El fin de semana volvía muy movilizada a casa luego de una lectura en Casa Brandon cuando me tope en las redes con la agitación cada vez más masiva del monólogo “Nanette”, interpretado por Hannah Gatsby. Una obra de arte de 1 hora de la que no se puede salir siendo lx mismx. Habla de tres temas fundamentales y dificiles: salir de la hetereosexualidad, contar historias y ser consideradx “psicológicamente inestable”.

Al ver la gráfica ya me pongo contenta. “¡Hannah!” me digo, como si la conociera, sorprendiéndome aliviada de que esa actriz de Please like me que me pareció fascinante por ser de lxs más auténticos de la serie no solo no cayera en el olvido sino que ahora, intuía por lo desafiante de su mirada, iba a verla en otra faceta. Frente al puto rubio que sale del closet como una mariposa -por mucho que amemos a Josh- y el padre le compra un carrito de café para que labure, la existencia lesbiana de Hannah se muestra desde una internación psiquiátrica, luego de separarse de su novia y es una personaje misántropo y depresivo que se autoinflinge golpes con un mortero. En Nanette vemos a la lesbiana vital y resiliente desde la que actuó ese personaje. La que nació y se crió en un pueblo de Tasmania donde hasta 1997 ser homosexual era delito. La que luego de 10 años de carrera en la comedia hoy brilla en la pantalla de Netflix para el público masivo. Pero Hannah Gatsby es Hannah. La furia contenida en la depresión. La inseparabilidad del artista de la obra.

La primera vez que me invitaron a un lectura lésbica hice algo parecido a lo que cuenta Hannah de sus primeras presentaciones: una suerte de texto slam donde espectacularicé mi salida del closet, ironicé sobre lo difícil y patética que me sentía con mi cuerpo, con mi ropa, con mi manera de socializar, hice chistes que suponía “lésbicos” para encajar en esa comunidad, como me ha pasado siempre en cualquier comunidad. Y claro, todxs se rieron, mis amigas me agitaban para que estuviera con una chica esa misma noche. Mucho después pude hacerlo. También mucho después me di cuenta de que me estaba autoimponiendo una contranorma, que si bien la necesidad de salir de la heterosexualidad no era algo que se fuera a dar con total naturalidad, no era un proceso lineal ni acumulativo como ningún proceso lo es. También pude aprender a perdonarme eso, que no fue inauténtico lo que hice, que en ese momento fue necesario. Pero necesitamos parar, como dice Hannah: “No es humildad, es humillación. Me menosprecio a mí misma para hablar, para conseguir permiso para hablar”. Esto también puede pasar ante un público lgtttbiq porque se trata de un público, frente al cual nuestro deseo siempre puede borrarse en pos de satisfacer el de lxs otrxs. El chip más potente del patriarcado. Y es que en Nanette se propone mucho más que lo que cualquier comediante ha hecho. No porque logra “hacer reír a las lesbianas”, sino porque destruye ese foco inhumano desde el cual sólo podemos mostrar lo que duele riéndonos.  “Voy a explicarles lo que es un chiste: introducción y remate”, dice. Reírnos y hacer reír es saludable, sirve para disipar la tensión, es una tecnica de supervivencia que aprendimos desde pequeñas. Pero en algún momento tendremos que hacernos cargo del desarrollo. Entender que nuestras historias tienen valor.

Es con esta reflexión con la que el monólogo de Hannah da un giro y puede contar la versión completa de su salida del closet y de cuando la golpearon por lesbiana, esa historia que durante la mayor parte de su vida había tapado con bromas. El remate obtura el final. El trauma se alimenta de la tensión. Si vamos a reirnos que sea de los varones blancos heterosexuales, a ver si pueden lidiar con la tensión sin llegar a la violencia. De nosotrxs hablemos en serio.

Uno de los momentos apoteósicos del monólogo es cuando Hannah, licenciada en Historia del Arte y Curaduría por la Universidad Nacional de Australia, habla de  Van Gogh. “Su historia siempre se ha contado mal” dice. Se romantiza su sufrimiento, el padecimiento de una enfermedad mental como un “genio incomprendido” que nació “antes” de su época. “¡Si no vendió un cuadro es porque estaba loco, no podía hacer contactos!”, cuenta. “La locura no es un ticket a la genialidad, es un ticket a ninguna parte”. Pensar que la sensibilidad artística es algo separado de la sensibilidad humana es sádico, es pensar que se sostiene a costa de sufrimiento “¿Y todo para que vos disfrutes?”, pregunta a ese  espectador sádico imaginario. Con este ejemplo Hannah muestra como este “volvernos chiste” va mucho más allá de la homosexualidad: incluye a todxs lxs anormales, incorrectxs y vulnerables, a todxs lxs que alguien se cree con el derecho de “hablar por”, reduciendo nuestra historia a una fórmula vacía. Introducción y remate: “la lesbiana amargada”, “el genio inadaptado”, “la poeta suicida”. Infantilizándonos.

“Ninguna chica de 17 años está en su mejor momento”, grita Hannah luego de denunciar la misoginia de Picasso que a los 42 violó a una menor, Maria Therese Walter, fijando la posición más aguda que hayamos escuchado sobre qué hacer con el arte hecho por abusadores. No se trata de Picasso o de Woody Allen.  Se trata de dejar de sostener la lógica de la reputación, que se basa en sostener que su humanidad es más valiosa que la de los demás. Hannah recuerda los chistes sexistas contra Monica Lewinsky, la “escandalosa” amante de Bill Clinton y dice: “Si los comediantes hubiesen hecho bien su trabajo, ahora tendríamos de presidente a una mujer universitaria y no a un tipo que se burla de violar niñas porque puede” -dice, refiriéndose a Donald Trump-.

Que estas figuras en el arte estén cayendo, habla de que si hoy hay un lugar donde el el golpe – y el chiste- se está dirigiendo a donde corresponde  es el feminismo. Porque demostramos no solo que son machistas sino que el machismo como discurso de poder es obsoleto. No porque no nos representa a nosotrxs, si no porque ha perdido su capacidad de representar en general. Al no poder seguir hablando por nosotrxs fue más fácil identificar que todo el tiempo estuvieron hablando sólo de ellos. Eso ocurrió cuando empezamos a hablar, ya no como un grupo marginado, sino con la convicción de que nuestras historias son la historias que vale la pena contar. Y que hay que contarlas como se debe.

Esta vez en la lectura lésbica no hice chistes. Leí un poema que habla realmente sobre mí. Cuando terminé de leerlo, más que un alarido de risas esta vez hubo un silencio rotundo. Pero contenedor, porque sé que a muchxs lo que digo lxs atraviesa, porque a cualquier socializada mujer que salió de la norma y aprendió la desobediencia estas cosas con diferentes violencia las ha vivido. Saber que escucharme sanó a otrxs, que me abrazaran y me agradecieran por haberlo escrito: eso y sólo eso fue lo que me hizo eliminar la tensión, dejar de tener que espectacularizar, ironizar; mostrarme desde lo que soy, mostrar el dolor sin defenderme.  Conectar.

A mis 17 años sobrevivía a un intento de femicidio después de 8 años de abuso. Y si, tomo antidepresivos para lidiar con eso. No es fácil hablar de ese tema, Hannah vocifera  sus abusos sobre el final. Pero encontrar otras maneras de contarnos esas historias -si bien pone tensos a los demás…- son lo que nos ayuda a curar el trauma a nosotras. (Si dejás la comedia Hannah, deberías dedicarte a la literatura).

Ahora, por ejemplo puedo contarme que desde la infancia hubo un hombre que me produjo desde su perspectiva y que quiso destruir mi pasado. Contra eso recién casi 10 años después estoy pudiendo pensar con “mente propia” en construir un presente. Disfrutar de tomar un té, hacerme una comida, como Hannah. Ojalá algun dia pueda como ella, decir con esa fuerza, siendo hetero, lesbiana, bisexual, cis o trans, a los 35, a los 40, a los 50 que estoy en mi mejor momento.  Mientras tanto releo Cartas a Théo, donde Van Gogh comenta una pintura de Gérome: “El tío Cor me ha preguntado hoy si no hallaba hermosa la Phryné. Le dije que me agradaba mirar mucho más una mujer fea de Israels o de Millet o una mujer vieja de Ed. Frère, porque ¿qué significa, en suma, un cuerpo bello como el de esta Friné? (…) Manos que llevan la marca del trabajo son más bellas que manos semejantes a las de esta figura…me sentiría y entendería mejor con una que fuese fea, o vieja, o pobre, o desgraciada por una u otra razón, pero que hubiese adquirido inteligencia y un alma por la experiencia de la vida y las desdichas y penas”.