El último día hábil de marzo, un tribunal de Bariloche absolvió a Enzo Lampasona, procesado por abuso sexual con acceso carnal agravado por su carácter de guardador, contra una chica menor de edad. Lampasona era el coordinador del viaje de egresados de un colegio sanjuanino y la joven, una de las estudiantes a cargo.

La noche del 29 de octubre de 2015, ella se sentía descompuesta en el boliche al que habían ido y Lampasona, como coordinador del grupo, la acompañó al Hotel Patagonia, en Bariloche. Para la fiscalía, luego de escuchar a quienes atendieron a la joven y el propio testimonio de ella, quedó probado durante el juicio que Lampasona la violó esa madrugada.

Después de cinco meses de juicio, los tres jueces varones Miguel Ángel Gaimaro Pozzi, Ricardo Calcagno y Emilio Riat absolvieron al empleado de la empresa Snow Travel dándole el beneficio de la duda. No creyeron en la palabra de la víctima, pero no dudaron de la del imputado. Tampoco creyeron en los médicos que la atendieron después del ataque y que la describieron nerviosa, angustiada y que estaba llorando, que no quería que la tocara un hombre, que “se notaba que había sido violada”, como declaró uno de esos médicos. Los jueces dudaron a pesar de los testimonios de un médico, dos médicas, una asistente social y un forense.

Ni Una Menos San Juan denunció el accionar de la justicia, que minimizó “las pruebas científicas de la violación”, pero al mismo tiempo los jueces resaltaron que “quienes han sido sus amigos -compañeros de colegio-, no hayan salido en su defensa y hayan estado presente en la audiencia para darle su apoyo, y de corresponder, brindar su testimonio”, como si el acto de impartir justicia fuera un concurso de popularidad. Al mismo tiempo, para acompañar las audiencias sus compañerxs deberían haber viajado 14 mil kilómetros hasta el juzgado rionegrino.

Para el colectivo, este poder judicial “beneficia a los violentos y pondera la posición social del agresor a la hora de sentenciar”, además de carecer de toda perspectiva de género y vulnerar “los derechos humanos de la adolescente para favorecer a las corporaciones y empresas de turismo”. El caso de Lampasona no es nuevo, sino que es parte de las anécdotas costumbristas de la cultura de la violación. Ni Una Menos San Juan denuncia “al conjunto de empresas de viajes de fin de curso que trabajan con adolescentes y contratan a promotores, en su mayoría varones, que promueven una cultura de cosificación y abusos hacia adolescentes llegando en muchos casos a violaciones que son naturalizadas como ‘relaciones sexuales que se originan en contextos de intoxicación’”.

En la cultura de la violación, a las chicas se las abusa en una amplia gama de avasallamientos del cuerpo -les tocan sus partes íntimas, las violan, les dicen groserías- porque la subalternidad se produce con  disciplinamiento. A las que deciden denunciar o decir no, no se les cree, su palabra se considera degradada; y en este caso quienes debían escucharla eran todos varones, sin una mínima formación en perspectiva de género. Las familias de la comunidad educativa, miran para otro lado, culpan a las adolescentes: son ellas las provocadoras o quienes los obligarían a violarlas. En las escuelas donde se reproduce la cultura de la violación, no se dicta Educación Sexual Integral ni hay un compromiso, más allá del maquillaje, para terminar con la violencia machista. Los medios de comunicación que forman parte de esa cultura, reproducen al infinito la defensa del presunto violador y horadan las palabras de la denunciante que, si decide defenderse en los mismos medios, es revictimizada y expuesta a nuevas violencias.

El fiscal Martín Lozada apelará la sentencia.