Desde el móvil en directo la periodista anuncia que va a entrevistar a una mujer víctima de violencia de género: “Van a encontrarse con una cabecita tapada. Aquí abajo hay una mujer que tiene veinte… ¿Cuánto me dijiste que tenías? Porque ella no quiere que se la vea porque tiene miedo pero nos va a contar su historia. No nos va a decir su nombre tampoco. Ella dijo: ‘No quiero que me vean’ y la única manera que tenemos de no mostrarla –quedate tranquila que tu cara no se ve– fue tapada con una camisetita”. A poco de comenzar a hablar la mujer se echa a llorar, mientras el zoom-in de la cámara termina en un plano corto del bulto cubierto por una tela blanca: la cabecita tapada con una camisetita. La periodista retoma la palabra y dice: “Está llorando, ¿hay alguien que nos pueda contar por ella? Ella está en una silla de ruedas pero va a volver a caminar, tiene lesiones en distintas partes de su cuerpo, una en una rodilla. Quiso estar acá…”.

El 3 de junio de 2015, los cinco noticieros de TV abierta de la CABA dedicaron una parte considerable de la emisión del prime time a transmitir en vivo la movilización convocada por el colectivo NiUnaMenos. De manera inédita, las habituales conductoras en piso oficiaron de movileras desde la Plaza de los Dos Congresos. En las semanas y meses que siguieron, se asistió a la progresiva “excepcionalización” del momento, caracterizado mediáticamente como un punto de quiebre tanto para el movimiento de mujeres como para el género noticioso: las primeras habían tomado masivamente las plazas públicas para denunciar la violencia que se ejerce contra ellas, y los noticieros de formato tradicional se hacían eco como nunca antes de esta irrupción. Sucesivas demostraciones públicas ligadas al movimiento feminista y de mujeres también obtuvieron amplia cobertura en los noticieros tradicionales.

 

Pero…

Pero podríamos permitirnos dudar de la plenitud de este relato lineal. La inquietud nos remite al dilema entre lo que en otros debates ya ha sido referido como la diferencia entre el “progresismo” y el “populismo” mediático: si admitimos que buscamos la masificación del discurso y la visibilidad feminista, estaremos sumamente entusiasmadxs con esta visibilización mediática. Sin embargo, ¿es que siempre se muestra lo que querríamos mostrar? ¿Cómo definir un criterio de deseabilidad para la sintonización entre esos minutos de aire y las consignas del movimiento? ¿Cuánto influye el género televisivo en lo que es posible visibilizar? ¿Visibilizar es lo mismo que hacer ver?

Y hacernos estas preguntas, ¿no equivale a convertirse en lo que el conductor de chimentos Jorge Rial denominó atinadamente como “catador[as] de pureza”, listas para regimentar quién está en condiciones y quién no para abrir el debate sobre la agenda feminista? ¿No implica esto además suscribir una serie de reglas respecto de cómo debe mostrarse el género en los medios, reglas que en última instancia desconocen la eficacia de la interpelación feminista de masas?

Tal como ya viene siendo propuesto en otros ámbitos, la distinción entre “populismo” y “progresismo” mediático es útil para comprender las tensiones existentes en relación a la mediatización de la agenda de género. Sin entrar en una discusión de larga trayectoria sobre la capacidad de estos términos para describir dinámicas políticas latinoamericanas, entendemos a estas nociones como ilustrativas de dos posicionamientos distintos en relación con los medios de comunicación. Consideramos al “populismo mediático” como una forma de visibilizar y masificar un mensaje aceptando las reglas de juego de –en este caso– la televisión: la lógica mercantil dictada por el rating, el privilegio de la inmediatez a la hora de informar, la búsqueda de efecto e incluso la frecuente espectacularización de las temáticas a través del uso de estrategias como el morbo y la sexualización. Para esta postura, no es posible conseguir un verdadero cambio de estructuras patriarcales si no es a través de apropiarse y resignificar, desde adentro y a través de una serie de negociaciones, uno de los dominios de prácticas con más gravitación sobre nuestra vida social: los medios de comunicación. Por el contrario, nos referimos al “progresismo mediático” cuando desde una pretensión que podríamos caracterizar como “ilustrada” se aspira a posicionar ciertas demandas (por ejemplo, feministas) por fuera de las lógicas prevalentes en los medios masivos de comunicación, en la medida de que se considera que estos últimos “bastardizan” o niegan los propios presupuestos emancipadores imbuidos en aquellas demandas. Para el progresismo ilustrado, sería una contradicción recurrir a ciertos programas o formatos mainstream para la amplificación del mensaje feminista, ya que la lógica mediática se cimienta precisamente sobre aquellas formas de dominación patriarcal que es necesario derribar. Antes que simplificar la heterogeneidad de posibles posicionamientos en relación con el rol que los medios pueden jugar frente a las demandas feministas, entendemos que la propuesta de estos conceptos sirve para explicitar aquellas posturas disponibles y más o menos espontáneas en relación con los medios de comunicación, haciéndolas visibles.

 

El escenario

Durante febrero de este año hemos asistido a la auspiciosa irrupción de consignas y demandas feministas en el seno de lo que aquella mirada progresista considera lo más rancio y conservador del discurso televisivo. Periodistas, especialistas en género, activistas y actrices se autoconvocaron o fueron invitadas a participar de la polémica en torno a su identificación con el feminismo o el movimiento de mujeres. Durante el programa de chimentos de más rating de la TV argentina, conducido por el autodenominado “machista arrepentido” Jorge Rial, las periodistas y actrices feministas Florencia Freijo, Luciana Peker, Ingrid Beck, Señorita Bimbo, Malena Pichot y Julia Mengolini conversaron sobre demandas centrales al movimiento, tematizaron cuestiones como el acoso sexual, el aborto, la violencia de género, el trabajo de cuidado no remunerado, la desigualdad salarial, entre muchos otros. Durante la visita de la actriz Señorita Bimbo, el conductor de Intrusos utilizó en su muñeca el pañuelo de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, al igual que la invitada, que lo lució en el cuello y habló durante largo rato de las mujeres que abortan y de las cifras de aborto clandestino en Argentina, entre otros temas.

Bienvenimos estas intervenciones y esperamos su continuidad en el futuro. El largo y múltiple recorrido del feminismo merecía sofisticarse también a través de este pliegue mediático, hacerse visible y debatible en una dimensión televisiva y popular. El feminismo celebra que se hable de aborto, violación marital, mansplaining, gordura, acoso sexual y laboral, roles de género en el prime time de la tarde y cuando la cantidad de espectadoras/es duplica la que se dio cita en el Congreso durante el primer NiUnaMenos. Con estas intervenciones, estamos en otro punto. “El rating es feminista”, como dice la periodista Florencia Alcaraz. Nos pusimos las “gafas violetas”, como sugirió la escritora Marina Mariasch. De a poco y también de pronto la larga historia del feminismo popular se miró a sí misma reflejada en uno de los programas de la TV argentina que, para la perspectiva progresista, más cristalizaba hasta ahora la complejidad del cruce entre género y clase.

 

Géneros mediáticos

Ahora bien, lo que pasa en Intrusos, ¿es lo que pasa en la tele? ¿Qué pueden decirnos algunos otros géneros mediáticos respecto de las relaciones entre medios de masas, feminismos y campo popular?

Retornemos como ejemplo particular de la esfera mediática al noticiero y el caso de NiUnaMenos. En verdad, cabría preguntarse qué (otras) violencias hizo visibilizar la masividad de esta protesta. La cualidad de evento, en el sentido de hecho imprevisto, de las movilizaciones que se suscitaron en muchas provincias, ¿podía originar una cobertura igualmente sorprendente, que evitara la tendencia de algunos noticieros a informar con, y no sólo sobre, la violencia? Suponer que lo más radical e inusitado de la masiva protesta de las mujeres contra la violencia de género se trasladaría inmediatamente a los programas informativos hegemónicos implica en cierta medida desconocer que estos poseen criterios de noticiabilidad y patrones establecidos de mediatización a través de los cuales los hechos se tornan, efectivamente, mostrables. Sin embargo, en tanto género televisivo, el noticiero obedece a reglas de reproducción mediática cuyo desconocimiento profundiza aún más la crisis de hibridación que sufre desde hace algún tiempo con otros géneros y soportes “cercanos”, como el magazine y las redes sociales. Así, si la demanda de las mujeres marcó una disrupción en lo que usualmente se identifica como la agenda de los medios, habría que pensar hasta qué punto constituyó también una discontinuidad en la lógica con la que se reporta. Y esto porque en gran medida, sostenemos, el noticiero continúa privilegiando una matriz productiva en la que se ensalza el dramatismo, la victimización y el recuento de casos (casuística), frente a la posibilidad de construir una versión sobre la violencia de género con una lente más social y política, o donde el relato de lo íntimo se asocie más a esa doble vertiente feminista que politiza lo personal a la vez que personaliza lo político. Lo visible que emerge desde la toma del espacio público por los movimientos sociales, víctimas y familiares se encorseta en el lenguaje noticioso del morbo. Pero este último pasa frecuentemente desapercibido bajo el pacto de la veracidad y la seriedad que son característicos del género.

 

Las lógicas de la noticia

Así, el embudo del género informativo selecciona y jerarquiza sobre lo potencialmente noticiable. Teniendo esto en cuenta, ¿fue entonces NiUnaMenos una oportunidad para que los informativos abordaran las noticias sobre la marcha de una manera distinta a como lo hacen usualmente? Seguro que sí, y en gran medida así fue. De hecho, el colectivo a cargo de la convocatoria estaba integrado por comunicadoras, algunas de las cuales desde sus espacios de trabajo en los medios mainstream promovieron la protesta e impulsaron abordajes inusuales. Fue un trabajo de infiltración feminista en las conocidas rutinas de producción de noticias. Se construyeron análisis donde, antes que la casuística, primó la contextualización de la violencia de género como fenómeno estructural que trasciende las dinámicas de pareja. Pero estos abordajes deseables dependieron casi exclusivamente de la presencia de voces de comunicadoras con una fuerte sensibilización previa hacia la temática de la violencia de género. Librados a la suerte de sus rutinas establecidas, los noticieros informaban de otra manera.

La manera de informar de los noticieros del mainstream registra ese movimiento pendular en el tratamiento periodístico, que oscila entre la deseada visibilización y problematización de la temática, por un lado, y un abordaje que aún se nutre de los requisitos estilísticos del reporte de noticias policiales, encarnizado en la mostración de lo truculento del caso, la morbosidad de la escena y el grado de lesividad de los abusos sufridos, por otro. La complejidad del noticiero como género mediático radicaría, así, no tanto en que es eminentemente estigmatizador de las mujeres, ni tampoco en que de pronto se haya reivindicado con el movimiento feminista y pasado a ser el adalid de la visibilidad. Su particularidad (y su potencia) reside más bien en que suele hacer todas estas cosas al mismo tiempo. De allí el desconcierto que produce si lo miramos con ojos que pretendan situarlo de un lado u otro de aquella dicotomía que marcábamos arriba entre populismo y progresismo.

 

Datos duros sobre las noticias

Los datos que la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual viene produciendo desde hace varios años sustentan esta idea del abordaje complejo y pendular, heterogéneo y ambivalente. Desde 2013 este organismo realiza un Monitoreo de Noticias de los canales de aire de la Ciudad de Buenos Aires, que ha sido replicado en las provincias de Córdoba y Mendoza. Allí, además de registrarse un ligero incremento del porcentaje de noticias que hablan sobre temas de “Géneros” entre 2013 (2,5%) y 2015 (3,2%), observamos la progresiva consolidación de un estilo de reportar moldeado por la horma de la violencia, que permea también la retórica desplegada en otros campos temáticos como la niñez, la adolescencia, la salud. Este estilo es llevado a la práctica por las lógicas articuladas de la responsabilización, la culpabilización y la sexualización de las víctimas de violencia, y construido por medio de una serialización de casos individuales que mientras busca reforzar la espectacularización de la información, atomiza un fenómeno de causas estructurales. Así, después de un 2015 en el que NiUnaMenos instaló en la esfera pública la violencia contra las mujeres, durante 2016 y 2017 continuó predominando una perspectiva “policializada” en el tratamiento de varias formas de violencia de género. En estas coberturas, y más allá de que ciertos términos como “femicidio” se hayan internalizado en las rutinas periodísticas, todavía hoy se filtran expresiones psicologizantes y justificatorias del delito como “crimen pasional”, “celos” y “obsesión”; mientras que, a veces, la forma más extrema de violencia contra una mujer es nombrada simple y equivocadamente como “muerte”, como ocurrió en muchas noticias sobre el femicidio de Anahí Benítez en 2017. A esta frecuente perspectiva que sesga las desigualdades de género, se suma la casi total ausencia de reportes sobre femicidio lesbofóbico, travesticidio y transfeminicidio, mostrando la preeminencia de un modelo heteronormativo que restringe lo noticiable a los casos de violencia contra mujeres cis y heterosexuales.

En 2017 el tratamiento de la protesta social contra la violencia de género evidenció un giro que puso el eje en los “disturbios”, “destrozos”, “pintadas” y otras acciones presentadas como negativas, relegando a un segundo plano las consignas de la movilización. Por ejemplo, el “tetazo” convocado en distintas ciudades del país en febrero –como respuesta a un exagerado operativo policial que detuvo a un grupo de mujeres que tomaban sol sin corpiño en una playa de Necochea–, y cuya versión porteña se realizó en el Obelisco, tuvo una cobertura preeminente con móviles que captaron el momento en que un patrullero policial sin ocupantes era graffiteado. El discurso mediático moralizante se detuvo en ese hecho aislado para hablar de “incidentes” en el marco de la protesta. Tan sólo un mes después, durante la movilización por el Día Internacional de la Mujer y el Paro Internacional de Mujeres, la manifestación volvió a ser noticia por las increpaciones que recibió un militante católico que se apostó de modo provocativo frente a las vallas que protegían la Catedral. El reporte quedó así en general reducido a esa escena, mientras que la posterior razzia policial que detuvo a un grupo de mujeres que se encontraba pacíficamente en un bar (como así también la del día anterior contra algunas organizadoras de la actividad) apenas tuvo eco en los noticieros tradicionales. En consonancia con esto, la marcha por NiUnaMenos del 3 de junio de 2017 fue abordada por los noticieros de televisión abierta desde una perspectiva despolitizada y casuística, donde se hizo énfasis en la supuesta ausencia de banderías políticas. Con coberturas mucho más cortas que en 2015 en las que volvieron a primar las historias de vida, el nuevo ingrediente fue el de los “incidentes”, los cuales fueron jerarquizados por algunos noticieros por encima de las consignas de la movilización. Sólo la TV Pública se detuvo en las tensiones políticas que expresó la marcha: entrevistaron a Mabel Bianco, la titular de Feim (Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer), quien hizo un balance de la manifestación y enfatizó que “muchas de las personas convocadas” no compartían “las declaraciones que cerraron el acto oficial”, en las que se criticaba al Estado y al gobierno.

 

Quién habla sobre género

Por otro lado, esta información sobre temas de género suele emitirse en el marco de programas estructurados centralmente por la voz masculina. El Monitoreo de la Defensoría confirmó que la participación de las mujeres en la presentación de noticias continúa relegada por la preeminencia de columnistas varones. Desde 2013 se observa una fuerte asimetría en la cantidad de noticias presentadas por columnistas varones y mujeres, especialmente en tópicos sensibles a la generización como son “Policiales e ‘inseguridad’”, “Deportes”, “Salud” o “Géneros”. Así, los datos también muestran la reproducción de patrones asentados respecto de qué noticias buscan un público femenino (como las de espectáculos, arte y cultura), y cuáles uno masculino (como las deportivas, o las de política), en el marco de una notable desjerarquización de las columnistas mujeres. Al mismo tiempo, se ha registrado que no hay columnistas trans en los canales monitoreados, mientras que la única columna sobre temas de género que se emitía en la TV Pública fue dada de baja en 2016.

Sin embargo, el efecto NiUnaMenos desató paulatinas transformaciones sobre las rutinas productivas del noticiero. Una de ellas es la aparición más sostenida en el zócalo de la línea 144 de ayuda para casos de violencia de género en casi todas las coberturas relacionadas con esta tipología. Asimismo, en 2016 en la Defensoría del Público registramos un aumento en las noticias sobre políticas públicas para prevenir la violencia y para la promoción de la igualdad de género (como la Ley contra el acoso callejero en la CABA, la Ley de paridad de género en las listas electorales bonaerenses y el debate sobre el vagón exclusivo para mujeres en el subterráneo, entre otras), aunque fueron emitidas en un formato breve sin mayor presencia de fuentes de las organizaciones sociales. Desde 2015, se recurre también con mayor frecuencia a la opinión de especialistas en casos de violencia de género, así como a la voz de las propias víctimas y sus abogadxs. Incluso se observaron coberturas que transparentan las tensiones internas de los noticieros a la hora de informar sobre estos temas: al reportar sobre un femicidio, un conductor preguntó al columnista de policiales y luego intentó rectificarse: “¿Se trataría de un tema pasional…? Aunque a vos no te gusta, el femicidio no es amor”. Esta puesta en escena de la ambivalencia ideológica fue indicativa del momento de transición que atraviesa el noticiero, de cara a los debates y manifestaciones públicas sobre la violencia contra las mujeres, y de los vaivenes y reajustes en el cambio de lenguaje que esto implica.

 

Más allá de apocalípticxs e integradxs

Hacer evidente la persistente eficacia de la matriz policializante y espectacularizante del noticiero en moldear las noticias de violencia contra las mujeres, poco auspiciosa para la construcción de la equidad entre géneros, no implica desconocer la potencia multiplicadora que los medios de masas, incluido el noticiero de formato tradicional, tienen para esta causa. Por el contrario, las recientes y paulatinas transformaciones que hemos documentado, así como las sinergias que están ocurriendo con otros géneros mediáticos aún más permeables a la efervescencia contemporánea sobre violencia e igualdad, atestiguan esta afirmación. Si bien los noticieros se atienen al seguimiento de reglas específicas que los identifican como género mediático, cualquier posición que evite reflexionar sobre las potencialidades (y no sólo las debilidades) de los servicios de comunicación de masas para la causa de la equidad y la lucha contra la violencia de género, parece ir por mal camino. Como el noticiero, las luchas por el género también pueden pensarse a sí mismas bajo ciertas reglas, y volverse así reglamentadoras, excesivamente normativas respecto de cómo construir un camino posible hacia la equidad y la igualdad mediáticas. Esta mirada, que insiste en pensar al noticiero (y otros géneros informativos de la TV) unilateralmente como alienante o emancipador, corre el riesgo de no ver lo que aquel tiene para dar a la causa del feminismo y el movimiento de mujeres, perdiendo un aliado fundamental. Más importante aún, y a la luz del reciente debate mencionado en algunos programas de espectáculos, es contemplar los avances en la lucha que permite la visibilización de los temas de género en la TV, evitando los posicionamientos automáticos y puramente reactivos, del tipo “con” o “sin” los medios, que limitan el horizonte del debate respecto de lo que los medios hacen o podrían hacer. La propia visibilización de esta dicotomía, el reconocimiento de los puntos de vista disponibles que como surcos ya arados indican qué y cómo podemos pensar estos desafíos, implica empezar a desandarlos, tapar unos, cavar otros, multiplicar la siembra que nos lleva al otro lado del campo. Y eso ya es bastante.