Por la tarde del jueves los medios televisivos de la Argentina comenzaron a alertar sobre el hallazgo de un cuerpo femenino. Algunos le pusieron nombre aún cuando no estaban hechas las pericias forenses: Araceli. Otros fueron más prudentes y aguardaron la confirmación que llegó hoy muy temprano del fiscal Marcelo Lapargo, que encontraron a Araceli Fulles, que ese cuerpo bajo una pila de escombros es el de ella, que la cal y el cemento fresco no habían logrado que Araceli continuara desaparecida después de casi un mes.

La encontraron en la casa de Darío Baradacco, la última persona que la vio con vida. Hoy está prófugo, antes estuvo detenido pero fue liberado. Badaracco trabaja en un corralón, cuando llegó la policía a buscarlo ya no estaba, qué oportuna fue su salida, casi como si supiera que lo iban a buscar. Hay cuatro policías desafectados. La casa del prófugo había sido allanada antes, pero Araceli no aparecía. ¿Estaba ahí? ¿Estaba en otro lugar y fue trasladada? ¿Hubo cómplices? El fiscal debe determinar ahora a quién o a quiénes les cabe la carátula de homicidio agravado por violencia de género o femicidio, como se conoce al artículo 80, inciso 11 del Código Penal.

Una semana después de su desaparición su familia, sus amigos y todo el barrio fueron hasta el Juzgado de General San Martín para pedir que la buscaran, que querían a Araceli con vida, que mientras más demoraran menos chances había de eso. Decenas de activistas de distintas organizaciones se sumaron a un rastrillaje casa por casa, “buscamos a Araceli”. Ese día por la noche, el 12, la DDI de San Martín hizo un coordinado en tres lugares: la Villa 9 de Julio, Billinghurst y La Cárcova, de José León Suárez. En ninguna de las 300 viviendas encontraron algo.

La última noche que sus amigos vieron a Araceli con vida fue en un asado. Recibió un llamado como a las 2 de la mañana, saludó a todos y se fue. No vieron con quién. A eso de las 6 le mando un mensaje a una amiga, todo bien, estaba con un amigo en la plaza. Al rato le escribió a su mamá para que pusiera la pava para el mate. “Te amo”, leyó Mónica. Araceli nunca llegó.