Por: Fotos: Sebastián Ortega

¿Feminista? Sin dudarlo. Es más fácil de lo que parece, dado que es apoyar o adherir a una alteridad desde fuera de ella. Solidaridad común y menor. Punto de partida indiscutible de toda decencia. En modo alguno es algo que se pueda dar por sentado, y por eso mismo parece que fuera más de lo que es, sin que por ello se vaya a menospreciar la solidaridad. Sin ella no hay camino posible, y siempre se la habrá de agradecer; solo que no es suficiente, ni en magnitud ni en calidad. La solidaridad siempre llega tarde, y además alberga su contrario como disimulo, hipocresía, doble agencia. Cuando la marea revolucionaria prolifera y anega los espacios habitualmente exentos se reproducen las falsas adhesiones, que sirven tanto como protección de lo que es puesto en cuestión, como para encubrir la reactividad, el trabajo de zapa de aquello cuestionado por el movimiento para recuperar las posiciones impugnadas. Cuando los movimientos deseantes alcanzan magnitudes inconmensurables hacen trepidar al poder, muestran su fragilidad, su caducidad, su felonía. Entonces el poder se oculta de muchas maneras, y también simula adherir a su antagonista sublevada. Por eso es tan importante, de alcance histórico, la jornada del último 19 de octubre, fecha inolvidable. Ese día la marea alcanzó una intensidad nueva y mayúscula. Las cuerpas festejaron sus ímpetus deseantes. Desbordaron, alegraron el aire, enfiestaron la mente colectiva. No dejaron esa vez que se les escamoteara o disimulara su propósito. Esa fue la gran cualidad del paro, como también de las estéticas deseantes, enloquecidas, bellas que nos llenaron de gozo. No hay límite para ese flujo, para esa marea. El deseo de un paro mundial: no puede ser de otra manera. ¡Viva el paro mundial!

Entonces ¿qué más? ¿Qué pensar, qué hacer? Desde el otro lado, claro. Porque si ya no recuerdo desde cuándo me digo feminista, ahora, ante estas multitudes fantásticas hay una nueva escena. Hace tiempo que tanto individualmente como en forma colectiva se profundiza la interpelación de género sobre la masculinidad, ya no como un problema o una cuestión que concierna a los interesados, sino como parte del devenir crítico de una clave civilizatoria decisiva, que es la del género. Porque el género no es un asunto solo de igualdad y justicia, sino que lo es radicalmente porque alcanza las bases mismas de nuestras condiciones existenciales de milenios. El género como interpelación y lucha nos retrotrae al big bang de la humanidad. En ello reside su potencia, y de ahí la incomprensión, resistencia, reactividad, indiferencia, conservadorismo, adaptacionismo neutralizador en alguna forma de corrección política… hasta el crimen, el asesinato, el incendio, la disposición en bolsas de basura. Todo esos actos están recorridos por una misma línea, que concierne a lo que sucede en el otro lado del feminismo, donde impera el código masculino, donde los eventuales avances perceptibles en la actualidad en un sentido emancipatorio son tímidas respuestas a las demandas feministas, donde no se ha abierto ni por asomo el camino de cuestionamiento que sobrevendrá, sobreviene, si el feminismo sigue su derrotero, su deseo, nuestro deseo.

Ese otro paso se manifiesta como disidencia de la masculinidad. No abre juicio ni implica lo transgenérico como tal, ni otras derivas del deseo o la identidad. Todo ello sucede como parte de la escena mientras la inmensa mayoría del género masculino permanece subordinada al código que determina la inferioridad de la posición femenina. El código masculino no es una esencia, ni una información genética, ni una fatalidad. El código masculino es el dispositivo de reproducción de las condiciones existentes de la dominación de género. Su fundamento molecular es la guerra y la violencia. Una existencia emancipada del género supone la transformación radical del código masculino, de la estructuración conductual de la guerra y de la violencia, ya sean simbólicas o efectivas, presetes o históricas. No sabemos cómo sería ese mundo. Ya se nos ha mostrado un mundo posible de igualdad de género donde ellas y ellos participan en forma igualitaria del código masculino. De hecho es parte del mundo contemporáneo. Un mundo donde generalas, juezas y empresarias a la par de los masculinos operan bajo las determinaciones de la virtud. En ello radica parte de la lucha, que tiene muchas caras porque debe enfrentar a la desigualdad, el crimen y la opresión actuales, y a la vez conducir hacia utopías.

El 19 de octubre circulaba la pregunta por lo que nos tocaba a los varones. Pues ese día, no mucho más que la módica solidaridad. Y en cambio, un impulso renovado hacia el cuestionamiento radical, a la disidencia como varones contra el código, contra la virtud (debemos recordar siempre que virtud, violencia, violación tienen todas el mismo origen etimológico masculino).

El feminismo deviene hetermorfismo del género, no solo como devenires de cuerpos y cuerpas o cuerpes, no solo como igualdad, sino como impugnación de las bases de la moral, la gramática, la política, el arte, el polemos. Ante el feminismo: acompañar, sumar, reír y pensar desde la condición de varón disidente.