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“Nací en Tunja, cerca de Bogotá. A los 16 años fuimos a vivir a Bogotá y entré a la Facultad de Medicina en la Universidad Nacional (estatal). Desde que ingresé allí sentía que mi vida no podía ser un hospital, tenía que ayudar a la gente. Sentí que podía hacer algo más ¿Qué iba a hacer? ¿Recetar un medicamento a una mujer que no lo puede comprar? Tenía que hacer algo para cambiar las cosas de una forma más profunda”, explica Laura y sintetiza las razones que, a sus 22 años y con el título de médica bajo el brazo, la llevaron hasta las FARC.

“Aquí la gente es muy cuidadosa con los animales. No pueden tener hijos por nuestra condición y por eso le bajan el alimento de la olla a los perros. Algunos perros tienen sus cunitas armadas junto a sus caletas (camas)”, dice Laura Villa, que tiene 36 años y es una de las mujeres que quedó embarazada cuando empezó a vislumbrar que se abría la posibilidad de la paz. Su hija, Laura Sarita, tiene cinco meses y se prende a la teta con ganas mientras su madre habla sentada en una silla plástica, en el campamento organizado para la desconcentración de las FARC en la provincia Norte de Santander, ubicada en el norte del país, en el límite con Venezuela.

Laura no había buscado ese embarazo. Ella ponía mucho cuidado en su planificación familiar pero algo falló en sus anticonceptivos y decidió tenerla. “El obstáculo para tener hijos no fue la organización sino la confrontación. Y no quería tener hijos porque creo que los hijos los deben criar los padres. Vi muchos hijos criados por abuelos u otros familiares que le cogieron odio de sus padres porque sintieron que los abandonaron”, explica y algo cambia en su tono de voz.

Entre las muchas leyes que tienen las FARC está la que establece la planificación familiar: los anticonceptivos son tan importantes como las armas y la provisión de café, al que ellos llaman “tinto”. Nada de eso falta. Pero cuando las mujeres quedan embarazadas tienen dos opciones: abortar o continuar con el embarazo y criar al niño o niña hasta los seis meses, luego deben dejarlo en casa de algún familiar. “La guerra no es una cosa fácil. Vimos niños usados como señuelos para atrapar a sus padres”, dice y su voz vuelve a nublarse.

Laura es una rara avis entre la guerrillerada, como se llaman cariñosamente. No viene de familia pobre, ni campesina, ni sus padres murieron a manos de los paramilitares o el Ejército colombiano. Tampoco era semianalfabeta ni tenía un padre o padrastro golpeador y se fugó sigilosamente de su casa. Llegó a las FARC recibida de médica, como una clara exponente de la clase media urbana, hija de padres profesionales y con un futuro previsible.

“Nací en Tunja, cerca de Bogotá. A los 16 años fuimos a vivir a Bogotá y entré a la Facultad de Medicina en la Universidad Nacional (estatal). Desde que ingresé allí sentía que mi vida no podía ser un hospital, tenía que ayudar a la gente. Sentí que podía hacer algo más ¿Qué iba a hacer? ¿Recetar un medicamento a una mujer que no lo puede comprar? Tenía que hacer algo para cambiar las cosas de una forma más profunda”, explica Laura y sintetiza las razones que, a sus 22 años y con el título de médica bajo el brazo, la llevaron hasta las FARC.

Ahora una de las preocupaciones que tiene, junto a ver cómo marcha la implementación de la paz, es lograr que algún pediatra ingrese al campamento. Ella no puede salir porque tiene pedido de captura, como los 6.500 guerrilleros que esperan que se aplique la amnistía acordada, y el pediatra suspendió tres veces la visita porque el camino estaba intransitable. “Y los conocimientos de medicina empeoran algunas cosas pero trato de estar tranquila: ella está teniendo un desarrollo psicomotor normal y se ríe, se da vuelta, reconoce las fuentes de sonido”, describe.

Zona Veredal. Laura, al igual que el resto, llegó hasta aquí en febrero como parte de una de las tres unidades guerrilleras que se reunieron allí: suman 350 personas, cinco de ellas tienen entre cinco meses y cuatro años. Esta Zona Veredal Transitoria de Normalización –como se llaman los campamentos para entrega de arma y educación para el retorno a la vida civil- fue una de las últimas en constituirse. Hasta la profundidad del campamento no pueden ingresar civiles. Sólo puede hacerlo hasta la recepción del predio, que oficia de lugar de reencuentro de familiares. Y los guerrilleros no pueden salir porque serían detenidos en el retén militar que controla el acceso a la finca.

El gobierno de Juan Manuel Santos debía tener listo el lugar para el 31 de diciembre, según dicen el documento firmado en La Habana el año pasado. Pero la realidad fue otra: la finca, ubicada en el medio de la selva, nunca estuvo lista y los guerrilleros y guerrilleras decidieron movilizarse hacia allí para empujar la implementación del acuerdo. No tienen construidas ninguna de las casas comunitarias, tampoco las aulas ni las baterías de baño. Hay un campamento montado con carpas y toldos como los que se levantaron durante los 52 años de guerra.

Llegaron hasta la finca alquilada por el gobierno donde pusieron las carpas por un camino nuevo. Hasta antes del acuerdo no había ninguna ruta que llegara hasta este predio, donde se cultivaba yuca, plátano y, por supuesto, coca. Ahora no hay más coca aquí, pero hay coca en todas las otras fincas. Incluso hay matas de esa planta -con la que los hacendados solían pagar a sus peones- rodeando el helipuerto de la ONU, que certifica la entrega de armas.

El nuevo camino es de tierra, una tierra arcillosa que se vuelve una especie de plastilina con las lluvias intensas que caen día por medio. La temperatura va de los 28 a los 35 grados y la humedad, parece, encontró su lugar en el mundo. Ese camino tiene tres tramos prácticamente intransitables y en el último, el más cercano al campamento, suelen atascarse todas las camionetas cuatro por cuatro con las que la guerrilla ingresa víveres. El último kilómetro generalmente se hace a pie. Por eso, apenas llegaron los materiales de construcción para levantar el 40 por ciento de las obras previstas y hasta ahora sólo se construyó el 10 o 15 por ciento de lo necesario para vivir en condiciones dignas.

Aquí tampoco hay agua potable. La que se consume llega desde un río montaña arriba. Tampoco hay tendido eléctrico –usan un grupo electrógeno para alimentar un puñado de bombitas en cuatro o cinco puntos de la finca- y mucho menos gas. La cocina es a leña. Es decir, viven como vivieron durante la guerra y tienen las mismas condiciones que las 200 familias campesinas de las cuatro veredas –como llaman aquí a los caseríos- que rodean ese campamento.

El solo hecho de llegar hasta allí, después de subirse a una camioneta cuatro por cuatro o a un jeep anfibio, que tarda entre dos y tres horas por un camino barroso y zigzagueante para hacer 45 kilómetros, explica por qué los campesinos plantan coca. “¿Cómo cree usted que puedo sacar una plantación de yuca o plátano y llevarlo hasta el mercado por un camino como este?”, dirá una noche, en la recepción del campamento, uno de los dirigentes campesinos de la zona. Es mucho más sencillo cargar el hombro cuatro o cinco kilos de pasta base, producida en las mismas fincas, que luego será refinada por los narcos, que la venderán como cocaína.

Los hijos. Nanci Rodríguez es morena, tiene 57 años y habla suave y sonriendo. Sonríe todo el tiempo. Su papá dejó a su mamá, que se puso en pareja con otro hombre. En la casa eran nueve hermanos, siete mujeres, dos varones. Y ella se fue a vivir con unos tíos, en la zona de Caquetá, al sur del país.

Ellos eran del Partido Comunista y ella escuchaba hablar de “la gente del monte” y eso le generaba mucha curiosidad. Un día llegaron unos uniformados a su casa: combatientes de las FARC. “Nos explicaron que luchaban por algo justo, por la toma del poder para cambiar las cosas. Tenía 9 años y me enamoré de la revolución y dije ‘yo tengo que ser guerrillera’”, recuerda y sonríe un poco más. Pidió ingresar pero le dijeron que era muy chica.

En los años ochenta llegó un período de mucha violencia en la zona y abandonaron el lugar. Se fueron con lo puesto y, poco después, con 13 años se incorporó a las FARC. “Estaba acostumbrada a cargar leña pero no sabía leer ni escribir y aprendí con la guerrilla porque aquí lo primero es la educación. Ahora me gusta mucho leer historia”, dice.

Nanci quedó embarazada al año siguiente. Su primer hijo nació el 24 de julio de 1984 y lo llamó Carlos Alberto. Salió de la selva para parir y volvieron a ingresar juntos pero a los diez meses lo llevó con los padres de su compañero. “Dejar a un hijo no es fácil. Es muy duro. Lo volví a ver a los seis años y en 2000 me visitó en un campamento. Fue muy bonito”, dice.

Su segunda hija llegó el 24 de noviembre de 1988 y se llamó Carolina. A los tres meses la dejó con unos amigos de las FARC. Hace cuatro años, ella se enteró de que su madre era guerrillera y lo tomó con cierta tranquilidad. Lograron hablar por teléfono, se mandaron fotos vía correo electrónico y ahora están ansiosas por verse cara a cara. También se entusiasma con ese futuro que podría ser en campo, de dónde ella proviene, y podría completarse con una casa. “Nunca tuve casa. La casa está en mi mochila”, sonríe y le brillan los dientes blanquísimos.

Concepto maldito. La palabra “género”, que aparece 57 veces en las 310 páginas del acuerdo firmado en La Habana y refrendado por el Congreso y la Corte colombiana, fue una de las definiciones más defendidas por las FARC durante la negociación. Allí se establece que “el enfoque de género significa el reconocimiento de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres”. Pero precisa: “implica en particular la necesidad de garantizar medidas afirmativas para promover esa igualdad, la participación activa de las mujeres y sus organizaciones en la construcción de la paz y el reconocimiento de la victimización de la mujer por causa del conflicto”.

Ese concepto dio en el blanco de la crema de la derecha colombiana expresada en el ex presidente Álvaro Uribe, quien agitó todos los fantasmas posibles sobre la destrucción de la institución familiar. Sumó el apoyo de la jerarquía de la Iglesia católica y de los pastores evangélicos, que salieron a jugar abiertamente contra el Acuerdo de Paz y fueron clave para movilizar a sus cuatro millones de fieles, en una sociedad de 49 millones de habitantes donde el voto no es obligatorio, para torpedear el proceso que podría poner fin a 54 años de guerra. Así fue, en parte, como ganó el No al acuerdo en el plebiscito del 2 de octubre de 2016. Luego se renegociaron algunos puntos y el Congreso aprobó el nuevo documento. Pero el enfoque de género sutura todo el texto.

“Aquí no hay machismo. Todos cargamos el mismo peso. Y los comandantes siempre están atentos a las necesidades de las mujeres. Por ejemplo, están pendientes de que haya crema para las manos o esmalte de uñas pero que haya para todas. Si hay para una, hay para todas”, dice Nanci pero cuando el diálogo avanza reconoce cómo la letra escrita del acuerdo también impactó hacía adentro de las FARC: “Nosotros decíamos marica pero aprendimos a decir gay”. El documento firmado en La Habana incluye a la comunidad LGTBI.

Otro de los rebotes del acuerdo de paz puede leerse en el Estado Mayor de las FARC, que estaba compuesto por 32 miembros –una sola mujer- y pasó a tener 61 integrantes, 11 son mujeres: la presencia de mujeres creció 6 veces. “Las FARC tiene muchos aspectos machistas. Nuestros documentos dicen que los hombres y mujeres son iguales y lo mismo dice la Constitución. Pero no podemos dejar de ver que a las FARC ingresan hombres y mujeres de esta sociedad, que es machista. Entonces hay chistes machistas, a las mujeres se las elige sólo para algunas tareas o está mal visto que una mujer tenga muchos novios”, dice Laura mientras acuna a su beba, que hace un rato se quedó dormida.

Mil amores. Mónica Sánchez se sumó a la guerrilla después de que toda su familia lograra escapar de una masacre de los paramilitares en Norte de Santander, donde ahora se asentó el campamento para el desarme y reingreso a la vida civil. Tenía 17 años y un grupo guerrillero llegó a la finca donde su familia se había resguardado. “Pidieron permiso para quedarse y descansar. Se quedaron tres días y hablamos mucho. Se fueron y los seguí. Me fui a escondidas porque mi madre no iba a entender. Por más mala que era esa situación, ella no iba a entenderme”, dice Mónica, que ya tiene 34 años y un compañero desde hace doce.

Ella, hija de una familia pobre, había trabajado como empleada doméstica en la casa de una familia de la zona. Allí –le habían dicho a su madre- le iban a dar casa y comida y la iban a enviar a la escuela. Pero sólo hizo primer grado porque la carga laboral la dejaba agotada. Así que finalmente sólo se había dedicado a trabajar. Pero terminó de aprender a leer y escribir en la guerrilla, como Nanci y como la mayoría de los guerrilleros y guerrillas. Dos de los libros que más la impactaron fueron “A solas con el enemigo”, la novela del autor ruso Yury Dold-Mijáilik, que narra la gesta soviética contra la ocupación nazi, y “Che Guevara. Una vida revolucionaria”, la biografía escrita por Jon Lee Anderson.

Para ella, el enfoque de género es “lo más importante” de los acuerdos. “Siempre nos tildaron de menores por eso es tan importante la inclusión de todos los géneros para que no haya discriminación. Es cierto que en las FARC no hay homosexuales ni lesbianas pero los respetamos y los invitamos al movimiento político que vamos a lanzar para participar de la vida civil. Nosotros venimos de una sociedad machista y el machismo no se quita de la noche a la mañana. Estamos haciendo un gran esfuerzo por dar un paso en ese sentido”, dice Mónica.

La Mona, así la llaman porque es rubia y en Colombia los rubios son “monos”, se reencontró con su familia el 14 de marzo pasado. Volvió a ver a sus tres hermanos y conoció a cuatro sobrinos. “Fue un reencuentro feliz”, sonríe y le brillan los ojos verdes.

“No tuve hijos. Soy muy cuidadosa con la planificación familiar. No quiero tener hijos en la guerrilla. Un niño dificulta los desplazamientos, requiere atención especial. Y no me gustaría tener un hijo y no poder criarlo ¿Si tengo ganas? De mil amores tendría un hijo pero falta que el proceso de paz se consolide. Claro que tengo ganas, uno o dos”, dice y sonríe otra vez.