El feminismo siempre es exceso. Jamás el partidismo podría atrapar el feminismo porque aunque este impregna programas y teorías políticas, también los excede con su obstinación contra los poderes instituidos. Incluso si un partido feminista llegara al gobierno, el feminismo no estaría ahí satisfecho. Porque hay muchos feminismos y porque estos extienden su utopía cada vez que pueden, reinventan quiénes son sus sujetxs, cuáles sus demandas, cómo es el mundo que planean construir. No porque el feminismo vaya intentando estrategias cada vez hasta encontrar al fin la clave, sino porque por definición es exceso de voluntad de transformación y sospecha. Incluso de sí.

Estamos discutiendo poder feminista. No todo feminismo crece enmarcado por las estructuras de las organizaciones y partidos, pero una parte de él sí. Hablamos de la consustanciación del feminismo con la política tradicional no solo por la evidente indistinción entre la agenda económica, la agenda social y la agenda más clásica del feminismo, sino especialmente porque en los últimos años el feminismo ha logrado constituirse, por su propia fuerza, como un actante político protagonista de la escena. Y esto es así más acá y más allá de la política.

No son colores

Cristina Fernández, la última presidenta y candidata deseada por un Frente tenso, hizo hace pocos días una solapada alusión al feminismo, a sus debates actuales y a sus banderas. En el discurso de CFK rastreamos fragmentos que resultan interesantes para pensar desde el feminismo los nodos de su intervención y las consecuentes respuestas en medios y redes.

Cristina Fernández de Kirchner dijo:

  •  “Acá no se produjo el fenómeno de Brasil”;
  •  “Un frente en el que se agrupen todos los sectores que son agredidos por el neoliberalismo, que no es de derecha ni izquierda”;
  •  “No puede haber divisiones entre los que rezan y los que no”;
  •  “En nuestro espacio hay pañuelos verdes, pero también hay pañuelos celestes y tenemos que aprender a aceptar eso sin llevarlo a la división de fuerzas”.

La alusión a los pañuelos ha sido la más comentada de las intervenciones del discurso de CFK, especialmente criticada por feministas y no kirchneristas. Sobre todo por la desnudez de la frase, desprovista de la compleja trama de la opresión que denunciamos. La perspectiva que esta frase evidencia sólo es posible leerla en el contexto de su discurso y de la región.

Cristina Fernández no viene de una militancia feminista, ni se reivindica como tal, pero recoge del aire de la época algunas de las causas más urgentes del feminismo, como lo hizo durante sus gobiernos, cuando fueron promulgadas leyes que para el amplio movimiento feminista son consideradas banderas. Pero tomar agenda de las feministas también lo ha hecho el gobierno del “feminista menos pensado”, con menos suerte y más hipocresía. El acceso al aborto como un derecho es una de las demandas recientemente incorporadas por CFK después de no habilitar su discusión en el parlamento durante los doce años que el kirchnerismo estuvo en la cima del poder estatal, aunque haya avanzado en garantizar el acceso a los abortos permitidos desde 1921.

La Interrupción Voluntaria del Embarazo es quizás la demanda del feminismo sobre la que menos diferencias hay hacia adentro: con más o menos presencia estatal, todxs coincidimos en que el aborto no puede seguir siendo inseguro, ilegal, clandestino. E incluso es una demanda del movimiento de mujeres que no se identifica feminista. CFK recoge la bandera (simbólica, nunca el pañuelo al cuello) sin dejar caer nada en el camino.

Apoyar el aborto, hacia adentro del feminismo, es todo ganancia. Pero hacia afuera no. Afuera hay pañuelos celestes. Y entre ellos los sectores denominados antiderechos, con sus posverdades y un solapamiento de fuerzas que más gana cuanto más privaciones causa. Y ahora sí emergen las diferencias, pañuelos verdes (metonimia del feminismo) y pañuelos celestes no son equivalentes. ¿Será que los pañuelos celestes que ve Cristina Fernández no son los mismos que vemos las feministas?

“Los celestes apoyan el femicidio de Estado bajo la forma de la clandestinidad del aborto y están en contra de los derechos de las mujeres, son chupacirios, con esos no hay transa posible”, dice alguien en internet. Reflexiones similares hacen/mos profesionales de las ciencias sociales, periodistas, analistas: el pañuelo celeste es el límite porque intenta quitar libertades a otro sector. Ahora, ¿CFK apoya el aborto clandestino mortal, pasa por arriba esa crueldad nodal denunciada y morigerada por la praxis feminista contemporánea (y ancestral)? Pareciera que no. Cristina Fernández no ve en el celeste lo mismo que vemos las feministas. Si lo hiciera, no se podría entender cómo minutos antes de proponer la convivencia de los pañuelos haya dicho que “acá no se produjo el fenómeno de Brasil” o que la diferencia entre Brasil y la Argentina es “la desinhibición de Bolsonaro”. CFK no lee que pañuelos celestes y neofascismo podrían ser lo mismo. Tampoco lee que jerarquía eclesiástica y obstaculización de los derechos de disidencias sexuales, mujeres, indígenas, migrantes, podrían ser lo mismo. Porque Cristina Fernández no proviene de una militancia centrada en el feminismo, aunque considere al feminismo como un actante político clave, aliado, inspirador.

El feminismo llegó para quedarse

El discurso de CFK evidencia un síntoma que emerge desde la irrupción de Ni Una Menos en 2015: la subestimación del feminismo por las estructuras partidarias. Las manifestaciones masivas sorprendieron a quienes históricamente desestimaron esa fuerza callejera, federal, diversa, transversal, construida año a año en la teoría y en la práctica en los Encuentros Nacionales de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans; y en tantos otros espacios. El feminismo se incorpora por partes, con demandas puntuales: el cupo laboral, el aborto, la educación sexual, entre otras, pero no hay un intento de asimilar la interpretación holística del mundo que realiza el feminismo. Aunque fuera imposible.

El feminismo está en la boca de todxs por derecho propio. El tajo en el patriarcado que significó Ni Una Menos en 2015 y la tenacidad militante de 2018 por el derecho al aborto, con notable presencia callejera, permitió que el feminismo/los feminismos se colaran y se fortalecieran en todos los ámbitos. Decimos que el feminismo arranca derechos, impone agenda, obliga al poder a tomar sus demandas con la fuerza de las calles. ¿Y el movimiento antiderechos no? ¿No logró inventar identidad en pocas semanas, un discurso en medios de comunicación, referentes? Si consideramos que la incorporación en la agenda de los espacios políticos más poderosos responde a la argucia y la fortaleza de las feministas, debemos hacerle ese reconocimiento a los grupos reaccionarios, aunque no tengan legitimidad. La reacción al feminismo popular reúne a los sectores más recalcitrantes y poderosos de antiderechos y a una base popular. ¿Son todxs neofascistas? ¿Todos fueron engañadxs por iglesias que quieren poner a mujeres a parir sin límite? “Ellos tienen la plata”, suele decirse como explicación del rotundo éxito de la campaña contra la legalización del aborto. ¿El feminismo no tiene plata? ¿Somos capaces de reconocer que subestimamos su fuerza, su capacidad de organización, su raigambre popular?

Llegadas a este punto, es legítimo preguntar: ¿dónde está el declamado feminismo del espacio nacional, popular, democrático y feminista? La respuesta llega del lado de algunas autonomistas que recuperaron la teoría de la mujer decorativa: cualquier feminista que hace frente con no feministas está siendo usada y no es feminista. O es una feminista decorativa, como Juliana Awada vestida de gala. Más por menos, menos: con una lógica más matemática que paradojal.

La diversidad llamada pueblo

La dicotomía entre verde y celeste leída desde las “nuevas categorías” que llamó a construir la ex Presidenta, es inválida. Una dicotomía implica un par que muestra dos elementos excluyentes: los dos elementos juntos no pueden estar. Desde los feminismos se intenta implosionar esas categorías binarias y dicotómicas porque son las mismas que nos recluyen al ámbito de lo privado y a los varones a lo público. Las dicotomías en el pensamiento occidental siempre están sexualizadas.

No son equivalentes, no son lo mismo, pero tampoco son opuestos si lo que prevalece es un sentido de lo popular. Y el feminismo sabe de esto: es un movimiento de abajo hacia arriba pero también hacia los laterales. El eje de lo popular ordena el mapa de la propuesta de Cristina Fernández para el 2019, un mapa al que los feminismos deben recurrir si quieren que en la cartografía realizada desde el poder estatal esté presente su mundo. Remarquemos que es la propuesta de la ex Presidenta y no el mundo (el mapa no es el territorio), es sólo y nada menos que la propuesta de CFK. El feminismo excede el dibujo que hace sobre la arena, entra por partes. Ahora, el mismo mapa limita también las expectativas de los actores políticos religiosos: “no importa si rezan o no”, dijo: lo que ordena es otra cosa. Así como Lula acordó con evangélicos para ganar (el vice José Alencar era evangélico), hay muchxs evangelicxs que ayudan a abortar (lxs creyentes no son las jerarquías de las iglesias). No hay identidades puras en ningún lado.

Lo que parece preocupante, más allá de la lectura comprensiva que como feministas podemos hacer del momento político desesperante, es la subestimación del movimiento antiderechos a nivel mundial y en especial en la Argentina. Y, en ese contexto, llamamos la atención en particular sobre la utilización del feminismo como enemigo, una amenaza que hay que eliminar, controlar, sobre el que este gobierno ensayó la primera gran represión, con detenciones al boleo. La doctrina de las nuevas amenazas, la categoría terrorismo usada sobre lxs activistas sociales y su criminalización, la militarización de las policías y los territorios se ensambla a la perfección con la alianza entre antiderechos y neoliberalismo. El discurso fascista inscrito de forma implícita en las campañas “con mis hijos no te metas” o contra “la ideología de género”, un discurso con cada vez más adeptos, debe leerse como pieza indisoluble del armado regional contra los populismos latinoamericanos. El plan se nos hace evidente a las feministas. Por este diagnóstico urgente es que el feminismo y las feministas no pueden quedar por fuera de la política partidaria, no puede ser subestimada su fuerza, no puede ser reducido a un color, como tampoco puede subestimarse el fascismo, ni reducirse a un color. Es hora de complejizar, no de retirarnos hacia las dicotomías.

La pregunta que recorre las redes y los espacios del feminismo se disparó luego de la presentación del Frente Patria Grande. ¿Van ellas a descolgarse el pañuelo verde para convivir con alguien que se (des)colgó el pañuelo celeste? La respuesta puede adivinarse: Néstor no dejó los principios en la puerta de la Casa Rosada, las feministas kirchneristas y no kirchneristas de la primera hora que se incorporaron a ese Frente tampoco lo hacen. El llamado a convivir con antiderechos dentro del espacio popular que lidera CFK fue respondido con alarma por feministas autonomistas, de izquierda o peronistas. Incluso por no feministas. ¿Acaso la decepción radica en que pensaban votarla? ¿Ahora que dijo que tolera antiderechos en su espacio no la votarán? ¿Dejarán o dejaremos de votarla porque reconoce la existencia del pañuelo celeste como actor político, porque desconoce sus raíces y consecuencias? ¿Qué opciones políticas se plantean?

El razonamiento que puede encontrarse en algunos textos es claro: si feministas conviven con antiderechos dentro de un espacio político, quiere decir que nuestras demandas, denuncias, deseos y derechos serán secundarios. Quedará para mañana, luego de curar las heridas socioeconómicas, el asunto de los derechos sexuales y reproductivos de la población. Y, frente a esto, nadie que se diga feminista debería tolerar esta postergación. Pero temer así es desconocer el feminismo popular y subestimar a las feministas. En la Argentina el movimiento feminista organizó tres huelgas generales para dejar clara la relación entre orden social, económico y opresión de género. Reclamamos derechos sociales y laborales a la par que derechos sexuales. No están en planos escindidos y por lo tanto, no podemos separar nuestra agenda política de la agenda económica de los gobiernos.

Por eso cuando CFK propone “un frente en el que se agrupen todos los sectores que son agredidos por el neoliberalismo, que no es de derecha ni izquierda”, es necesario el ejercicio de confrontar con nuestras propias tensiones. No alcanza con una invitación. El proceso de construcción opositora hacia 2019 debe incluir en esos espacios la perspectiva feminista en términos estructurales.

No somos necias. Si hubiera salido el aborto durante el gobierno de Macri sin cambiar las estructuras productivas y de dominación, íbamos a festejar -porque era nuestra conquista-. Pero sin soltar las demandas por una agenda más compleja, porque con el aborto legal no se resuelve el sistema patriarcal, no se resuelve la brecha salarial, la educación sexual, el acceso a la salud, la división sexual del trabajo, las violencias machistas, el odio de género, el odio racial, el odio a las disidencias corporales, a las personas que migran, no se suspende nuestro feminismo anticapitalista, antirracista, antifascista. Siempre el feminismo será exceso.