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Al día de hoy ante las cuestiones de género Greenpeace sigue fallando, y las denuncias que han surgido son más bien vistas como una crisis de comunicación que como una falencia interna, propia de la cultura organizacional.

Ahora va a ser como una cortadora de césped, donde crezca el disenso lo sacamos de raíz “, graficó el director Ejecutivo de Greenpeace Andino (Argentina, Chile y Colombia), Martín Prieto, en 2014 luego de la desvinculación de tres mujeres que ocupábamos puestos clave en la oficina de Buenos Aires, Santiago y Bogotá. Y cumplió. Luego otras tantas fueron despedidas o invitadas a renunciar.

Cuando ese 16 de octubre de 2014 entregué mi telegrama de renuncia en un correo de Chacarita sentí una sensación de alivio que me recorrió todo el cuerpo. Caminé hasta mi casa, en el barrio porteño de Belgrano, atravesada por la contradicción de estar dejando el mejor trabajo que podía haber tenido (y soñado) en el peor lugar posible: Greenpeace Argentina.

Sólo una vez pasadas las semanas me di cuenta de que había sido víctima de una estrategia de “limpieza” a las que nos tenía acostumbrados Martín Prieto. Estas “razzias” fueron moneda corriente en sus casi 23 años al frente de la organización. Prieto moldeó a su antojo a la organización por estas latitudes, teniendo para ello protección a nivel local e internacional.

Hacia el año en el que renuncié era Directora de Campañas y ya había pasado por la Dirección Política. La única mujer en un directorio de siete conocido como el “Club de los machos”. La primera en llegar a esa posición. Un año antes había frenado el despido de una empleada del área de Comunicaciones que iba a ser desvinculada porque hacía manifiesto su padecimiento debido al acoso laboral y sexual de uno de los directores. Martín Prieto había decidido echarla. Me opuse. Luego promoví la redacción y firma de una carta colectiva para que un grupo de al menos 14 personas hicieran un reclamo formal a la organización por los abusos de poder del mismo director que Prieto protegía.

Meses más tarde, el Director Ejecutivo me informó un cambio en mi descripción de tareas. Las decisiones más importantes del área que lideraba pasaban a manos del resto de los directores, todos varones, sin experiencia para esas tareas. Tomaron mi puesto y se lo repartieron.

Antes de ello y durante varios años muchas de nosotras habíamos sido víctimas de la violencia misógina con la que Prieto impregnó a la organización. A nuestras argumentaciones sobre temas de campaña o estrategias de acción contestaban con chistes machistas, comentarios sobre nuestros atributos físicos, nuestra vestimenta o nuestras reacciones de “locas”. También nos mandaron al psicólogo.

Muchas fuimos sorprendidas en viajes de trabajo por el Director Ejecutivo en calzoncillos o desnudo, sólo cubierto con una toalla, en la puerta de nuestras habitaciones; o tuvimos que ser testigos involuntarias de su adicción por el cine porno a todo volumen en una oficina de planta abierta, entre otras particularidades. Otras fueron víctimas de difamaciones cuando los miembros del Club de los machos contaban sus aventuras sexuales en la oficina.

Pero ese último tiempo, el descuartizamiento de mi posición en la organización generó la resistencia por parte de lxs miembrxs de mi área, especialmente de las mujeres más combativas, lo que representó un desafío a Prieto, que siempre fue por más. El desgate al que fui sometida para que me fuera de la organización dio resultado, y en julio de 2014 decidí renunciar. Las mujeres de mi equipo me pidieron que resistiera un poco más, para que pudieran buscar nuevos trabajos en los que rehacer su vida laboral. Si bien asentí, no pude cumplir con mi promesa. Solo unos meses más tarde descubrí, mediante una amenaza por correo electrónico, que Prieto había accedido a mi cuenta de correo personal y estaba haciendo uso de mi correspondencia privada y de la de mi familia. Decidí irme. Luego esa correspondencia fue hecha pública por Prieto.

Como dije renuncié, mejor dicho: fui obligada a hacerlo. Pero no me fui sola. A una semana y con una diferencia de 10 minutos, Consuelo y Lorena –ambas coordinadoras de campañas- fueron despedidas. Hicieron frente a Prieto, desafiaron al Club de los machos y dejaron en evidencia el acoso y el hostigamiento al que éramos sometidas, lo que les costó el puesto. Un mes más tarde se fue Ana, asistente del área de Campañas y luego Daniela de Administración.

Meses después, despidieron a Cecilia, Victoria, Elizabeth e Ingrid. Ninguna de ellas fue echada con causa, y menos por mal desempeño profesional. Fueron separadas de sus cargos por cuestionar, por preguntar, por ser “poco confiables”, por ser disidentes, por no ser sumisas, por no sonreír ante el atropello, por tener “cara de culo”, por cuestionar la tilinguería con la que los hombres manejaban la organización, o por ser “promiscuas”. Todo ello agravado por el hecho de ser mujeres.

Al día de hoy ante las cuestiones de género Greenpeace sigue fallando, y las denuncias que han surgido son más bien vistas como una crisis de comunicación que como una falencia interna, propia de la cultura organizacional.

Al día de hoy ante las cuestiones de género Greenpeace sigue fallando, y las denuncias que han surgido son más bien vistas como una crisis de comunicación que como una falencia interna, propia de la cultura organizacional.

El pasado 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer, algunas de estas ex empleadas empezamos a denunciar por redes sociales la hipocresía de la organización que cambió por un día su nombre de Greenpeace a Purplepeace y el verde por el violeta. Nuestras vivencias no pudieron hacer la vista gorda. Luego otras mujeres se nos sumaron y ex compañeros hombres nos apoyaron.

Nuestras denuncias públicas han tratado de ser minimizadas pero no han podido ser desmentidas, simplemente porque son verdad y podemos probarlo. La excusa de la organización es la adopción a partir de 2015 de un protocolo a nivel internacional, que es implementado por los acusados y quienes los protegieron. Pero muchas de las mujeres despedidas que mencioné salieron de la organización con el protocolo ya en vigencia, en los años 2015, 2016 y 2017.

Al día de hoy me sigue sorprendiendo que la organización no reaccione y no caiga en razón de que la defensa a ultranza que hace de misóginos como Martín Prieto lleva a Greenpeace a exponer a sus propias empleadas y a degradar su “bien más preciado”: la causa ambiental.

Los tiempos han cambiado, Greenpeace todavía no.