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Les más jóvenes estamos atravesando una crisis de representatividad que trae como consecuencia el inminente avance neoliberal a nivel regional. Nos encontramos con respuestas apolíticas y desinterés, con pasividad y frustración.

A lo largo de 2018 el feminismo se consolidó como un sujeto político activo de relevancia nacional, tomando un rol protagónico en la discusión sobre la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, en el debate sobre la (no) aplicación efectiva de la ESI, en las diversas denuncias a varones famosos y no famosos de nuestro país, entre otros. En todos los escenarios el movimiento se mostró fuerte y unido, con un gran poder de movilización y un alto nivel de discusión política hacia la interna y hacia la externa. Una madurez que nadie esperaba para algo que parecía estar gestándose.

En estos tres años de gestión Mauricio Macri y sus secuaces no se cansaron de atacar a les más vulnerables. Desde un principio el oficialismo intentó instalar una política de individualismo y de “sálvese quien pueda”, la base necesaria para construir un modelo económico neoliberal.

Ese ajuste sólo cierra con represión y este sistema solo es posible con el acompañamiento furtivo de las fuerzas policiales. Desde que nos visitaron los mandatarios del G20 (y antes también) nos resulta natural encontrar un policía en cada esquina o ver un despliegue de miles de efectivos por el robo de un celular o delitos menores. Incluso nosotres, les más jóvenes, hemos sido testigues de persecuciones policiales cuyo único objetivo era amedrentar.

La calle, escenario histórico de las revueltas sociales de nuestro país es ahora el hábitat natural del movimiento de mujeres y disidencias, que copamos los espacios de discusión pero también los de movilización en todo el país. Nos apropiamos de un espacio que nos pertenece a les más vulnerables y le agregamos un sentido que compartimos desde siempre quizás sin saberlo. Porque la calle es nuestra trinchera y lo fue siempre, y no debemos confiarnos del “debate” que se da en las oficinas del Congreso o la Rosada porque nunca se consiguió nada esperando sentades en los despachos. Nuestros cuerpos hacen política nutridos por la necesidad.

En este momento histórico-político en el que la voz de las mujeres está siendo escuchada (por lo menos por una parte de la sociedad) es importante que apostemos a construir políticamente sin perder la estrategia que sostuvimos durante todo el año: la unión del movimiento para lograr terminar con las violencias explícitas y las que están más naturalizadas.

El 2019 es un año electoral en el que muchas cosas se ponen en juego y creo importante pensar estas elecciones con una lente feminista, entendiendo que somos las mujeres y disidencias las más violentadas en todos los niveles sociales y no vamos a permitir que se nos siga ignorando a la hora de elegir representantes.

Es innegable que logramos introducir en el debate público un derecho negado por el cual nadie parecía inmutarse. Es inocultable también que el posicionamiento de los políticos sobre este tema es ahora una herramienta electoral muy poderosa, sobre todo en les votantes que lo hacen por primera o segunda vez. Entonces, ¿cómo jugamos inteligentemente nosotres ahí?

Les más jóvenes estamos atravesando una crisis de representatividad que trae como consecuencia el inminente avance neoliberal a nivel regional. Nos encontramos con respuestas apolíticas y desinterés, con pasividad y frustración.

Les más jóvenes estamos atravesando una crisis de representatividad que trae como consecuencia el inminente avance neoliberal a nivel regional. Nos encontramos con respuestas apolíticas y desinterés, con pasividad y frustración.

Para lograr romper con eso tenemos que canalizar todas las pujas y reclamos sociales en propuestas políticas concretas: somos las bases las que debemos presionar a los dirigentes para que dejen de darnos la espalda y que reconozcan nuestras exigencias como las demandas de las nuevas generaciones. Por eso estamos a favor de la IVE y la implementación de la ESI, y por eso rechazamos las reformas laborales y educativas que precarizan nuestro futuro.

Exigimos que nos reconozcan no solamente como cupo femenino sino como la dirigencia que realmente somos.

El avance histórico del proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo el año pasado no es producto de una revolución en la clase política, es el resultado de años de invisibilización y silenciamiento contenido hasta que la presión no dio para más. Que estemos discutiendo esto ahora y que sea uno de los temas de los que los políticos tienen que hablar nos da la razón en una cosa: el aborto legal seguro y gratuito tiene que ser ley. No es un capricho, es una necesidad de este movimiento que nadie nos tiene que explicar cuán necesaria es: porque las niñas tienen que ser niñas, las adolescentes adolescentes, las mujeres mujeres y madres solo las que elijan serlo. Porque se trata de la autonomía de nuestros cuerpos, y por lo tanto de nuestras mentes. Porque es otra de las razones por la que no somos ciudadanas plenas y libres. Porque es la voz de las mujeres del pasado que se murieron luchando y porque es la voz de las mujeres del presente, que no nos cansamos de exigir y venimos a coparlo todo.

Habernos callado durante tanto tiempo les trajo beneficios, pero ahora únicamente les traerá pesadillas, porque sin querer desataron un mar de reclamos y nos dieron el lugar para contarlos. Y nos van a tener que escuchar.