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Este siglo es un privilegio. Lo es para mí, al menos, porque nací en una provincia en cuyo cielo se podían ver todas las estrellas, en una casa en la que me enseñaron que tenía el derecho de desearlo todo, bajo ese cielo inmenso, mientras no jorobara al prójimo. Y me dieron herramientas para defenderme y reinventar las cosas, llegado el caso. Reconocerme feminista al ver que el mundo no era equitativo (ya sé, es una forma suave de decirlo) fue fácil para mí, pero no fue azaroso.

Si entro a despuntar todo lo que hizo falta para que pasara eso ahí en ese rincón del mundo no termino nunca. Nomás me gustaría señalar el hecho de que para que yo me reconociera feminista en un momento de la historia en el que somos miles, en el que hay compromiso y organización de compañerxs muy diversxs, en el que decidir sobre nuestra capacidad reproductiva será ley y hablamos de sororidad y vamos a las marchas, contentxs por lo conquistado pese a lo que falta todavía, una mujer nació con todo lo que hoy tenemos a favor, en contra: porque en el siglo XVIII, tan fulgurante en sus ideas como incoherente fue en sus actos, mientras se declamaba que la libertad era de todos las mujeres eran relegadas a servir a Emilio. Pero eso fue documentado por Rousseau, no viene a cuento.

De lo que quiero hablar es de ese personaje enorme como un cielo, de Mary Wollstonecraft. Una mujer a la que el mundo alrededor le proponía, en tiempos de revolución en Francia, sentirse rara o especial por no salir estúpida, como decían que era el resto. En vez de eso ella, mujer sabia y valiente, hizo de la sororidad su lema, aunque por ese entonces ni siquiera había palabra para eso: dispuesta a hacer común el privilegio de su rara lucidez fundó una escuela y animó a las niñas a que se educaran, a que se unieran y apoyaran mutuamente; vindicó nuestros derechos en un documento inaugural en el que por primera vez se habla de género, y todo en ella fue un modelo que sentó las bases de eso que hoy es nuestro privilegio, en este siglo: el feminismo «sororo».

Mary escribió que las opciones para las mujeres siempre habían sido ser esclavas o ser déspotas, y decidió ser de otra forma: habló y lo hizo para todxs, intuyendo, quizás, que la única salida al despotismo y a la esclavitud era la alianza mutua. Había nacido un día como hoy pero hace ya tres siglos, y tuvo oficio y roca en su apellido; o sea: tenacidad y fuerza y por la fuerza y la tenacidad logró imponer su voz, dos veces se repuso de la muerte que ella misma había buscado (había tomado láudano y se había tirado al río, enamorada la primera vez y luego desahuciada y triste), acompañó a su amiga Fanny hasta verla morir en un mal parto y secuestró a su hermana porque su marido la cascaba; le puso Fanny a su primera hija en honor a su amiga y la crio ella sola. Y junto a William Godwin, buen compañero que llegó casi al final, murió después de que naciera Mary Shelley, la segunda.

Además de haber escrito uno de los panfletos políticos más finamente escritos de la historia lúcida de los panfletos políticos, Mary Wollstonecraft publicó Cartas escritas en Suecia, Noruega y Dinamarca, un libro bello y singular que combina el género epistolar, los libros de viajes y la novela autobiográfica. Dejó también un libro inconcluso, María o los agravios de la mujer, donde retoma en forma de novela las ideas planteadas en la Vindicación y fue publicado póstumamente por Godwin, y un libro infantil ilustrado por William Blake, Relatos originales de la vida real, dedicado a sus hijas. Todo lo cual —somos privilegiadxs, insisto— es parte de la herencia que nos une bajo la sororidad del cielo inmenso de este siglo.