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la lucidez de los feminismos consiste en la restitución del carácter social de las violencias sexuales machistas, posibilitando un análisis macro que relacione los crímenes con la cultura en la que tienen lugar, más allá de los casos singulares y los ofensores individuales.

El feminismo en nuestro país se encuentra en una etapa de expansión y proliferación, como resultado del crecimiento en número y gravitación política del movimiento de mujeres. Las organizaciones, referentes, discusiones y estudios teóricos se multiplican, tomando orientaciones diversas que nos llevan a tener que hablar necesariamente de “feminismos” en plural, ya que el singular “feminismo” no puede dar cuenta de la multiplicidad de manifestaciones que se reivindican herederas de tal categoría, ni los distintos sentidos en que afirman tal raigambre.

La popularización de la “temática de género” ha colocado muchas de las reivindicaciones propias de los feminismos en la agenda política, abierto posibilidades de transformación antes impensadas, y reducido fuertemente los márgenes de tolerancia social a la violencia machista. Pero también ha provocado la tergiversación de muchas luchas y postulados feministas, como resultado de la voluntad de acople al movimiento de mujeres de sectores conservadores y poderosos.

Un ejemplo de esto es la manipulación con respecto a los femicidios y las violencias sexuales que pretenden hacer los grandes medios de comunicación y los candidatos ávidos de electoralizarlo todo,  por medio de coaliciones mediáticas y político-policiales que impulsan campañas de “mano dura”.

Aumento indiscriminado de las penas, restricción de la libertad condicional, eliminación de los delitos excarcelables, mayor autonomía de las fuerzas policiales, etc.

¿Cómo resistir y atacar, desde los feminismos, esta avanzada punitivista que pretende apropiarse del capital social conquistado y utilizarlo para asegurar transformaciones y continuidades acordes a sus intereses?

Creemos que un paso fundamental es la construcción, para la coyuntura actual, de análisis y reflexiones que tengan la lucidez que ha caracterizado históricamente a los feminismos, y sean capaces de impugnar la tergiversación y manipulación de las problemáticas y reivindicaciones.

Para esto proponemos, en lo que sigue y a modo de ejemplo, la utilización de algunas herramientas conceptuales de la teoría social.

Un primer paso, si nos proponemos diferenciarnos de los discursos punitivistas, puede consistir en desmarcarnos de la falsa dicotomía represivo/anti-represivo.

En primer lugar, porque resulta mucho más rico analizar el poder en sus efectos productivos (ej. producir “cuerpos dóciles y útiles”, Michel Foucault), que entenderlo meramente como una acción destinada a reprimir o eliminar, eminentemente negativa.

En segundo lugar, porque nuestra configuración social se enmarca en un Estado de Derecho, con leyes penales vigentes y una cultura jurídica que traduce muchas de las violencias machistas más extremas como delitos, respondiendo muchas veces con la cárcel.

Debemos asumir, mal que nos pese, que en nuestras intervenciones políticas transaccionaremos necesariamente con la justicia penal y con la cárcel. En este contexto, probablemente lo más prolífico sea, siguiendo a la criminóloga feminista italiana Tamar Pitch (Responsabilidades Limitadas, 2003), utilizar en nuestro favor, inteligente y reflexivamente, el potencial simbólico del derecho penal.

Siendo que en la arena de la justicia penal es donde nuestra sociedad determina en parte cuáles son sus valores primordiales, esta es una lucha que los feminismos no pueden abandonar sin más.

Ahora bien, para desmarcarnos del punitivismo, proponemos sacar partido del potencial simbólico del derecho penal atentxs siempre a que la cárcel produce sometimiento y degradación, opera de forma extremadamente selectiva, jamás cumple con las funciones de resocialización que pregona, y es una respuesta que responsabiliza a individuos, ocultando el carácter social de los fenómenos delictivos, e impidiendo el abordaje de sus causas.

Por estas razones, para dar la discusión en la arena de la justicia penal, el feminismo bien puede echar mano del principio garantista de ultima ratio, sosteniendo la utilización del encierro solo para las violencias más extremas, como última medida y ante la inexistencia de otras alternativas posibles.

Por otro lado, para poder desmarcarnos efectivamente del punitivismo nos sirve precisar algunas de las características de este discurso:

– presenta el problema como una emergencia, algo nuevo, un fenómeno con una temporalidad breve que, a su vez, requiere de soluciones rápidas, y sostiene que estas soluciones rápidas son posibles.

– lo presenta como un problema causado por la maldad, la anormalidad, las patologías individuales o las carencias de socialización de ciertas personas, que son pensadas como esencialmente diferentes del resto de la población honorable. Parásitos que atacan al organismo social, el cual, lógicamente, debe defenderse contraatacando violentamente.

– se presenta a la violencia machista extrema como una excepcionalidad individual, separándola de las creencias, prácticas sociales, y violencias cotidianas y convencionales que la posibilitan, invisibilizando el carácter histórico de la organización social patriarcal y la actual estructura social de relaciones de poder.

– presenta como única respuesta posible el recrudecimiento de una lógica de control social excluyente, que entiende a la violencia masculina como una patología irremediable. Así se hace imposible promover nuevos paradigmas de comprensión y nuevas respuestas frente a este fenómeno.

Frente a lo que define como delitos, el punitivismo solo propone la neutralización de las personas por vía de su encierro, castración o eliminación física. Y nos exige confiar, para la prevención, en el efecto disuasorio de las sanciones penales, cuya ineficacia comprobamos a diario. Busca  también a dar más poder a las policías, de las cuales se pretende que prevengan estos crímenes por medio del patrullamiento. “Hacer patrullar a la policía para luchar contra el crimen es casi tan sensato como hacer que los bomberos patrullen para combatir el fuego” (Carl Klockars, Thinking about Police, 1983, citado por Didier Fassin, La fuerza del orden, p. 91).

A esta lógica los feminismos pueden oponer un pensamiento social que, en vez de reclamar aumento de penas y más encarcelamiento, se concentre en la proposición y exigencia de políticas públicas que pongan en funcionamiento otros mecanismos de intervención sobre la realidad, orientados a modificar las condiciones sociales que posibilitan la proliferación de las violencias machistas.

Ejemplo de esto son las propuestas que muchos feminismos vienen realizando en torno a la educación sexual integral, la capacitación de los operadores del Estado, y la promoción de transformaciones culturales de fondo. Además de respuestas más inmediatas frente a las necesidades actuales, como las medidas tendientes a garantizar el acceso a la justicia, los refugios y atención integral para las mujeres víctimas de violencia, además de las diversas acciones autogestivas que las organizaciones feministas emprenden en torno al asesoramiento legal, los auto-cuidados, el acceso a la salud sexual, etc.

Siguiendo a Agustina Iglesias (Violencia de género en América Latina: aproximaciones desde la criminología feminista), podemos pensar que en la elaboración de estas políticas resulta muy importante la noción de género que se utilice.

La idea feminista de interseccionalidad parece fundamental, en la medida en que nos advierte que no podemos pensar a la opresión de todas las mujeres como una categoría unitaria. Por el contrario, nos muestra una opresión compleja, resultante de la intersección de distintas variables de opresión como son el género, la clase, la raza, y otras que podemos agregar. Existen distintos sistemas de poder que se solapan y en muchos casos se multiplican, para producir opresiones específicas y más profundas, la cuales es preciso diferenciar en el análisis, si se pretende abordarlas con políticas efectivas.

Este tipo de propuestas y reclamos piensan algunos problemas de la agenda feminista de un modo social, que ha resultado muy difícil de instalar en la agenda pública.

Un primer paso, entonces, puede ser la profundización de análisis sociales con respecto a los fenómenos que preocupan a los feminismos y que el punitivismo pretende instalar en la opinión pública solo a partir de visiones reduccionistas que facilitan su manipulación política y electoral.

Ahora bien, ¿cómo profundizar el análisis?

He aquí una propuesta para pensar las violencias sexuales machistas.

Dentro del discurso jurídico, quien comete un crimen contra la libertad sexual es considerado simplemente un infractor, y la cuestión pasa por recolectar las pruebas necesarias para comprobar si cometió el delito en cuestión. No interesa explicar por qué hizo lo que hizo.

Paralelamente a este discurso legal, desinteresado en una explicación de las causas de los delitos, se estructuran retóricas influidas por los resabios de la criminología positivista, que atribuyen las causas de la criminalidad a anomalías, deformaciones, atavismos o deficiencias individuales de tipo biológicas o de socialización.

Este tipo de afirmaciones carecen absolutamente de verificación empírica, pero igualmente resultan seductoras y especialmente prolíficas a la hora de posibilitar, desde el sentido común, una explicación tranquilizadora y maniquea.

Su déficit de cientificidad y rigor analítico es compensado por su capacidad para construir la imagen de un agresor sexual esencialmente diferente a nosotrxs, a quien culpabilizar en solitario, sin ligazones con el resto de la comunidad honrada.

Dentro de este esquema de pseudo-pensamiento, el problema es construido como de naturaleza individual, y las soluciones serán medidas individualizantes, normalizadoras y de inocuización. Tratamientos individuales para curar o atemperar los efectos de las patologías, neutralización por vía del encierro perpetuo o la eliminación física en el caso de la incorregibilidad. Todo esto orientado únicamente hacia la persona que fue declarada culpable, y solo puesto en marcha una vez que el crimen ya fue cometido.

Ante este discurso que pretende desconectar a las manifestaciones más extremas de la violencia sexual de la ligazón que las conecta con un continuum de violencias machistas, el feminismo acuñó la consigna “un violador no es un enfermo, sino un hijo sano del patriarcado”. La potencia de esta frase es evidente, consigue religar el abuso sexual con la matriz patriarcal que lo posibilita y restituir la continuidad entre la violencia sexual extrema y el resto de violencias machistas socialmente toleradas. Permite restituir la raigambre social de las violencias sexuales posibilitando una ampliación de la discusión sobre sus causas.

Hace posible visibilizar el amplio repertorio de violencias socialmente toleradas o invisibilizadas, desembarazándonos de las distinciones que opera la justicia penal interesada solo en lo que es considerado criminal y en el establecimiento de responsabilidades y sanciones individuales.

El calificativo de “hijo sano del patriarcado” religa allí donde la justicia penal había establecido una diferencia invisibilizadora, individualizante y desocializante, y nos habilita toda una serie de reflexiones e investigaciones acerca las violencias machistas.

Ahora bien, a poco que nos internamos en estos análisis encontramos que la consigna se transforma en obstáculo, ya que nos dificulta establecer diferenciaciones al interior del universo de violencias machistas, de las estructuras de poder patriarcal, y de las demás variables de opresión que en su dinamismo dan forma a la particular configuración social que nos toca habitar.

Muchas violaciones desbordan los márgenes de tolerancia actuales a la violencia machista, muchos violadores son denunciados en los medios, escrachados masivamente, construidos como monstruos en los discurso políticos, utilizados como chivos expiatorios por una sociedad  repentinamente indignada, y presentados como síntomas de la necesidad apremiante de aumentar las penas y eliminar cualquier tipo de “beneficios” o medidas alternativas a la prisión.

Entonces, ¿el patriarcado está negando a sus hijos sanos?

Lo que podemos pensar, en pos de profundizar el feminismo desde el propio feminismo, es que quien comete estos actos de extrema violencia no puede ser ya metaforizado como un hijo sano, aunque sea sin duda hijo de esta sociedad.

Para pensar este punto podemos recurrir, en parte, a las ideas del sociólogo del S. XIX Gabriel Tarde. Su pensamiento es complejo y difícil de reconstruir, por lo que utilizaremos lo trabajado por el profesor Sergio Tonkonoff (Lo social y sus paroxismos. El delito en la obra de Gabriel Tarde, estudio preliminar en “Gabriel Tarde, Sociología criminal y derecho penal”).

Según Tonkonoff, Tarde sostiene que la diferencia entre el delincuente y el resto de los individuos es el modo en que se vincula con la sociedad. Para Tarde, a diferencia de los criminólogos positivistas, lo que distingue al criminal no es una carencia, sino una diferencia por exceso, una especie de sobresocialización.

El delincuente tardeano es un hipersocial, alguien que sostiene ciertas premisas comunes que están presentes en la cultura, pero con un exagerado grado de intensidad afectiva y de convicción, y las piensa y actúa con rigor.

Es alguien que ha extraído todas las consecuencias de algunos de los valores fundamentales que articulan su espacio social; y que ha ido hasta el fin de las pasiones y convicciones compartidas; que ha deducido implacablemente los resultados de los axiomas centrales de su tiempo.

Es delincuente por maximalista y dogmático, una especie de hiperlógico o fanático, apresado por ciertos flujos de la cultura con una fuerza superior a la media. Si trasgrede la ley es para no ser inconsecuente con las proposiciones mayores del sistema de significaciones que lo ha capturado y lo constituye.

Más allá de que resulta necesario, al menos, distinguir entre distintos tipos de violaciones, podemos de todos modos pensar a quien comete una violación como alguien que sobreactúa, llevando hasta el límite, ciertos valores y mandatos machistas, referidos a la potencial viril asociada a la masculinidad, a la cosificación y conquista de los cuerpos femeninos, a la infravaloración del género femenino y la legitimidad de su dominación masculina. Exagera de tal modo estas premisas, que sin duda se encuentran presentes en la cultura, que supera los márgenes de tolerancia social.

Para Tarde el delito se presenta como un fenómeno de oposición, ya que el delincuente ha adaptado con tal rigurosidad ciertas ideas y deseos generales entre sí, y ha eliminado las contradicciones existentes entre las premisas de la cultura, que ha quedado violentamente desadaptado de su medio. El delincuente se opone a su entorno social, porque este no es tan lógico ni tan consecuente como él.

El crimen es un fenómeno de oposición porque, exagerando ciertas premisas valorativas, se opone a la configuración de valores colectivos, creencias y deseos, propia de su tiempo y espacio.

Quien comete ciertas violencias sexuales extremas (no todas, claro), sobre todo si carece de los medios para escapar a la condena social y penal, habrá llevado el machismo demasiado lejos y constituirá en este acto una diferencia que lo convertirá en criminal.

Ser socialmente definido como un violador parece ser, en última instancia, una cuestión de grado, con lo cual queda establecida la diferencia (por exceso) y la similitud (es un exceso de algo que está, en dosis menores, presente en la cultura).

Como relatamos al principio,

la lucidez de los feminismos consiste en la restitución del carácter social de las violencias sexuales machistas, posibilitando un análisis macro que relacione los crímenes con la cultura en la que tienen lugar, más allá de los casos singulares y los ofensores individuales.

Cada sociedad tendrá los delitos que le corresponden. Tarde nos dice que habrá propagación delictiva siempre que exista una compatibilidad entre las características del ejemplo criminal y las tendencias y valores vigentes en el medio en que se encuentra.

Respecto a las violencias sexuales, un argumento central de los discursos punitivistas es la reincidencia de los violadores y es en parte por esta suposición que se privilegian las soluciones individuales. Frente a esta pregunta por la reincidencia individual, oponemos la pregunta por la reincidencia de las violaciones. Analizar las violaciones desde una perspectiva sociológica nos permite desmarcarnos del discurso de la patología individual.

Vistas como un fenómeno social, las violaciones y la violencia sexual constituyen prácticas recursivas, históricas y posibles gracias a una cultura machista y a determinadas relaciones de poder, que es preciso investigar.

Combatir la presencia de este sustrato machista, siempre dispuesto al desborde, es lo que intentan los feminismos cuando se ponen a la cabeza de transformaciones culturales profundas, y cuando proponen y exigen políticas públicas que intervengan sobre las condiciones sociales que determinan la producción regular de violencias machistas.

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El autor pertenece a IPEHCS-UNCo-CONICET