imparable, o bien se denuncia a todo el sistema. Fatal impotencia.

“Pero aquí también la denuncia —“es culpa del capitalismo”— es totalmente contraproductiva: puede dar la impresión de que habría una gran máquina capitalista constituida de una vez por todas, y que sobredeterminaría todo (…) Pero esto implica adjudicar a la vez demasiado y demasiado poco a lo que llamamos capitalismo. Demasiado, porque se le atribuye un modo de existencia masivo y casi omnipotente. Demasiado poco, porque se subestima la sofisticación del mecanismo del que se lo hace responsable” (Stengers y Pignarre, 2018)

Si el capitalismo sucumbiese ante la crítica hace tiempo que habría desaparecido, se dice en este libro más de una vez y de más de una manera. Las alternativas son la trampa que captura todo aquello que resiste, pero además, brindan la clave para comprender que, además de ser un sistema de flujos móviles el capitalismo es algo más: es un sistema brujo (sin brujos) que logra embrujarnos a través de las alternativas.

Perplejidad. Usar la palabra “brujería” es, quizá el gran acto brujo de este libro. Si el capitalismo decide los términos en los que puede ser impugnado, es necesaria una palabra, se dice, que implique una transformación en quien la pronuncia, una palabra de la que no se pueda salir indemne (o menos indemne que de todas las demás). Brujería. La brujería no es una metáfora, no se está diciendo que el capitalismo es como un sistema brujo, sino que es efectivamente uno de ellos. Brujo porque logra captar y cambiar el sentido de las fuerzas que se le oponen envenenándolas, porque logra definir la idea de mundo y eclipsar todo lo que se aparte de esa idea, brujo porque opera “como por arte de magia”, violentamente. Pero, sobre todo, brujo porque performático, porque no podría existir sin un conjunto de conjuros, gualichos y recetas.

Las estrategias infernales están en manos de quienes no se piensan a sí mismos como brujos sino como empresarixs, trabajadorxs, consumidorxs, personas realistas, adultas, serias. Pero también existen lxs brujxs, la legionaria tradición de afinidades que se piensan a sí mismas como parte de las fuerzas indómitas de este mundo, quienes establecen alianzas, conjuros de protección, contraembrujos para sanar lo que ha sido envenenado. No se trata de señalar que “lxs brujxs creen y nosotrxs comprendemos”, sino de algo más radical y menos iluminista. Se cree: en la razón, en las fuerzas indómitas, en la justicia del mercado, en el derecho, e inclusive, en la impotencia. Sostener “ellxs creen y nosotrxs comprendemos” es continuar con los efectos devastadores de la ilustración occidental y expandir las violencias de su luz.

  1. Vulnerabilidad y protección.

Las brujas que Stengers y Pignarre invocan, creen en la potencia de sus rituales para recrear a la diosa y contrarrestar los venenos del capitalismo. La diosa no es una fuerza externa a aquello que la llama. Si se les objeta que se trata de una ficción dirán que se está subestimando la fuerza de las ficciones: la ficción no tiene el estatuto de la mentira sino el de la creación. Pero no se trata de pensar al capitalismo y sus secuaces como lo rígido, binario, omnipotente y maligno, mientras “la otra brujería” se define por lo flexible, poroso, múltiple y benigno. Esa ingenuidad ya no es posible. Las otras brujerías no son una puerta de salida hacia un mundo idílico.

“Mientras que un sistema brujo puede funcionar sin brujos que se reconozcan como tales, quienes hicieron la elección de nombrarse brujas y activistas formularon la hipótesis de que resistirle, aprender a luchar contra él imponía recuperar y reinventar viejos recursos cuya destrucción tal vez contribuyó a nuestra vulnerabilidad. Y cuya descalificación, que ratificaba su destrucción en nombre del progreso, produjo nuestra vulnerabilidad” (Stengers y Pignarre, 2018:xxx).

Si el capitalismo es un sistema de flujos reorganizadores móviles que captura cuerpos, mentes y afectividades a través de las estrategias infernales, las brujas son quienes se niegan, prácticamente, a someterse al mundo del que esas alternativas forman parte. Escapan a la disyuntiva de aceptación o denuncia en la medida en que intervienen en las tramas prácticas proponiendo un ejercicio radical, una distancia, un cuestionamiento. La agenda capitalista se trastoca fundamentalmente en manos de las brujas. La “urgencia” y la “inevitabilidad” desaparecen al mismo tiempo en que desaparece la opción binaria.

Las brujas saben que afirmar es exponerse, que el lenguaje tiene un poder ancestral (mucho más intenso de lo que las teorías de la performance logran captar), que es tan importante afirmar como desarrollar los conjuros para evitar que se dañe lo que (a partir de una afirmación) nos ha hecho vulnerables al veneno. Se traza un círculo, se delimita una intimidad, se establecen los conjuros para protegerse de aquello que se activará tras la ceremonia. La diosa no dice qué hacer, sino que invocándola se produce un sentido en una situación específica. Oportunismo.

Una muy bella palabra, “oportunismo”, puesto que designa el sentido, que es una fuerza, de lo que es oportuno, de lo que conviene a una situación, el sentido de esa situación “concreta”, acompañada del halo de lo que puede volverse posible. Una palabra destruida por aquellos que quieren que sea una teoría lo que guíe la acción y garantice las elecciones sin tener que producir la fuerza de pensarlas (Stengers y Pignarre, 2018)

Hace casi cuarenta años, Deleuze y Guattari decían que los tres problemas-principio de la brujería son la multiplicidad, lo anomal y la transformación. Multiplicidad de la manada, en el sentido de la heterogeneidad que se articula por afectos: una banda, una banda, un poblamiento. Lxs brujxs persiguen propagaciones que no son las de la jerarquía ni de la herencia, articulaciones entre los reinos de animales, vegetales, minerales. Luego, el Anomal, el Outsider: donde haya una multiplicidad, hay un individuo excepcional con quien se puede realizar una alianza. Diosa, dios, demonio o fuerza, el anomal habita las lindes, al borde de un pueblo o entre dos pueblos. Finalmente, la transformación, porque la brujería busca la muta de una multiplicidad en otra, donde cada línea de fuga puede ser un principio de transformación o de destrucción.

Stengers y Pignarre podrían acordar con que estos son tres problemas-principios de la brujería, pero después de esta afirmación señalarían que la brujería no es sólo la práctica del devenir minoritario, de quienes siguen las líneas de fuga “correctas” y logran afirmar la potencia. La brujería también es capitalista, en la medida en que el sistema de flujos móviles es múltiple, tiene sus anomales y procura ciertas transformaciones constantes. No obstante, hay un modo de distinguir ambos sistemas, en la medida en que es posible distinguir qué prácticas intensifican la vida y qué prácticas la debilitan, succionándola, tasándola, haciéndola dato, induciéndola a circular en los recorridos de las estrategias infernales. No hay equivalencia entre el debilitamiento de la vida y aquello que procura proteger su vulnerabilidad.

 

  1. Curanderas y gualichos.

Chamanxs, brujxs, alquimistas, yoguis… Una extensa lista de linajes difusos y diversos que comparten una percepción. Excede a estas palabras realizar una revisión histórica o antropológica sobre la presencia de estos linajes sin linaje a lo largo del tiempo, pero quizá sí sea posible señalar la insistencia de esas presencias, especialmente en las sombras de La Razón, o bien en nuestros tiempos, cuando la razón simula haberse pulverizado en tramas de sentido común tecnificado. Like o dislike. Imposible no pensar en el trabajo de Federici sobre la apropiación del cuerpo y los saberes de las mujeres en la transición del feudalismo al capitalismo, la desquiciada inquisición sobre las brujas narrada por Benjamin, o la proliferación de los monstruos maravillosos de la edad media junto a Jacques Le Goff. Imposible no pensar en muchos otros títulos pero también en conciliábulos y aquelarres.

Quizá en estas palabras sí pueda plantearse una intuición acerca de la opción incómoda (política, filosófica, literariamente) que toman Stengers y Pignarre al decir que el capitalismo es un sistema brujo, pero también que los saberes brujos logran obstaculizar las dinámicas de captura y debilitamiento de la vida. ¿Por qué tomar estos riesgos? ¿Por qué no preferir cierta amable enumeración de sublevaciones? ¿Por qué apostar de esa manera por la herejía y situarla tan cerca de lo que se conjura?

Quizá sea porque los confusos linajes de las señoras y señores del fuego comparten la idea según la cual el mundo, la naturaleza, es una sustancia indómita e indeterminable, vida radiante. La magia es, precisamente, el conjunto de técnicas, materiales y espirituales, a través de las cuales alguien se pone en contacto con un flujo (animal, vegetal, mineral), interviniendo simultáneamente en ese flujo y en sí mismo, en sí misma. No hay manera de distinguir, en una operación bruja, lo que manipula de lo que es manipulado. La magia es sobrenatural en la medida en que la naturaleza es un continuo indeterminado, azaroso y en permanente mutación, nada más sobrenatural que la naturaleza. Desnaturalizar, entonces, es hacer emerger la potencia, el indeterminado, los posibles. Desnaturalizar es devolverle el encantamiento al mundo.

Pero además, las experiencias brujas comparten lo que le sobra y lo que le falta a la experiencia intelectual cada vez que rechaza la idea de misterio. Mientras el enigma supone un juego de lenguaje para acceder a la verdad (los griegos, sí, pero también el Iluminismo y los juegos técnicos de las sociedades de la información), el misterio supone una experiencia que la razón instrumental niega y que el neoliberalismo teme: la contingencia, la excentración de “lo humano” y su razón omnes et singulatim. Aceptar el misterio como lo hacen las brujas no remite al oscurantismo ni al caos, sino a la aceptación de la indeterminación, de la creación y del acontecimiento como parte (no excepcional) de la vida. Ver quién y qué en el infierno no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio…

Para curar el empacho la curandera establece un diálogo con un órgano y con las fuerzas que invocará, repeliendo algunas y apelando a otras. La curandera misma es sólo un nodo en esa constelación, una fuerza que intenta modificar el curso de las otras fuerzas con las que está en contacto. Las curanderas saben que hay fuerzas que las exceden a ellas mismas tanto como a quien sufre. Fuerzas que se respetan y con las que se interviene. Ellas se piensan como medios, saben de la precariedad de los equilibrios, piden permisos, elaboran coartadas, pagan tributos. Fuerzas humanas y no humanas: animales, órganos, deidades, momentos del día y del año, espíritus, dinero y alimentos. Así se compone la situación en la que se encuentran, como una fuerza más, sabiendo que tocar algunas relaciones modificará otras, que las fuerzas pueden volver a componerse de maneras inesperadas, que no basta con la voluntad, con la acción ni con ninguno de los atributos de “lo humano”. Las curanderas saben lo que no saben y conocen el peligro al que se exponen.

La mirada bruja pone en el centro lo que el sentido común desapercibe: para sobrevivir al capitalismo (oponerse a él en él) es imprescindible prestar atención a nuestra vulnerabilidad. Es frecuente que quienes escriben no se protejan de los efectos de sus propias afirmaciones y queden indefensos ante los venenos que atrapan a sus prácticas, de manera tal que terminan fortaleciendo las dinámicas capitalistas que sus escritos critican. Desarrollar modos prácticos de protegernos, hacer del cuidado una zona privilegiada de la atención, es quizá la más importante de las tareas.

De la misma manera en que una receta de cocina es buena sólo en la medida en que siguiéndola se obtenga el sabor y la consistencia buscados, las pócimas brujas verifican su verdad en la práctica. Ajustes sucesivos, transformaciones según lo disponible, gradientes y clinámenes. Las teorías, se sabe, funcionan en un plano donde las transformaciones no obedecen a la necesidad de adecuación con aquello a lo que se refieren sino al campo intelectual al que pertenecen, al juego de verdad en los dispositivos de saber. La pócima bruja no responde al qué de la situación (su estatuto ontológico), sino al cómo de sus efectuaciones (su pragmática). Si la brujería capitalista embruja al punto en que nos nos inmuta que un bosque nativo se convierta en el basurero de una multinacional, si logra que nuestra percepción se intoxique hasta la saturación sensible, si aliena las emociones al punto de la indolencia y el cinismo, los contraembrujos se tornan imprescindibles para quienes creen en el mundo.

En mapungdún, gualicho significa “alrededor de la gente” o “en la gente” pero la misma palabra se refiere también al espíritu que mora en lugares solictarios escabrosos, así como a su embrujo y a la acción de embrujar. Personalidad espiritual, acto brujo, verbo, pero también pócimas y filtros de amor. Embrujo y contraembrujo. Torsión sobre las fuerzas.  El contraembrujo no es de un orden superior al embrujo, tampoco es la razón que vence la tiniebla primitiva, sino una fuerza que se interpone al trayecto de otra y logra desviarla.

Como espíritu, Gualicho puede desatar violencias a su alrededor, disputas y rupturas, así como puede esconderse tras accidentes sencillos, pero, dice la brujería mapuche, el gualicho de amor, la composición amorosa entre dos fuerzas, es su manifestación más potente. Gualicho, el Anomal, es respetado y honrado en sus tierras, porque no sólo se sufren sus violencias sino que también se solicita tu protección, su interferencia, su contraembrujo.

Coda

Cada manada tiene sus brujxs. La brujería es un conjunto de prácticas y saberes que pueden configurar una experiencia espiritual tanto como una experiencia corporal, estética, política. De la misma manera en que el capitalismo, como modo de vida, no se refiere a un tipo especial de objetos o de lenguajes sino que se define por el modo de capturarlos, hacerlos circular y debilitarlos (sin que se perciba su veneno), las “otras brujerías” se detectan a partir de prácticas que afirman, protegen e intensifican la vida en territorios diversos, de maneras más o menos sutiles. Modus moriendi una y modus vivendi las otras. Permanente peligro de captura.

No somos las brujas neopaganas de las que se habla en este libro, no podemos ni queremos serlo. Fabricar una brujería no es tan simple como ubicarse en una tradición y repetir mecánicamente sus rituales. Pero, no obstante, un modus vivendi brujo puede surgir cada vez que un saber no se concibe para dominar al mundo sino para componer con él, cada vez que se hacen visibles los procedimientos de captura y se protege aquello que ha logrado formular el contraembrujo. Si desnaturalizar es hacer emerger la potencia y devolverle el encantamiento al mundo, para seguir una línea de brujería no se necesita más que decidir qué fuerzas se han de invocar, qué es aquello que se desea transformar y que nos transforme.