Por: Fotos: SADO-Colectivo fotográfico

Esta es la primera vez que voy a una marcha con mi mamá, unidas por la misma lucha, mientras caminamos, construimos el duelo. Nos hacemos preguntas, dialogamos acerca de cuál es la justicia, qué significaría pedir justicia hoy, a la luz de tantos femicidios. Qué queremos, cuál es el camino a transitar, cuál es la estrategia, cómo continúa nuestra lucha. Cómo evitar lecturas y soluciones simples a un tema tan entramado y complejo. Marchar y formar parte de la lucha es un brillo chiquito en tiempos de indignación y duelo colectivo.

“Esto no es un feriado, esto es un duelo y un día de lucha”, se decían entre ellxs mientras llamaban y convocaban a lxs demás. Caminábamos por la calle 60 hacia la puerta de la Facultad de Medicina, de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) íbamos abrazadxs, tristes, angustiadxs, juntxs. Marchábamos por el femicidio de Emma Córdoba, atacada junto a su amiga en su casa de Punta Lara. Emma murió, tenía 26 años. Su amiga continúa internada. El clima de la convocatoria era de duelo pero también de lucha. Emma había terminado de cursar ese mismo viernes la última práctica de Dermatología en el Hospital Cestino de Ensenada. Mi mamá fue su última profesora. Y era la primera vez que iba a marchar. Cuando me la encuentro, tenía su cartel, los ojos hinchados y estaba triste pero orgullosa de sus estudiantes, que desde temprano habían tomado la Facultad y habían impedido que se realicen las cursadas y que se tomen parciales. Al mismo tiempo, llamaban a sus compañerxs que no estaban para que se acerquen y se unan a la lucha.

Las Facultades adhirieron al día de duelo pero sólo a partir de las 17 hs, cuando se iba a realizar la marcha que iba desde la Facultad de Medicina hasta la Gobernación. Algo que generó mucha angustia entre los estudiantes y los profesores, ya que si bien se justificaban las faltas, las Facultades mantuvieron su normal funcionamiento. Emma pertenecía a esa entidad, su vida cotidiana estaba atravesada por su ser estudiante. Era mujer, hija, amiga, hermana, compañera y estudiante.

Mientras esperamos que comience la marcha, mi mamá buscó un cartelito y me lo pegó en la campera: “Justicia para Emma”. En el medio saludó a algunxs compañerxs que recuerdan ese último día de cursada en el Hospital. Que se quedaron charlando, que pasó un visitador médico y les regaló marcadores y lapiceras para que estudien, que ella contó que vivía en Punta Lara y que tenía a sus perritos, que estaba contenta por las prácticas en el hospital, que una paciente estaba enojada porque se demoraron un poquito, pero que mi mamá la atendió amablemente y le explicó lo que tenía y que, ella también se fue contenta. Que con Emma hablaron de lo importante que era atender cálidamente a los pacientes de los hospitales públicos, leerlos no sólo clínicamente, sino socialmente, sujetos a un montón de problemáticas que hacen que su vida sea más compleja que la de unx. Ese día finalizando la cursada, se despidieron con un beso y un chau profe.

Esta es la primera vez que voy a una marcha con mi mamá, unidas por la misma lucha, mientras caminamos, construimos el duelo. Nos hacemos preguntas, dialogamos acerca de cuál es la justicia, qué significaría pedir justicia hoy, a la luz de tantos femicidios. Qué queremos, cuál es el camino a transitar, cuál es la estrategia, cómo continúa nuestra lucha. Cómo evitar lecturas y soluciones simples a un tema tan entramado y complejo. Marchar y formar parte de la lucha es un brillo chiquito en tiempos de indignación y duelo colectivo.

Esta es la primera vez que voy a una marcha con mi mamá, unidas por la misma lucha, mientras caminamos, construimos el duelo. Nos hacemos preguntas, dialogamos acerca de cuál es la justicia, qué significaría pedir justicia hoy, a la luz de tantos femicidios. Qué queremos, cuál es el camino a transitar, cuál es la estrategia, cómo continúa nuestra lucha. Cómo evitar lecturas y soluciones simples a un tema tan entramado y complejo. Marchar y formar parte de la lucha es un brillo chiquito en tiempos de indignación y duelo colectivo. Formar parte de procesos sociales, hacerse cargo de que esto no puede continuar, que no pueden los hombres continuar matando una mujer todos los días  en este país, y salir a la calle a exigir políticas que frenen este avance ilimitado, es que ese brillito empiece a latir, a destellar y hacerse un poquito más grande y más visible. Llegar a la plaza de noche, escuchar a las diferentes oradoras fue un manto de calma y un manifiesto hacia una lucha que debe continuar incansablemente.