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Yo conocí el primero de sus libros gracias al hijo menor de una vecina al que di clases un verano. Era febrero y en San Juan hacía un calor de órdago, el hijo de mi vecina era un adolescente vaguísimo y nuestra perspectiva de éxito no era buena con un libro por delante que —Bodoc no era famosa todavía, y estaba en el programa por empeño de una profe audaz— yo no tenía ni de nombre. Y el hijo menor de mi vecina menos. Pero los dos nos adentramos en las Tierras Fértiles del aguerrido pueblo de los Husihuilkes para ir tras la pista de Dulkancellin y terminamos siendo muy felices, pese al examen —que el hijo menor de mi vecina aprobó— y al verano. Con los años, La saga de los confines no solo creció en volumen sino que logró instalarse y romper fronteras, para conquistar un merecido éxito y el corazón de miles de lectores jóvenes que hicieron de ese mundo antiguo su refugio.

Y hasta Bodoc nadie lo había hecho. Me refiero a que con textos poéticos, con palabras que rezuman la potencia de lo perdurable en tramas tan conmovedoras como divertidas, Bodoc logró crear un mundo con reminiscencias de nuestra mitología americana y recreó las luchas de estos pueblos, las hizo resurgir como memoria nueva, bajo la forma de una ficción comprometida y heroica.

Según contó hace poco, siendo más joven había escrito algunas veces por su propia sanación, pero recién a los cuarenta años decidió escribir para la nuestra. Y desde entonces no paró, y aunque no tuvo tanto tiempo escribió mucho. Abriendo mundos y comunidades de lectores entre las generaciones nuevas.