Nací en Colombia hace 25 años. Vivo en Argentina hace 5. Feminista, mujer y migrante. Las dos primeras son condiciones autopercibidas, la última es una imposición identitaria, legal y política que me constituye en la tierra que ahora habito. Digo impuesta, porque si me lo preguntan me siento tan colombiana como argentina, sin embargo, mi pasaporte dice otro lugar de nacimiento: no importa lo que yo sienta, ni lo que a mí me parezca: nunca voy a ser de aquí. Ahora menos.

En enero de este año, Mauricio Macri, actual presidente de Argentina, cambió por Decreto la Ley de Migraciones que había sido sancionada por el Congreso Argentino en el año 2004. Los cambios adhieren a una política neoliberal y de derecha que viene en aumento: cerrar y endurecer las fronteras, hacer durísimas campañas para culpar a las y los migrantes de las tasas de delincuencia y agilizar los procesos de expulsión del país, violando estatutos de derechos humanos y vulnerando el derecho al debido proceso y a la presunción de inocencia: ahora, ante la imputación de un delito menor, como contravenciones o investigaciones en curso, [rad-hl]las personas migrantes podemos ser deportadas[/rad-hl]. De un plumazo. Vulnerando también el derecho de reunificación familiar, para las personas cuya familia también vive en su país de residencia.

En la Argentina, cada 100 mujeres migrantes hay 84 hombres migrantes, por lo que los cambios en las leyes y políticas migratorias tienen especial impacto en el caso de las mujeres que residen en el país. Ahora las migrantes en Argentina somos de ningún lado.

El objetivo del decreto macrista responde en gran parte a la urgencia que tiene el gobierno por perseguir y endurecer su “guerra contra el narcotráfico”. Esto fue reconocido por la Ministra de Seguridad de la Nación Patricia Bullrich al ser consultada por la modificación. Lo que sucede es que en la cadena del narcotráfico, como en todas las demás cadenas productivas, legales o ilegales, quienes más vulnerabilizadas estamos somos las mujeres. Según un estudio presentado por el CELS en el año 2012, 7 de cada 10 mujeres estaban privadas de su libertad en el sistema federal debido a delitos relacionados con el tráfico de drogas, casi exclusivamente por realizar las tareas de menudeo y microtráfico: el eslabón más bajo y débil de la cadena delictiva. A lo anterior hay que sumarle que según ese mismo estudio, el 48% de la población carcelaria femenina era extranjera.

Lo que significa que quienes estamos más expuestas ante el sistema carcelario por delitos menores vinculados al narcotráfico somos mujeres y migrantes.

Así mismo el 80% de las detenidas por narcotráfico cumplía su primera condena y no tenía antecedentes penales previos. En muchos de los testimonios de las presas extranjeras se evidencia una enorme vulnerabilidad estructural y una suma de desigualdades, que facilita su ingreso en las cadenas delictivas, aún bajo amenazas y aprietes.

La vulnerabilidad de las mujeres migrantes también se debe a un hecho práctico: estamos lejos de nuestras redes de contención más básicas. Muchas veces, quienes migramos no estamos acompañadas de nuestra familia o amistades incondicionales, no tenemos conocimiento las legislaciones de los países a los que vamos, ni los lenguajes o las dinámicas en las relaciones institucionales.

Una de las labores del feminismo es la creación de redes que nos hacen menos vulnerables. Por eso es fundamental que se hable del rol del mismo hacia las mujeres migrantes. También es nuestra labor cuestionar el orden , los orígenes y los sentidos políticos de las fronteras y las identidades nacionalistas que nos discriminan y nos separan.

En este contexto represivo, que busca a toda costa criminalizar la protesta y la movilización y sacarnos de las calles, quienes adherimos a organizaciones o creemos en el uso y la apropiación del espacio público estamos en riesgo de persecución y abusos policiales, si no nacimos en nuestro país de residencia, más. El inicio de la semana del 8 de Marzo nos sorprendió con la detención de 6 amigas y compañeras periodistas y activistas por una pintada promocionando el paro. Cuando pensamos que eso era lo peor, el día de la marcha veinte compañeras fueron víctimas de una razzia policial a 2 horas de terminada la movilización y estuvieron más de doce horas detenidas de manera ilegal e ilegítima.

Apenas lo supimos nos articulamos y repetimos un ritual que se nos está empezando a hacer familiar: llamar a las abogadas, llamar a las periodistas, convocarnos en el lugar y acompañar. Porque cuando se está vulnerable y asustada, lo mejor es confirmar que no se está sola. Una de nuestras fortalezas radica en que nunca estamos solas.

Al indagar por los nombres de las compañeras y sacar los datos entre los testimonios angustiados de sus amigas, estaba ahí de vuelta, el fantasma de la nacionalidad. Dos de ellas eran, además de militantes y feministas, inmigrantes. Aquello no tenía porqué aumentar los factores de riesgo de sufrir violencia policial, o ser víctima de detenciones arbitrarias, hasta esta semana.

Sabernos más expuestas nos asusta y esa es la idea: aleccionarnos y prevenirnos de hacer uso de nuestra voz y del espacio que también nos corresponde. Debemos tomar conciencia del contexto y estar más atentas, más unidas y precavidas, leer las leyes y estar informadas, pero no podemos elegir el silencio o la reclusión en nuestras casas. [rad-hl]Seremos inmigrantes, feministas y militantes, pero la calle es de todas[/rad-hl].

Es nuestra tarea, como mujeres organizadas, acercar la mayor cantidad de herramientas y contención a quienes están más vulnerabilizadas por el sistema. No estamos solas, nos tenemos, más ahora que estamos ante un mundo cada vez más hostil y violento con las mujeres, con las fronteras y con las diferencias. Pero estamos, también, cada vez más organizadas, más unidas y más conscientes.

No vamos a dejar de ocupar las calles, ni vamos a dejar de transitar los países. Por el contrario: cuando las mujeres migramos, el feminismo es nuestro hogar y estamos acá, organizadas, para cambiarlo todo.