Por: Fotos: Asamblea Popular Feminista

Los pañales de Byron quedaron en el suelo la madrugada en la que su papá, Alexis Arzamendia, le disparó a su mamá, Micaela Gaona. Al día siguiente, cuando un gendarme alertado por la dueña del lugar tiró abajo la puerta para entrar a la casa, la televisión estaba encendida y el ventilador todavía daba vueltas en el segundo piso de la casa 68, en la manzana 10, del Barrio Loma Alegre de la villa 21-24, en Barracas. Un acolchado había amortiguado el ruido del disparo que atravesó la noche de la villa y la cabeza de la piba de 20 años. Mica inmóvil, estaba tapada, como dormida, en un charco de sangre. ¿Habrá visto Byron cómo su papá gatillaba con un arma calibre 32 contra su mamá la madrugada del 23 de julio de 2015?

Byron Ulises Valentín Gaona apenas había cumplido un año de vida. Un femicidio es un acontecimiento imborrable en una familia, en un barrio, en una comunidad, en un país. Con una madre asesinada y un padre preso, prófugo o suicidado, los familiares de las víctimas ocupan el lugar de cuidadores de ese niño, niña o adolescente después de que la violencia machista arrasó con todo. Byron es uno de los 3.158 chicos y chicas que entre 2008 y 2017 se quedaron sin madre después de un asesinato por razones de género, según la ONG Casa del Encuentro. La muerte de una mujer por el hecho de ser mujer abre una mamushka de violencias antes y después del femicidio. La mamá de Mica y abuela de Byron, Lidia Gaona, tuvo que afrontar el presente que se presentó tras el asesinato y terminó presa durante 9 meses en la prisión de HMP Peterborough, Cambridgeshire, a más de 100 kilómetros de Londres, del otro lado del océano. En el país del Ni Una Menos los hijos e hijas de las víctimas de femicidios están a la intemperie. Sus familiares, también.

El después del femicidio, Lidia se vio empujada a transportar un paquete de cocaína hasta Inglaterra. Sin solución de continuidad pasó de ser una señora que lavaba ropa en su casa y vendía juguitos congelados a transformarse en valijera, en correo humano. Lidia engrosó ese ejército de mujeres pobres que todos los días ponen el cuerpo para traficar drogas como estrategia de supervivencia y terminan encerradas. Luego de traccionar la búsqueda de justicia, lograr que la muerte de Mica llegara a juicio, Lidia no pudo estar cuando el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nº25 condenó al asesino.

***

—Para mí algo vió—dice Lidia en la cocina de la casa que alquila por $3500 mientras ceba mate. Vive en el primer piso en uno de los pasillos angostos de la villa 21-24. Se trata de uno de los asentamientos más grandes de la Ciudad de Buenos Aires. Ubicada en la zona sur, en los barrios de Barracas y Nueva Pompeya, ocupa 65 hectáreas habitadas por 50.000 personas.

Lidia tiene 41 años y siempre vivió acá. Tiene los ojos pequeños y la cara ancha. De su cuello cuelga una medalla de San Jorge. Lo tiene tatuado en la espalda y también lleva en la piel a San Miguel. Dice que se hizo devota porque su abuelo se llamaba Jorge. Además de Mica, ella es la mamá de Camila, de 20 años, Ronald que ya tiene 18, Giannina de 17 y Liz de 10. Los crió a todos sola con padres y presencias masculinas intermitentes. Ronald y Liz viven con ella. Aunque todavía no tiene la tutela legal de Byron, Lidia también está a cargo de él desde que mataron a Mica. Lidia habla de la noche del femicidio de su hija. Cuenta que cree que su nieto fue testigo. Dice de que todavía no se animó a preguntarle qué recuerda de esa noche.

Byron ya cumplió tres años y cree que su mamá está en Paraguay. El lugar más lejano que aparece en las conversaciones familiares que escucha. Lidia se crió en Asunción, su madre y sus hermanos todavía viven allá. Todos los 18 de junio, día del cumpleaños de Mica, Lidia lo lleva a Byron al cementerio a dejarle una flor a su mamá. También van cada día de la madre. Ronald tiene de foto de portada en su Facebook un registro de ese momento: la tumba de su hermana y su sobrino ahí con un babero rojo, un buzo del mismo color y un jean señalando a su mamá.

Byron insiste con nombrar como “mamá” a la que es su abuela. Cuando Lidia lo reta y Byron dice: “me voy a ir a mi casa de allá”. “Esta es tu casa”, le replica Lidia con paciencia. Ella cree que todavía en muy chico para explicarle todo. El nene nunca pregunta por su papá.

El día después del femicidio, Byron estaba molesto, con fiebre, en brazos de su tía adolescente, Giannina, que en ese momento tenía 14 años. Después de gatillar contra Mica, Alexis dejó al bebé en la casa de Lidia. “Mica se fue a la obra social y yo me tengo que ir a trabajar”, mintió el joven femicida. Antes de despedirse, le pidió ayuda a la mamá de la chica que había matado: le preguntó si tenía una SUBE para prestarle. Alexis escapó a Entre Ríos. Se profugó hasta que lo encontraron.

Hoy está preso y condenado por el crimen de su novia, la mamá de su hijo. El último 8 de agosto el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nº25 lo condenó a 25 años de prisión por homicidio cuádruplemente calificado: por haber sido cometido mediando violencia machista; por haber sido contra su pareja; por alevosía y por haber utilizado un arma de fuego.

La familia de Alexis vive muy cerca de la casa de Lidia. Cuando ella se cruza a los hermanos o a la madre del chico preso le gritan: “¿Qué te haces la abuela fatal?”.

 

Publicado 22 horas atrás en 9 diciembre, 2017 Por Maria Florencia Alcaraz – Latfem
Un femicidio no concluye con la muerte de una mujer. El de Mica Gaona muestra cómo se continúa en una familia, un barrio, una comunidad, un país.

Después del femicidio

Los pañales de Byron quedaron en el suelo la madrugada en la que su papá, Alexis Arzamendia, le disparó a su mamá, Micaela Gaona. Al día siguiente, cuando un gendarme alertado por la dueña del lugar tiró abajo la puerta para entrar a la casa, la televisión estaba encendida y el ventilador todavía daba vueltas en el segundo piso de la casa 68, en la manzana 10, del Barrio Loma Alegre de la villa 21-24, en Barracas. Un acolchado había amortiguado el ruido del disparo que atravesó la noche de la villa y la cabeza de la piba de 20 años. Mica inmóvil, estaba tapada, como dormida, en un charco de sangre. ¿Habrá visto Byron cómo su papá gatillaba con un arma calibre 32 contra su mamá la madrugada del 23 de julio de 2015?

Byron Ulises Valentín Gaona apenas había cumplido un año de vida. Un femicidio es un acontecimiento imborrable en una familia, en un barrio, en una comunidad, en un país. Con una madre asesinada y un padre preso, prófugo o suicidado, los familiares de las víctimas ocupan el lugar de cuidadores de ese niño, niña o adolescente después de que la violencia machista arrasó con todo. Byron es uno de los 3.158 chicos y chicas que entre 2008 y 2017 se quedaron sin madre después de un asesinato por razones de género, según la ONG Casa del Encuentro. La muerte de una mujer por el hecho de ser mujer abre una mamushka de violencias antes y después del femicidio. La mamá de Mica y abuela de Byron, Lidia Gaona, tuvo que afrontar el presente que se presentó tras el asesinato y terminó presa durante 9 meses en la prisión de HMP Peterborough, Cambridgeshire, a más de 100 kilómetros de Londres, del otro lado del océano. En el país del Ni Una Menos los hijos e hijas de las víctimas de femicidios están a la intemperie. Sus familiares, también.

El después del femicidio, Lidia se vio empujada a transportar un paquete de cocaína hasta Inglaterra. Sin solución de continuidad pasó de ser una señora que lavaba ropa en su casa y vendía juguitos congelados a transformarse en valijera, en correo humano. Lidia engrosó ese ejército de mujeres pobres que todos los días ponen el cuerpo para traficar drogas como estrategia de supervivencia y terminan encerradas. Luego de traccionar la búsqueda de justicia, lograr que la muerte de Mica llegara a juicio, Lidia no pudo estar cuando el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nº25 condenó al asesino.

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—Para mí algo vió—dice Lidia en la cocina de la casa que alquila por $3500 mientras ceba mate. Vive en el primer piso en uno de los pasillos angostos de la villa 21-24. Se trata de uno de los asentamientos más grandes de la Ciudad de Buenos Aires. Ubicada en la zona sur, en los barrios de Barracas y Nueva Pompeya, ocupa 65 hectáreas habitadas por 50.000 personas.

Lidia tiene 41 años y siempre vivió acá. Tiene los ojos pequeños y la cara ancha. De su cuello cuelga una medalla de San Jorge. Lo tiene tatuado en la espalda y también lleva en la piel a San Miguel. Dice que se hizo devota porque su abuelo se llamaba Jorge. Además de Mica, ella es la mamá de Camila, de 20 años, Ronald que ya tiene 18, Giannina de 17 y Liz de 10. Los crió a todos sola con padres y presencias masculinas intermitentes. Ronald y Liz viven con ella. Aunque todavía no tiene la tutela legal de Byron, Lidia también está a cargo de él desde que mataron a Mica. Lidia habla de la noche del femicidio de su hija. Cuenta que cree que su nieto fue testigo. Dice de que todavía no se animó a preguntarle qué recuerda de esa noche.

Byron ya cumplió tres años y cree que su mamá está en Paraguay. El lugar más lejano que aparece en las conversaciones familiares que escucha. Lidia se crió en Asunción, su madre y sus hermanos todavía viven allá. Todos los 18 de junio, día del cumpleaños de Mica, Lidia lo lleva a Byron al cementerio a dejarle una flor a su mamá. También van cada día de la madre. Ronald tiene de foto de portada en su Facebook un registro de ese momento: la tumba de su hermana y su sobrino ahí con un babero rojo, un buzo del mismo color y un jean señalando a su mamá.

Byron insiste con nombrar como “mamá” a la que es su abuela. Cuando Lidia lo reta y Byron dice: “me voy a ir a mi casa de allá”. “Esta es tu casa”, le replica Lidia con paciencia. Ella cree que todavía en muy chico para explicarle todo. El nene nunca pregunta por su papá.

El día después del femicidio, Byron estaba molesto, con fiebre, en brazos de su tía adolescente, Giannina, que en ese momento tenía 14 años. Después de gatillar contra Mica, Alexis dejó al bebé en la casa de Lidia. “Mica se fue a la obra social y yo me tengo que ir a trabajar”, mintió el joven femicida. Antes de despedirse, le pidió ayuda a la mamá de la chica que había matado: le preguntó si tenía una SUBE para prestarle. Alexis escapó a Entre Ríos. Se profugó hasta que lo encontraron.

Hoy está preso y condenado por el crimen de su novia, la mamá de su hijo. El último 8 de agosto el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nº25 lo condenó a 25 años de prisión por homicidio cuádruplemente calificado: por haber sido cometido mediando violencia machista; por haber sido contra su pareja; por alevosía y por haber utilizado un arma de fuego.

La familia de Alexis vive muy cerca de la casa de Lidia. Cuando ella se cruza a los hermanos o a la madre del chico preso le gritan: “¿Qué te haces la abuela fatal?”.

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La vida de Micaela se puso en pausa a los 20 años. Estudiaba en la Media 6 de Barracas y trabajaba haciendo tareas de limpieza en el Hospital Churruca. Hacía dos años y medio que salía con Alexis, tres años mayor que ella. Con su sueldo costeaba los $1500 del alquiler de la pieza en la que vivían. Ella se hacía cargo de todos los gastos. Mica le había dado el apellido materno a su hijo. En el barrio la maternidad soltera se hereda: Byron lleva el apellido de su mamá como Micaela llevaba también el de la suya. Alexis no quiso anotar a su hijo por un conflicto judicial que lo tenía como protagonista: estaba acusado de asesinar a otro pibe de la villa en 2013. Mica estaba esperando cobrar su sueldo para comprarle un boleto y que Alexis se fuera otra provincia.

Un femicidio es un crimen con una historia: un continuum de violencias en ascenso. En el juicio por el asesinato de Mica salió a la luz el historial de violencias físicas y psicológicas de las que ella era víctima antes de que la mataran. Una construcción colectiva y comunitaria cercó la posibilidad de impunidad. En los pliegues de la memoria de las amigas de Mica y los vecinos del barrio quedaron grabados los empujones y gritos en los pasillos. Muchos y muchas habían sido testigos de ese hostigamiento cotidiano. Pudieron poner en palabras esas escenas en el debate oral.

Cuando Mica estaba embarazada de 7 meses de Byron, un día se tropezó mientras discutía con Alexis y cayó al piso. Él la pateó en el suelo. En otra oportunidad ella se planchó el pelo antes de ir a trabajar. Alexis la fue a buscar al Hospital y le tiró de los pelos delante de sus compañeras. También le lastimó la pierna con un botellazo. Mica no sobrevivió a esas violencias que fueron en aumento.

Dos días antes de que la mataran, Mica le contó a su amiga Tamara que no quería vivir más con él. “Me quiero separar pero él me amenaza y tengo miedo por mi hijo”, le dijo.

“Yo los veía en los pasillos discutiendo. Era chica y no me gustaba. Yo era re unida a Mica. Compartimos cosas, salíamos a pasear. Ella me prestaba su ropa y discutíamos por cualquier cosa, por pavadas de hermanas. Cuando Mica lo trajo a Byron al mundo fue uno de los regalos más lindos”, dice su hermana Giannina. Cursa el tercer año de la secundaria. Hace pocas semanas se fue de la casa materna. Cuando su mamá terminó presa, Giannina se hizo cargo de todo. Ahora se fue de la casa materna a vivir con su novio.

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—Quería trabajar. No quería nada de arriba—dice Lidia y sus cejas se arquean como las de una nena que hizo una travesura y pide disculpas por eso. Ceba otro mate y hace una pausa.

Después del crimen de Mica, además de empezar a frecuentar fiscalías, juzgados y estudios de abogados, Lidia recorrió todas las oficinas del Estado posibles para pedir trabajo y poder criar a Byron. Acompañada de su abogada, Gabriela Carpinetti, que a su vez había sido profesora de Mica de Ética y Ciudadanía, golpearon las puertas de organismos vinculados a combatir las violencias machistas de la Ciudad de Buenos Aires. Fueron a todos los que pudieron. No querían un subsidio, reclamaban por trabajo.

La falta de una oportunidad laboral para Lidia formó parte de una cadena de violencias institucionales que rodearon al femicidio de su hija. La consigna “El Estado responsable” es mucho más que una frase en una bandera.

—Mica no tuvo ni la confianza ni la seguridad necesarias para hacer las denuncias contra el que era su pareja; durante el hallazgo del cuerpo a cargo de Gendarmería, no se respetó el protocolo de actuación frente a casos de presunción de femicidios elaborado por el Ministerio de Seguridad. Y por último, el Estado dejó sola a Lidia—dice la abogada Gabriela Carpinetti. Junto con Nahuel Berguier encabezaron la querella en el juicio por el femicidio.

A Lidia la plata no le alcanzaba para pagar la pieza que alquilaba y los gastos que significaban cuatro personas a cargo. Hasta que una vecina que vivía en la misma casa que ella pero en otra habitación llegó con una oferta tentadora: 7 mil dólares para que lleve en una valija un cargamento de cocaína a Inglaterra. La garantía era que el material no iba a ser registrado por los sensores de los aeropuertos.

Lidia tenía su pasaporte al día porque había averiguado para ir a trabajar a Europa en otra oportunidad de crisis. La chica le hizo el contacto. Un hombre le habló por WhatsApp y le garantizó que no le iba a pasar nada. No sabía su nombre. Solo lo llamaba y lo había agendado como “Negro”. Lo vio una sola vez y ese día él le dio la valija con doble fondo que ella ni se animó a abrir. No le contó a sus hijas e hijo lo que iba a hacer. Solo compartió la idea de ir con el hombre que era su pareja en ese momento y él le aconsejó terminar con el plan. Todo iba a durar una semana entre ida y vuelta.

El 7 de diciembre de 2016, Lidia voló hasta Uruguay, después a Brasil y por último llegó al aeropuerto de Cambridgeshire donde tenía que continuar hasta un destino más. Pero el viaje llegó a su fin. Cuando el sensor detectó el paquete de cocaína que traía en la valija, la dejaron detenida. Del aeropuerto fue a una comisaría. La memoria de Lidia solo pudo devolverle el recuerdo del número de teléfono del hospital donde trabaja su mamá como enfermera, en Paraguay. Ella fue la primera a la que le contó que estaba presa del otro lado del océano.

—Ensucié mi pasaporte sin ninguna necesidad—se lamenta con la mano en la frente.

El 19 de enero la condenaron a tres años de prisión en suspenso. El juez que tomó su caso decidió rebajarle la condena a 18 meses. Con la mitad del castigo cumplido, Lidia volvió a la Argentina el último 15 de septiembre.

El tiempo que estuvo encerrada conoció a otras mujeres de Colombia, de Brasil, Holanda y España. Algunas de ellas también estaban presas por microtráfico. En la división sexual del narcotráfico los varones manejan los hilos del negocio, mientras que las mujeres son las que terminan detenidas.

En el penal, Lidia iba a la escuela durante la mañana. Ahí aprendió algunas palabras en inglés. Por la tarde se ocupaba de las tareas de lavandería de la cárcel. Las presas que siguen ahí la llaman cada tanto. Ella nunca llegó a conocer Londres.

En lo único que pensaba en ese entonces era en el juicio por el femicidio de su hija. Las audiencias fueron entre mayo y agosto. Lidia aportó su testimonio a través de una videoconferencia. Ese día le pidió tranquilidad a Mica. Y la tuvo: contó con detalle el historial de violencias del que había sido víctima. Por momentos, no pudo contener el llanto. El 7 de agosto se enteró que habían condenado al femicida de su hija. Su hija Giannina se lo contó por teléfono.

***

El femicidio de Mica y el encierro de Lidia no son islas. Hay un continente en el que estas violencias machistas se entrelazan, se conectan entre sí: parte de una misma trama de desigualdad en la que género, clase y raza se intersectan.

“A pesar de que llevan la peor parte de las políticas punitivas, estas mujeres rara vez son una verdadera amenaza para la sociedad. Su encarcelamiento poco o nada contribuye a desmantelar los mercados ilegales de drogas y a mejorar la seguridad pública”, analizan distintos especialistas en el informe “Mujeres, políticas de drogas y encarcelamiento. Una guía para la reforma de políticas en América Latina y el Caribe”, de la organización de derechos humanos WOLA –Washington Office on Latin America–.

La exclusión social, la pobreza y las violencias machistas son las principales causas que involucran a las mujeres con el tráfico. La mayoría de las que terminan detenidas tiene poca educación, viven en condiciones de pobreza y son responsables del cuidado de personas dependientes –niños/as, jóvenes, personas de mayor edad o con discapacidad–. Ese contexto hostil se agrava aún más tras la detención. Casi ninguna de las mujeres que transportan drogas en su cuerpo o en sus equipajes había consumido drogas antes de estar presas.

El femicidio de Micaela fue uno de los 5 asesinatos de mujeres por el hecho de ser mujeres que ocurrieron en una villa o asentamiento de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 2015. El 28% de los 18 crímenes de género que ocurrieron en territorio porteño. Ese año 18 hijas/os perdieron a sus madres víctimas de un femicidio en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El 55% eran niños y niñas de entre 0 y 13 años, como Byron.

Para 2015, el año que todo un país se movilizó para exigir un freno a las violencias machistas bajo la consigna Ni Una Menos, Argentina registró 235 femicidios según la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Mica fue una de esas víctimas. “Facha mató a Micaela”, dijeron en la villa 21-24 cuando supieron del femicidio. En el barrio las cifras se traducen en historias de vecinos y vecinas.

Recién en agosto de 2017 y sólo en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires, la legislatura porteña aprobó la Ley Brisa. Un régimen de reparación económica para niños, niñas y adolescentes de hasta 21 años, cuyo padre –biológico o adoptivo- haya sido procesado o condenado como autor, coautor, instigador o cómplice de delito de femicidio. La propuesta establece que el Estado porteño garantice una respuesta inmediata: los hijos e hijas pasarían a percibir una prestación mensual equivalente a un haber jubilatorio mínimo. Cuando se aprobó la ley, Lidia Gaona todavía estaba presa en Inglaterra. La respuesta del Estado llega tarde y la Ley Brisa todavía no se reglamentó. Para salir de la intemperie en la que la dejó el femicidio.

***

Como en muchos otros ámbitos, cuando el Estado no repara o llega tarde, las organizaciones comunitarias aparecen como calmante. El 25 de noviembre pasado el nombre de Mica fue estampado en una cerámica recordatoria que señaliza el lugar donde ocurrió su femicidio. Es la primera cerámica recordatoria de los feminicidios, lesbicidios y travesticidios. Se trata de una acción colectiva empujada por la Asamblea Popular Feminista y la Red de Promotoras Territoriales en Género Villa 21-24 Kuñá Panambí. A la propuesta se sumaron la Escuela de Educación Media 6 de Barracas, donde iba Mica, Mujeres Públicas, el colectivo Ni Una Menos y la Escuela de Cerámica Nº 1 de Almagro. La fecha que eligieron para la colocación de la cerámica no es casual: es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. “Marcamos el territorio para revertir un mensaje de horror. Para evidenciar que hay lazos solidarios y subterráneos posibles entre mujeres, lesbianas y otras identidades disidentes. Para mostrar la potencia que tenemos juntas”, dijo a LATFEM Yamila Iphais Fuxman, de la Asamblea Popular Feminista. Byron, Lidia, los hermanos y hermanas de Mica, y muchas otras chicas y chicos del barrio, recordarán qué sucedió en ese lugar y la memoria feminista se habrá ensanchado para mantener presente que un femicidio no es un hecho aislado ni termina con la muerte.