Las pibas ya no se callan más, eso ya lo sabemos todes. Lo saben a quienes les gusta y a quienes no. Pero estas pibas, las que ingresaron al colegio secundario antes de la expansión masiva del grito por Ni Una Menos, en 2015, de la marea verde por el aborto legal y de la conciencia de derechos que fuimos adquiriendo con más fuerza en estos años, llegaron antes que esa consigna se impusiera. Llegaron al colegio sin el abrazo feminista que hoy nos da valor, marco y red para decir lo que piensan, cómo piensan, y expresar su deseo sin mediación. Pero en esos años transitaron una época más expuesta al machismo reinante durante tanto tiempo.

Hoy, las pibas, se salen del lugar de víctimas y se suben al estrado para cantar sus verdades. En los discursos de egresades 2016-2017, les estudiantes de distintos turnos del Colegio Nacional Buenos Aires, expresaron no sólo la gratitud y nostalgia de los años transcurridos, sino que denunciaron unas cuantas realidades que ya no quieren que sigan existiendo. En los discursos de cada turno, como  una opeación orquestada, repasaron los años de colegio dando cuenta en cada instancia de situaciones de violencia machista ejercidas contra ellas.

Con sus discursos, las pibas denuncian más que a un profesor de matemáticas que las saludaba con besos o les hacía notar el escote, o las preferencias de un preceptor que les perdonaba la falta si su culo era digno de mención. Subidas a la tarima que otorga autoridad a aquelles que durante años las sometieron a todo tipo de violencias por el solo hecho de ser mujeres y disidencias, como se definen, ahora ellas, con el poder que les da haber dejado de ser alumnes, y la lucidez del conocimiento, denuncian. Y lo hacen porque enfrentaron durante años la falta de respuesta institucional.

Dan nombres y comentan cada uno de los hechos por los cuales vivieron humillaciones y vejaciones: “Nos ofrece su servicio de masajes, evalúa junto a nuestros compañeros cuál es el mejor culo del año y les comenta “cómo se garcharía” a una de nuestras compañeras”; “ A sus favoritas nos pide que seamos “sus secretarias” o que le mandemos fotos de nuestras vacaciones por mail. A quienes no le agradamos nos denigra buscando complicidad con nuestros compañeros varones y haciendo comentarios sobre lo pronunciado de cierto escote”. Denuncian con nombre y apellido, como una luz roja de alarma que se les prendió, incluso sin herramientas teóricas en su momento, para saber que eso que estaba pasando no estaba bien. Y esa alarma que se transformó en bronca, lucha y denuncia, probablemente termine tomando, ahora que están juntas, que sí las ven y que pueden, el camino legal.

Las pibas lo hacen desde una voz colectiva. Les que hablan son ahora “les invisibilizades de siempre, les violentades, les acosades, les abusades, personas trans, gordas, putas, gays, lesbianas”, no es una con un episodio para poner sobre la mesa de disección para ofrecerse al debate público y su juzgamiento. No es otra que saca de un cajón de la ex-cómoda una bombacha sucia con una historia. En una voz colectiva que denuncia un sistema patriarcal estructural. Que refiere en este caso a la experiencia vivida en una institución determinada. Pero que no se les escapa: saben que estas prácticas se replican más allá de este ámbito en particular.

Y saben también que las pibas que cursan hoy llegaron con la calle asfaltada: las recibieron ellas con el puño cerrado y el pañuelo atado y ahora están unidas y organizadas: “Nuestras hermanas y compañeras que hoy habitan el Colegio son un ejemplo de lucha. Están transformando esta realidad con su rebeldía combativa. Nosotres no nos vamos a quedar atrás. Somos parte de la ola verde que va a arrasar con este sistema machista y patriarcal y que a ustedes los va a pasar por arriba si no son capaces de estar a la altura de nuestro movimiento”. Por sobre todas las cosas, quienes hablan desde ese lugar de prestigio reservado a los superiores, dicen “somos personas empoderadas”.

Mientras hablan, miran a sus compañeres, se miran entre ellas. Los ojos y la voz les tiemblan frente al silencio cerrado que tienen de audiencia. El Aula Magna es imponente y ellas, ahora, también. Algunes vieron a ciertas autoridades dejando el recinto. Parece insoportable para ellos escuchar los nombres de sus colegas, y saber que forman parte de un mundo y un modo de relacionarse que quedó en el pasado. Algunos no se presentaron: ninguno de los que las pibas nombran estuvo -¿casualidad?- ese día en la entrega de diplomas. Tampoco el Rector del Colegio. En el grupo de Madres y Padres Autoconvocados del CNBA, como siempre hay quienes las apoyan, quienes exigen denuncias penales -como si esta fuera la única vía, desconociendo los derechos de cada sujete para tramitar una situación abusiva cómo, cuándo y frente a quién lo prefiera-. Algunes padres y madres se organizaron para circular una carta que celebra la valentía de las estudiantes y solicita una investigación a las autoridades.

Cuando terminan, el aplauso es cerrado. Una mamá con una nena chiquita se va antes de que terminen. Algunos profesores no pueden disimular la incomodidad y el desagrado. “Exageran”, se escucha por lo bajo. El profesor que inicia la ceremonia se ataja con argumentos del tipo “estamos aprendiendo”: parece que supiera lo que se viene. Pero también hay muchas profesoras que se acercan y las abrazan y lloran con ellas. Les agradecen haber podido decir todo eso que ellas mismas desde su lugar docente padecieron y padecen. La línea entre profesores y alumnes se borra y se vuelve oblicua en la transversalidad feminista.

Lxs pibxs aquí eligieron la vía pública y colectiva. Y son clares en sus demandas. Exigen la implementación real de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI), con perspectiva de género para poder hablar también de consentimiento y de placer, “porque nos enseñaron a poner un preservativo en diapositivas pero nunca qué hacer si el varón nos insistía para no usarlo, o peor, si nos insistía cuando ellos querían tener relaciones y nosotras no. Y ni hablar de que nunca nos enseñaron a cuidarnos en una relación no heterosexual.” Exigen que se aplique el Protocolo de acción institucional ante las situaciones de violencia de género dictado en el año 2015; un Departamento de Orientación al Estudiante con psicólogues capacitades para acompañarnos en nuestro desarrollo y crecimiento personal, sin juzgarnos ni discriminarnos; una revisión de los programas de cada materia que se ajuste a los tiempos que corren y que incluya bibliografía feminista; una reforma en el Reglamento del colegio, que nos ampare, nos defienda, que fomente la igualdad y el respeto entre pares.”

El planteo abarca también la cuestión de qué significa a ser estudiante de un colegio de élite. Un colegio donde la selección podría decirse -y debatirse- es por mérito al estudio y no por suculentas cuotas o linaje familiar. Ellas lo saben. Ya egresadas, son mujeres, disidencias, estudiantes y trabajadoras. Son parte integrante de esta y otras comunidades e instituciones. Se saben parte de una población de privilegio, saben, y dicen, que las estufas de donde estudiaron no explotan y matan docentes como sucedió en Moreno. Saben que muchas veces los recursos son demasiado escasos como para pensar en cuestiones de género. Pero se saben también “hijas de la escuela pública”, y saben que el feminismo que queremos es uno que construye para todes, si no no existe.

En una voz colectiva que denuncia un sistema patriarcal estructural. Que refiere en este caso a la experiencia vivida en una institución determinada. Pero que no se les escapa: saben que estas prácticas se replican más allá de este ámbito en particular