Por: Fotos: Amanda Huerta Morán

El estribillo de la música, compuesta por Seu Jorge e inmortalizada en la voz de la cantante Elza Soares, fue una de las palabras de orden que se entonaron el pasado jueves 15 de marzo en el Obelisco, en la vigilia organizada por el Colectivo Passarinho en homenaje a Marielle Franco, la concejal brasileña brutalmente asesinada la noche anterior en la ciudad de Río de Janeiro. El grupo era formado en su mayoría por brasileños radicados en la capital porteña, y compartió su duelo por la pérdida de una activista tan importante, líder incuestionable, incansable defensora de los derechos humanos, una de las más destacadas voces de la izquierda brasileña actualmente. Las mujeres, la mayoría negras como Marielle, fueron las que alzaron sus voces en el acto, honrando la memoria de la mujer que hizo de su cuerpo un instrumento político.

Marielle había sido la quinta concejal más votada en las elecciones del 2016 en Rio de Janerio por el partido Socialismo y Libertad (PSOL). Socióloga y magíster en Administración Pública, era presidenta de la Comisión de la Mujer de la Cámara Municipal de Concejales de Río de Janeiro y había sido nombrada hace pocos días relatora de la comisión recién formada para fiscalizar las operaciones policiales en el marco de la intervención federal en el Estado. Era declarada opositora a esta intervención militar, que a pocas semanas de haber sido implementada, ya cobraba alto precio a la población negra: el aumento brutal de la violencia policial, corroborada e impulsado por el Estado, y que Marielle había denunciado pocos días antes del crimen. Su asesinato se da en el marco de un Estado de excepción, en un profunda crisis política, económica y social, en que la brutalidad policial y la violencia institucional forman parte del dia a dia de la ciudad, de manera mucho más intensa en los suburbios y la favelas, muy lejos de los barrios ricos de las elites.

El crimen ocurrió cuando Marielle volvía la actividad “Jóvenes Negras moviendo las estructuras”, una ronda de charlas centrada en la lucha de las mujeres afrodescendientes por el avance de sus derechos y para la construcción de una sociedad más igualitaria. El auto en que viajaba la concejal recibió al menos nueve disparos, que alcanzaron también al conductor, Anderson Pedro Gomes, quien es también otra víctima de un país en crisis: había empezado a trabajar como chofer hacía poco tiempo para mantener su família, ya que su mujer es funcionaria pública del Estado de Rio de Janeiro, estado que ha decretado falencia en junio de 2016 y no paga regularmente el sueldo a sus funcionarios desde entonces.

La velada fue marcada por la emoción. Carteles, fotos y flores fueron depositados en el monumento, uno de los símbolos de la capital porteña. Hubo música, poemas, abrazos apretados y lágrimas, muchas lágrimas, en una especie de catarsis colectiva, tan necesaria para lidiar con el horror del inesperado hecho. La sensación compartida era de que con Marielle se fue también un pedazo de cada una de nosotras: mujeres, mujeres negras, activistas, que estamos en la base de la pirámide social tanto en Brasil como en la Argentina. Vulnerables, no por ser frágiles, sino por la deshumanización sistemática perpetrada por el Estado hacia los cuerpos negros, que son los cuerpos que desde la esclavitud son desechables, cuerpos marcados por el color de piel equivocado, constituidos como los “otros” que que deben ser eliminados, las mayores víctimas de la violencia institucional y policial.

Los discursos, entrecortados por el llanto, hicieron referencia a sus luchas y a lo que Marielle, una mujer negra, favelada, bisexual, activista, representaba para el movimiento de mujeres negras en el país. Marielle movía estructuras, era la voz de aquellas que históricamente no tenían voz, masacradas por un Estado racista, machista, clasista como es el brasileño. Ella era la esperanza de que un otro mundo era posible, de que un otro tipo de sociedad, más diversa, inclusiva, con justicia social y ciudadanía plena, podría ser construída. Marielle era la mujer que defendía la necesidad de hacer una política pública cualificada para proteger las mujeres negras. Ella era la que defendía otra manera de hacer política.

El genocidio de la población negra está en curso desde hace mucho tiempo en el país. El índice de feminicidios de las mujeres negras subió un 22% entre los años 2005 y 2015, mientras el de las mujeres no negras (que incluyen a las mujeres blancas, asiáticas y originarias) cayó un 7,4%. La  carne más barata del mercado sigue siendo la carne negra, la carne de las mujeres negras. Cuando logramos alcanzar cierta representatividad, el sistema trata de hacernos acordar que aquel lugar no es para nosotras, que no somos bienvenidas. Una mujer con voz, libre, que era agente de transformación social era demasiado osado. La ejecución, brutal, fue una especie de aviso, alerta. Pero, a pesar del miedo, del horror, del choque NO NOS CALLARÁN. Las mujeres negras unidas en la militancia, en el activismo, resistimos. Resistimos por el derecho a existir y a vivir plenamente, resistimos para preservar la vida de los nuestros, resistimos porque no nos queda otra. Nuestras vidas son de lucha, nuestros cuerpos son políticos, nuestra voz resonará tan fuerte que será imposible que no nos escuchen. Como bien  dijo Marielle en su última declaración pública en la Cámara de Concejales de Rio de Janeiro, por ocasión del 8 de marzo, “nós estamos no processo democrático, vai ter que aturar mulher negra, trans, lésbica, ocupando a diversidade dos espaços”. Fue aplaudida efusivamente.

 

*Licenciada en Historia (UNIRIO, Rio de Janeiro) y Comunicación Social (FACHA, Rio de Janeiro), tiene posgrado en Fotografía – Imagen, Memoria y Comunicación por la Universidade Candido Mendes de Rio de Janeiro y es alumna de la Maestría en Estudios y Políticas de Género de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) en Buenos Aires. Brasileña, afrofeminista, activista e integrante de la Asociación TeMA – Tertulia de Mujeres Afrolatinoamericanas.