“¿Cuánto sacrificio significa ‘volverse hombre’? ¿Mantenerse firme en el intento y en la pose? ¿Qué trabajos han heredado los hijos varones del imbatible Hércules que aparece en los cuentos y de cada padre que comanda la vida cotidiana como jefe —aún ausente— del hogar? (…) Es, a su vez, un vademécum del hombre hecho y derecho, como dios manda, el macho de verdad”. Con estas palabras comienza el prólogo que la periodista Liliana Viola escribió para la magistral novela de Selva Almada, Ladrilleros, en la que explora las diversas masculinidades en un mundo de absoluto machismo, como el de dos familias ladrilleras en la provincia de Entre Ríos. Por eso cuando una piensa en “ladrilleros” se imagina en masculino: varones sudando el sacrificio del obrero precarizado, llevando carretas con cientos de kilos de barro, confeccionando el ladrillo como un artesano, a mano, uno por uno, y colocándolo en los hornos a temperaturas sofocantes.
Por eso, cuando sostenemos que hay una revolución en marcha no es una metáfora. Porque hay que decirlo y con luces de neón: hay mujeres ladrilleras y están pidiendo pista. Es más: siempre hubo mujeres ladrilleras pero, por supuesto, estaban invisibilizadas para los propios varones e incluso para ellas mismas.

Y como siempre hay una mujer sindicalista que las está visibilizando pero sobre todo, organizando. Ana Lemos es abogada y secretaria del interior de UOLRA: Unión Obrera Ladrillera de la República Argentina y parte de la mesa de unidad de mujeres sindicalistas, que hoy es el mayor marco de unidad del movimiento obrero. Allí confluyen referentas de la CGT, CFT, CNCT, CTA y CTEP y son las que vienen llevando adelante una agenda de género conjunta y transversal dentro de sus sindicatos.

Ana entró al sindicato a principios del 2015, como parte de un proceso de normalización que llevó adelante el Ministerio que conducía Carlos Tomada, luego de más de sesenta años de políticas sindicales nefastas para los trabajadores que incluyó una pelea letal dentro de la comisión directiva, en 2009, en la que terminó un integrante asesinado. Así fue como el trabajo que empezó a comandar Luis Cáceres, el nuevo secretario general, junto a la comisión directiva, incluyó también por primera vez a una mujer. Y sobre todo significó una nueva concepción del sindicato porque más del 80 por ciento de lxs ladrillerxs —y ahora sí, en lenguaje inclusivo para hablar de estxs trabajadorxs— no sabían de su existencia.

“Tenemos tres sectores dentro de la actividad ladrillera y trabajamos mayormente con población migrante —explica Ana Lemos en una larga entrevista con LATFEM—. Un primer grupo que son los trabajadores con patrón y con derechos, es decir, los que trabajan en fábricas ladrilleras y ahí es donde históricamente el sindicato tuvo presencia. Un segundo grupo al que llamamos de economía popular, es decir, las familias ladrilleras (como los de la novela de Almada) que son el 80 por ciento de nuestrxs trabajadorxs: son los que tienen los hornos en sus casas y no tienen patrón, pero tienen derechos. Y un tercer sector que son los que bordean la ilegalidad, es decir, los que tienen patrón oculto y son víctimas de trabajo esclavo y precarizado. Ahí es donde nuestro trabajo se asemeja al del obrero rural explotado”.

Uno de los principales problemas que existe en la actividad ladrillera es que, al ser en su mayoría informal no hay un registro fehaciente de cuántos trabadorxs realizan esta actividad. Según un relevamiento en 2011 que realizó la Secretaría de Minería —porque la actividad ladrillera es considerada minera desde el 2004— existen 160 mil familias ladrilleras. Se sabe: es un trabajo sacrificado, muchas veces de sol a sol, donde el cuerpo está expuesto a cargar enormes cantidades de peso, a agacharse y levantarse más de 2000 veces por día, a quemarse con los ojos (es común que lxs ladrillerxs tengan las retinas destruídas por el calor), a tener problemas de respiración. En promedio, un ladrillero puede confeccionar hasta 2000 ladrillos por día. Y es un sector que, al ser mayormente informal, no tiene ni obra social, ni salario mínimo, ni jubilación, ni vacaciones.

“Por eso como sindicato empezamos muy fuerte con la tarea de llevar el sindicato a las familias, de tratar de armar cooperativas ladrilleras para que puedan empezar a entender lo importante que es organizarse y tener derechos”, cuenta Ana. La mitad de su tiempo lo dedica a viajar a las provincias ladrilleras en las que existen experiencias de cooperativas como en Villa Dolores, Córdoba. Allí, un grupo de trabajadorxs de origen boliviano, ayudados por el sindicato, formaron la Cooperativa Ladrillera Traslasierra y se convirtieron en fabricantes importantes de la zona.

Antes de que asumiera la nueva conducción dentro del sindicato, el trabajo precario también incluía a los trabajadores de las fábricas, que llevaban los fines de semana a sus esposas y a sus hijxs a trabajar —obviamente en una ilegalidad avalada por el patrón y por el sindicato— para producir más y más. Pero sobre todo, esa ilegalidad también incluía a las mujeres que tienen prohibido por convenio colectivo de trabajo trabajar en una fábrica. “La paradoja máxima del ladrillerx es no tener su propia casa hecha de ladrillo”, refleja Ana, que explica que existen barrios ladrilleros, en general, en zonas de mucha vulnerabilidad y a veces inaccesibles.

A medida que fue recorriendo el país, empezó a notar algo a lo que nunca nadie le había prestado atención: en los hornos familiares no era solo el varón el que realizaba el trabajo. Lo hacía toda la familia: su esposa, su madre, su hermana. Entonces, sí, había mujeres ladrilleras pero ellas mismas no se consideraban trabajadoras. “Cuando nos acercábamos a hablar con las compañeras ellas decían que ‘ayudaban’ en el emprendimiento, pero claramente ellas hacían la misma labor que los varones e incluso más, porque después cocinaban, limpiaban la casa, llevaban a los hijxs a la escuela”. Entonces Ana armó la primera reunión nacional de mujeres ladrilleras, inédita en la historia del sindicato. “Éramos alrededor de 30 mujeres de distintas provincias y sobre todo de la provincia de Buenos Aires. Ahí también nos dimos cuenta de que hay mujeres que son las cabezas de los emprendimientos familiares y también se acercaron esposas, hermanas e hijas de ladrilleros que toda la vida trabajaron junto a su familia y que empezaron a verse ellas mismas como trabajadoras”.

Ana cuenta con orgullo que el 8 de marzo, en la multitudinaria marcha, hubo una pequeña columna de ladrilleras. “La gente nos sacaba fotos porque no podía creer que existíamos. Y es que es verdad, estábamos totalmente invisibilizadas, incluso los varones dentro del sindicato estaban alterados, ‘para qué se juntan’ decían por lo bajo”. Pero hubo más: por primera vez también, en un paraje de Santiago del Estero hicieron una charla de género con las ladrilleras. “¿Sabés lo que fue en medio de la nada, en un pueblito recóndito juntar a mujeres y poder hablar por primera vez de nuestras problemáticas, de violencia de género? Es realmente un avance enorme poder hablar de estos temas dentro de un sindicato, con mujeres que están dentro de poblaciones vulnerables”.

Ana aprovecha y nos muestra una variedad de ladrillos que tienen en su oficina. Ladrillos que históricamente fueron sinónimo de trabajo de hombres y que ahora, ya no tanto. La idea misma de que hay trabajos masculinos se resquebraja y las ladrilleras tienen mucho que ver con eso.