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La literatura es un dispositivo político donde se modulan múltiples distribuciones de lo que afecta a nuestros mundos sensibles, un espacio privilegiado en el cual se ensayan formas posibles (probables o improbables) de la vida en común y en donde, como consecuencia, se estrenan constantemente nuevas relaciones entre los cuerpos. Sin embargo, la entrada en ese campo de fuerzas que es la literatura me colocó frente a una incomodidad apremiante: la certeza de que, como señala María Moreno, algo que había estado siempre se mantenía como desaparecido de la cultura. Me refiero, claro, a las afectividades lesbianas.

Pero desde el comienzo fui consciente de un problema mayor. De una pregunta muy compleja y, por eso, extremadamente apasionante: ¿qué significa el término lesbiana/o?: ¿Cuál es la diferencia entre usarlo como sustantivo o como inflexión? ¿Cuál es la relación (si la hay) entre lesbiana y mujer? ¿Es posible encontrar lo lesbiano allí donde no habría una erótica o una sexualidad explícita? ¿Y qué es lo que una lee, en tanto sujeto socializado, como erótica o sexualidad? Entonces: por un lado, un material literario rico en singularizaciones; un espacio que se construye en la multiplicidad de diferencias, en la heterogeneidad discursiva y temática. Por otro, la certidumbre de que, irremediablemente, representar implica siempre presentar una imagen, limitar el dinamismo que cualquier término pueda tener. Y en este mismo sentido, nombrar supone reconocer (para aceptar, cuestionar o rechazar) las narrativas sociales que procuran domesticar las incoherencias tanto afectivas como conceptuales.

Después de mucho devaneo tomé varias decisiones: por un lado, no trabajaría sobre identidades lesbianas, no buscaría definir el concepto de sexualidad en tanto objeto predeterminado que necesita ser explicado, ni celebraría lo marginal en tanto valor. Por otro, al darme cuenta de que la sexualidad y los términos que supone no eran necesariamente lo que yo suponía que eran, y de que no estaban narrados, imperiosamente, donde y como la imaginación hegemónica señalaba, procuré trazar un giro crítico que virase hacia un campo epistemológico. Así, utilizar lesbiana como catacresis (un término de por sí siempre impropio) implicó centrar la pregunta no tanto en el sentido del término sino en los modos en que los sentidos son producidos o significados en (con)textos particulares.

La serie que finalmente conformaron los textos que trabajo no es homogénea: las imaginaciones literarias que presenta son variadas y sus temporalidades, discontinuas; sin embargo, dan cuerpo a una figuración de mundo posible, a un mapa de entradas múltiples. Tiempos, cuerpos, espacios: todo tiene un carácter filosófico, moral y político; también una variación literaria. Así, el material literario se revela, por un lado, como un espacio privilegiado en el que se negocian sentidos históricos y donde se debaten fantasías y normativas; por otro, se configura como un espacio anómalo de la cultura en el que se hacen visibles esas ficciones, las ficciones lesbianas que, sin lugar a dudas, horadan, de modos creativos, las formas hegemónicas de lo social.

A lo largo del último siglo los cuerpos lesbianos que propone la literatura van a asociarse con el cuerpo animal o monstruoso de diversos modos. Esa falla que implica la afectividad disidente se registra a nivel de los cuerpos: interrumpe un orden normativo y propone otras formas posibles, otras familias. Así, ese defecto no solo pone en cuestión los términos en que se construye lo humano –o, mejor dicho, pone en evidencia cómo lo humano se sostiene sobre la heteronormatividad–, sino que desarma las narrativas (la matriz) sobre las que se sostiene lo común. En este sentido, si bien la idea de comunidad es fundamental para la historia de los afectos lesbianos, las ficciones de nuestra literatura ofrecen indagaciones que rasgan los presupuestos sobre los que se sostiene el bien común: orígenes, tradiciones, temporalidades y sociedades productivas y reproductivas son desfiguradas. Como consecuencia, estas ficciones tampoco tienen interés en construir ese espacio de todos que es la Nación. Ellas, las sin parte, las no contabilizadas, se hacen visibles y legibles en sus propios términos. Y eso es lo que las hace políticas.

Hasta mediados del siglo XX la literatura argentina había tendido a operar produciendo un sujeto, aquel con una sexualidad disidente, imposibilitado de hablarse a sí mismo. Con posterioridad a la década del cincuenta comienza a cobrar fuerzas lo que voy a llamar voz lesbiana: la aparición de una primera persona que tiene el potencial de desestabilizar los grandes relatos porque habilita la posibilidad de pensar el poder no solo en relación con la hetero-normatividad sino en términos de control acústico: quién puede hablar, qué se puede decir, qué se puede escuchar. Pero, además, descubrir una voz implica, generalmente, descubrir una tradición. En este sentido, pensar los modos de aparición de las voces lesbianas, sus modulaciones, permite trazar una línea de análisis hacia el futuro, hacia los textos por venir. Y, principalmente, obliga a repensar la fuerza de los afectos en la construcción de la(s) historia(s) y los modos en que las relaciones de deseo, fantasía y/o pasión pueden desnormativizar las temporalidades.

Con el correr de los años, la voz asumió un cuerpo. Los cuerpos lesbianos se fueron expandiendo, eróticamente, hasta conquistar al cuerpo del texto, hasta desarticular ficciones amorosas y edípicas, hasta transfigurar el texto en cuerpo, en lengua y finalmente, en cunni-lingua. Así, sobre el siglo XXI las ficciones lesbianas ya tienen voz, también cuerpo. Lo que les resta ahora es dejarse guiar por los afectos: apropiarse del espacio, dibujar paisajes y caminos.

En la narrativa joven argentina las sexualidades no heterosexuales ya no requerirán explicación ni salida del closet. “Saber o no saber” ya no es la crisis que atraviesa a nuestra cultura y a nuestra literatura. La ficción (la fabulación, el fingimiento y la imaginación) va a ser lo presupuesto desde siempre. No hay verdad que develar, no hay certeza que modele los cuerpos, ni los géneros, ni los territorios (sexuales o literarios). Si antes la fusión con lo animal era una anomalía, ahora parecería ser una condición. Lo humano, la imaginación humanista y todos los valores asociados, es lo que está en apuros.

Como decía, el cuerpo es el lugar desde el cual parten las narrativas de este siglo. Quizás porque se constituye en la única certeza, en lo único propio. Y si del cuerpo se parte, el sexo no está lejos. Los textos con protagonistas masculinos fueron claros al respecto desde sus títulos: por citar algunos: Todos putos, El mendigo chupapijas, Pija, birra y faso, Mar de pijas. Pero eso no es novedad: el pene siempre tuvo privilegios. La concha, esa sí que es más difícil de encontrar. Así, mientras que en la literatura con varones homosexuales parecería haber cierto refuerzo de la identidad y de la pija, lo lesbiano –la torta, como diría Gabriela Bejerman– parece difuminarse hacia la bisexualidad, hacia prácticas más variadas e inclasificables, hacia categorías más inestables. No creo que esto implique, necesariamente, que lo lesbiano se despolitice. Creo que el efecto es más profundo aún porque lo que se ve cuestionado son los esquemas de representación hegemónicos, aquellos deudores de modos del pensamiento identitario y binómico –preso de mitos fundacionales tan disímiles como el complejo de Edipo, la familia o la Nación–. Lo lesbiano ya no va a ser un territorio a afirmar, a descubrir, ni siquiera a dibujar. Las posibilidades están dadas todas de antemano y el reto consistirá en conciliar las discontinuidades con la construcción de alguna forma. Pero además, la niña tan habitual en la escritura de mujeres ya perdió su inocencia: se ríe en un mundo devastado, lanza carcajadas ante su falta de identidad y no se detiene a pensar en límites. Pero ante todo se ampara en su fantasía (verbal y erótica) porque sabe que solo sus ficciones pueden construir refugio e incluso convertir la intemperie –esa que siempre acechó a la escritura femenina– en cobijo.

 

*Laura Arnés es doctora en Letras. Investigadora del Instituto interdisciplinario de estudios de género (UBA) y del CONICET y profesora de la carrera de letras (UBA) y de la maestría de género (UNTREF). Co-editora del Proyecto NUM.