Por: Fotos: Eduardo Sarapura/Tiempo argentino

¿Qué lugar nos proponen las escenas del gobierno de Mauricio Macri? En América Latina el paradigma neoliberal entra en una zona crítica con la emergencia del Movimiento Zapatista, en 1994, o con la victoria de Chávez, en 1998. A partir de entonces se abre un ciclo de impugnación al orden neoliberal, que hoy sabemos no está definitivamente negado, pues volvió con más matices recargados. A los años neoliberales le siguieron experiencias políticas destacables, que creo no logramos apreciar socialmente en sus múltiples dimensiones y densidades, encarnadas por gobiernos distintos: progresistas, reformistas, algunos; revolucionarios otros: Venezuela y Bolivia, concretamente, que por otra parte hoy son los focos de resistencia latinoamericana del siglo XXI.

La experiencia revolucionaria boliviana encontró un desprendimiento en una de las zonas más periféricas de la Argentina: Jujuy. Allí, Milagro Sala, con una suerte de archipiélago social, por medio de una organización como la Tupac Amaru, a escala local, activó una lucha fragmentada que buscó apuntalar, aquí, el curso seguido por la revolución andina encarnada en la inflexión étnico-cultural de la vertiente indígena-sindical de Evo Morales e intelectual-blanca de García Linera. Esa acción transformadora fue interrumpida por la detención ilegal que se llevó a cabo en la Argentina, en enero de 2016, a pocos días de la primera inflexión del cambio y que marcó el comienzo del Estado de excepción en este país.

La Tupac significa/ba un modo de reparar un desequilibrio etnorracial y de clase (la larga noche de los 500 años) que pesaba sobre las clases laboriosas de la sociedad jujueña. En tanto fenómeno social trató de resolver las injusticias engendradas por el capitalismo a escala provincial. Impulsó formas de participación política que cruzaban ribetes distintos: anarquistas, por la inflexión asamblearia, la distribución de los recursos y el empoderamiento popular; también había una forma lejana del ayllu; y creo que también, y tal vez sobre todo, formas de participación tendientes a absorber algunas funciones monopólicas del Estado provincial en el seno de la sociedad civil. Produjo iniciativas capaces de disminuir (que no de suprimir) la lógica del valor de cambio como modo de acceso a las riquezas materiales. Esa lucha abierta que emprendió Milagro/Tupac, suspendida entre un capitalismo no superado y un comunismo por venir, la podemos nombrar como socialismo comunitario (es el arcón de Marx). Un estado de fluidez social que contiene dos momentos: al propio capitalismo y también a las luchas económicas y políticas que lo niegan de manera práctica.

Con la detención de Milagro, el Estado provincial y el nacional no trataron de frenar ni de perseguir la corrupción kirchnerista en una de las latitudes más periféricas de la Argentina. Buscaron instalar el primer momento de un Estado de excepción que vemos desplegado en estos días, en la segunda etapa de ofensiva macrista, e interrumpir una lucha descarnada y abierta entre capitalimo y comunismo que estaba en su fase de socialismo comunitario.

Milagro deja en evidencia el ciclo de actuación gubernamental iniciado por el macrismo, su Estado de excepción, que como tal pone en crisis el estado de Derecho. En el centro de esa sedimentación está la construcción de un enemigo interno y repugnante –“antiestético”, lo contrario de lo cool– para articular la excepción. A ese enemigo se lo persigue con espectacularidad, se lo exhibe penándolo sin juicio previo ni respetando las formas mínimas de la humanidad en el medio de operaciones bruscas, grandilocuentes y performáticas. Fragilización y vulnerabilidad extrema del enemigo (personas apresadas en pijama, descalzas: es una escena repetida) por un lado; y por el otro megaoperativos mediáticos que si pretenden algo es fijar en nuestras retinas cómo recordaremos este presente. Es una (per)formación de la memoria futura.

¿Qué le hace a nuestros ojos la performatividad macrista? Ahí está el afán de definir un enemigo interno que permita recuperar una versión siglo XXI de la Doctrina de Seguridad Nacional: Milagro, el RAM mapuche, entre otrxs. ¿Recordaremos algo más de estos días, algo que no sean obscenidades, venganzas, formas de la humillación concentradas en fotogramas y secuencias televisivas masivas, repetidas al infinito durante el curso ininterrumpido de la vida ciudadana? Panem et circences: una práctica de gobierno: el circo (teatro y ficcionalización) de la detención que interpela pasiones arcaicas para velar la segunda fase de la ofensiva macrista que empezó luego de las elecciones de medio término.

La administración de Justicia implica la demostración de hechos verídicos. En la Argentina actual hay cada vez menos pruebas que acusaciones, más pistas falsas y retaceo de información o negación de responsabilidades por parte del Gobierno, que  investigaciones imparciales. ¿O acaso sabemos qué pasó con la desaparición y posterior aparición sin vida de Santiago Maldonado? ¿Y a Milagro qué le probaron en casi dos años de gobierno sino que tiene denuncias? En el ciclo que abrieron con Milagro hay que situar a los dirigentes sindicales amenazados, a los miembros del Poder Judicial y de los Ministerios Públicos perseguidos con las amenazas de la remoción o del juicio político, asediados o removidos por discrepancias ideológicas (con esto se oblitera la independencia de un poder del Estado). Ciclo que incluye también ex ministros y un ex vicepresidente, maestrxs hostigados por hablar de derechos humanos, científicxs sin lugar en el CONICET, universidades públicas amedrentadas cuando garantizan un derecho: el de estudiar y formarse de lxs jóvenes. Pero sólo algunos de todos estos son encarcelados. Van a prisión por orden de mérito y de tiempo, y pueden medirse según los intereses que han tocado. En este sentido, por más que parezca paradójico: ¿la performatividad macrista dejará que Cristina Fernández asuma su banca de senadora en diciembre?

¿Cómo opera el despliegue de esta maquinaria sobre nosotrxs? Nos ponen en el lugar del testigo sin reacción. Es la máquina racional que se alimenta con víctimas sacrificiales (las muestra espectacularizadas y las encierra en la cárcel), que nos impone un proceso de des-populismo, que implica exacerbar una vergüenza pública activada alrededor de la figura de la corrupción (todos los K son corruptos, todos los K son, por lo tanto, pasibles de ir presos: y, por extensión, todxs lxs que estamos situadxs en el espectro político progresista-revolucionario), retroceder en términos de derechos a nivel nacional y en términos de conciencia histórica a nivel latinoamericano. Pero quizás y sobre todo: quebrar (vigilar y castigar) una posibilidad que no es el socialismo comunitario de Milagro. Matar un sueño: el socialismo latinoamericano del siglo XXI.

*Rocco Carbone es docente e investigador, UNGS/CONICET.