Se cumplen 500 días desde que Milagro Sala, dirigente de la Tupac Amaru y diputada del Parlasur por Argentina, está detenida en el Penal de Alto Comedero en Jujuy. El Grupo de Trabajo de Detenciones Arbitrarias de Naciones Unidas dijo el 21 de octubre del año pasado que el gobierno debía liberarla “de inmediato”, pero ella sigue presa. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) también pidió una respuesta urgente y anunció que la visitará en el encierro. La Procuradora General de la Nación, Alejandra Gils Carbó, dijo que la detención era “ilegal y debe ser dejada sin efecto”. La Corte Suprema de Justicia de la Nación tiene que resolver sobre el caso.

Cada día que pasa es un día más que el gobierno argentino de Mauricio Macri incumple con sus compromisos internacionales. Cada día de encierro es un día más que las piezas de una organización liderada por una mujer -y con muchísimas más mujeres que varones en su base- se desparraman como un rompecabezas frente a la persecución política y judicial que lleva adelante el gobierno de Gerardo Morales desde que asumió al frente de Jujuy.

La detención de Milagro es disciplinamiento, un castigo patriarcal al entramado de sororidad que motorizaba al movimiento social más grande de todo el país. Con Milagro están encerradas otras cuatro mujeres, su circuló de confianza política y trama afectiva: Gladys Díaz, Mirta Aizama, Graciela López y Mirta Guerrero. De lxs 12 presxs políticos de la Tupac Amaru, en todo el país, la mayoría son mujeres: un total de 9. No es un dato menor.

La Tupac Amaru creó 8.000 viviendas en Jujuy, 4 escuelas y centros de salud y recreación. Y dio fuentes de trabajo para 4.600 personas. Los números ya enuncian un derrame de derechos pero mirarlos desde una perspectiva feminista dicen mucho más.

“Un número significativo de lxs obrerxs fueron y son mujeres, gran parte de las cuales no habían tenido hasta el ingreso a la Tupac experiencia previa en albañilería, herrería y construcción”, relata Melina Gaona en su tesis de doctorado en comunicación “Experiencia, ciudad e identidad en torno a la organización barrial Tupac Amaru de San Salvador de Jujuy” de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

Las obreras de la Tupac aprendieron a levantar paredes, a hacer el revoque grueso y fino, a preparar las mezclas de cemento, a zarandear de arena, a colocar cerámicos y cielorrasos de machimbre, a realizar las instalaciones eléctricas, de gas y cañerías, a armar los estribos y las armaduras de hierro para las casas, a construir los bloques de cemento, el armado de la carpintería metálica, y la pintura de las viviendas, entre muchísimas otras tareas.

Sus testimonios repiten historias calcadas: muchas se acercaron a la organización en busca de ayuda para salir de una situación de maltratos de sus parejas varones. La Tupac Amaru brindaba asesoramiento jurídico gratuito, el mismo que tiene que estar garantizado por el Estado Nacional tras una ley aprobada en 2015 pero que aún no fue puesto en marcha. Encontraban ese acompañamiento y podían salir del círculo de la violencia gracias a la vivienda y el trabajo. Sus historias son clave para entender la importancia de la autonomía económica para combatir la violencia machista.

Muchas embarazadas, madres solteras, analfabetas, ex detenidas, mujeres con problemas de salud (como sobrepeso) y “en un rango de edad que no entra dentro de los requisitos que se exigen habitualmente en el universo laboral privado” encontraron en la Tupac un espacio de empoderamiento. Muchas pudieron reconocerse lesbianas después de sumarse al movimiento. La Tupac fue la encargada de organizar la primera Marcha del Orgullo en Jujuy. La diversidad tenía su reconocimiento.

Una organización liderada por una mujer donde muchas ocupaban cargos jerárquicos como presidentas de cooperativas y encargadas de obras. Algo que no ocurre en el ámbito laboral, en la acción sindical, y en el trabajo popular y comunitario. Los hogares del barrio principal de la Tupac en Alto Comedero, el denominado “Cantri”, era empujados por mujeres solteras, viudas o separadas con hijos. El trabajo de Gaona relevó que de 35 hogares, 20 tenían esta composición monoparental y femenina.

La primera causa contra Milagro fue por instigación al delito y tumulto. La detuvieron por protestar en un acampe frente a la gobernación de Morales. Después de esa, aparecieron una decena de causas judiciales más. Asociación ilícita, extorsión y fraude a la administración pública son algunas de las acusaciones que pesan contra ellas y el resto de lxs presxs políticas. Un lenguaje judicial que no explica la complejidad que emerge cuando un movimiento social se vuelve administrador de trabajo, bienes y servicios.

La detención de la líder de la Tupac evidencia que el derecho a la protesta está en riesgo. Entonces, la herramienta del feminismo para exigir por aquello que precariza nuestras vidas está vulnerada. Hasta que recupere la libertad, la causa de Milagro deberá ser la causa de todas las mujeres luchadoras. Defender a Milagro es defender la organización entre mujeres.

 

Foto: Mariana Leder Kremer Hernández