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La educación sentimental

Que la misoginia y la literatura infantil y juvenil han ido de la mano no es noticia. Las historias protagonizadas por muchachas dulces y más tontas que una vaca, dispuestas a abrirle la puerta al malo, a tragarse cualquier cosa con veneno, a dejar su vida en manos del primer señor en mangas de camisa que se cruzan, están por todos lados. Tampoco lo es que esta literatura ha tendido a ser edificante, o útil, con “mensaje”, moralizante.

En cuanto a lo primero, es un hecho que las lecturas infantiles y juveniles delinean nuestra percepción del mundo, del género, de aquello que podemos asumir que somos. Y por años esto ha comportado altas dosis de sexismo. En cuanto a lo segundo, quizás la idea subyacente sea que es difícil convivir con la tensión e incertidumbre que genera una pregunta que no tiene una sola respuesta. Es más fácil pretender que hay cosas dadas.

Lo cierto es que los personajes de ficción con los que tropezamos en la infancia y en la adolescencia van moldeando nuestros modos de sentir y de pensar. Cuando sugieren que la realidad tiene una sola forma, en general nos cierran posibilidades y refuerzan los estereotipos. Pero también están los libros que despiertan nuestro asombro, que nos conmueven, nos movilizan, que hacen crecer el propio mundo.

El legado de Mujercitas

Mujercitas fue a fines del siglo XIX un libro juvenil muy popular, durante el siglo XX fue leído como un clásico, y actualmente sigue siendo un fenómeno cultural en todo el mundo. Su autora, Louisa May Alcott, fue una mujer excepcional y su alter ego en la ficción, Jo March, un personaje que abrió un horizonte nuevo: Jo no quiere tener hijxs ni quiere esposo sino ir a la universidad, ama los libros y su referente es Shakespeare, valora su libertad y quiere ser una escritora de éxito.

Esta heroína en la que Simone de Beauvoir dijo reconocer su rostro y su destino, inspiró a generaciones de lectoras. Así lo cuenta Anne Boyd Rioux en El legado de Mujercitas, cuyo afán reivindicativo está basado en el deseo de que las nuevas generaciones descubran en los personajes de Alcott, en su valor, la inspiración que ella recibió en su juventud. Y agrega que contra lo que se asume por prejuicio, este libro “para chicas” también interpela a los que como Laurie —vecino amigo de las March—, son presionados a desoír su sensibilidad para cumplir con los mandatos masculinos.

El libro de Rioux reconstruye la historia de la novela, detalla qué decisiones se tomaron en las sucesivas ediciones y en las diversas adaptaciones, de qué modos fue y es leída. Nos cuenta que se trató de un encargo, que a Alcott no le entusiasmó, que la escribió de un tirón. También que fue sometida a censura: la editorial exigió que se dulcificaran ciertas expresiones, suprimió dosis de humor y reflexiones demasiado transgresoras. El resultado es que con excepción de Jo —y Marmee a su manera—, las March son mujercitas dóciles, muy respetables socialmente y su mamá está tan de acuerdo con la rebeldía como con el convencionalismo.

Rioux ubica el drama en su contexto: por entonces abundaban las chicas correctas como Meg, las vanidosas Amy y las de estampa angelical estilo Beth, y la matriarca March con sus contradicciones, tanto como la hija con aspiraciones literarias que se corta el pelo corto por dinero, eran atípicas. El living de las March es una panorámica del mundo. Lo que hace que la historia, a la vez conservadora y progresista, también resulte verosímil y cercana. Y esa es, en parte, la clave de su éxito.

No se nace mujercita

Al repasar la biografía de la autora confirmamos que en Jo March —en su carácter decidido, en su inteligencia, en su vital sentido del humor— Alcott se proyectó a sí misma. La personalidad notable con la que dotó a su personaje, que despertó los sueños de cientos de chicas que anhelaban ser como ella —como mínimo es probable que todas las escritoras que leyeron Mujercitas hayan querido ser como Jo—, es de algún modo su reflejo. Alcott trabajó desde muy joven para solventarse y ayudar a su familia, y llevó una vida independiente. Escribía historias sensacionalistas y relatos góticos bajo seudónimo, y conquistó la autonomía y el éxito sin depender económicamente de un varón. Lo que era toda una revolución para la época.

En más de un sentido Louisa Alcott fue revolucionaria: participó en los movimientos que defendían la abolición de la esclavitud, la reforma educativa, el voto femenino y el divorcio, y se proclamó en contra de la doble moral que imperaba respecto del comportamiento sexual de las mujeres, en un tiempo en el que a estas se las incentivaba, como mucho, a cambiar el mundo haciendo caridad.

¿Fue magia lo de Alcott? Claro que no: su papá, Bronson Alcott —precursor de la filosofía trascendentalista— fue un hombre muy avanzado para su época, y sus hijas recibieron en su casa una educación nada convencional —que incluía una alimentación y una rutina rigurosa y por la noche la lectura de Platón, al mejor estilo Capitán fantástico—. Además, las jóvenes gozaron de la compañía, de la brillantez y la frescura de Henry David Thoreau, cuyo mentor, Ralph Waldo Emerson, también era un asiduo visitante de los Alcott. El escritor Nathaniel Hawthorne era otro de los miembros de su círculo más íntimo.

Mujercitas en clave feminista

A partir del siglo XX, Mujercitas motivó intensos debates sobre en qué medida se oponía o no a la ideología dominante. Sus temas transversales —las relaciones entre las mujeres, el desarrollo de la identidad femenina, la rebelión doméstica— hicieron de ella un texto base de la crítica feminista. Y por encima de la tierna historia sobre la formación de cuatro muchachas, se puso el foco en las dificultades que tenían las mujeres por el hecho de crecer en una cultura patriarcal.

¿Puede leerse Mujercitas como un texto feminista? En todo caso, la novela trata sobre cómo cuatro chicas se convierten en mujeres, y por ende sobre cómo se construye el género. Alcott sugiere de algún modo que una mujercita no “nace”, sino que “se hace”. Probablemente en ella, como en sus personajes, convivían el fuerte deseo de ser libre y la conformidad, las ambiciones personales y la necesidad de amor, la adaptación a pautas culturales y la firme resistencia a lo que no era coherente o justo. Como la propia Alcott, Jo es un modelo revolucionario y también una mujercita, con la complejidad que esto comporta.

El libro de Alcott da cuenta, como mínimo, de que a las mujeres nos habitan muchas formas de sentir y ser y que darles cabida es un derecho básico. Y desde luego, que un libro te revele eso en la infancia o en la adolescencia —que tenga más de una lectura, entonces— es un tesoro. Los libros que amplían el mundo como Mujercitas son los que llevamos siempre en nuestro corazón. Por eso, Rioux trae al presente su legado y nos anima a seguirlo leyendo.