Siempre pensé que lxs de mi generación tuvimos cierta libertad al elegir nuestro futuro. Vivimos la crisis de los 2000 en el despertar de nuestra curiosidad política. El pensamiento era “ni se me ocurre estudiar algo por la plata, eso no existe, hay que volver a cero, ir a lo micro, ser creativo, reinventar”. Yo quería estudiar Bellas Artes y al final, por el mandato familiar regido por las Humanidades y las Ciencias sociales, terminé estudiando Sociología.

En mi cuarto había colgado un corcho en la pared con algunas fotos de mis amigas, de mi perro y una postal que me había comprado como uno de los primeros actos políticos autónomos, de diciembre de 2001: una marcha con un cartel enorme que decía “¡Que se vayan todos!” sobre la bandera de Argentina.

Recuerdo el día 19 de diciembre del 2001. Ese día llegué a mi casa del colegio y ví a mi hermana adolescente, mayor que yo y más consciente, hablando por teléfono con su mejor amiga mientras miraba la tele y le decía “¡se viene la revolución!”. Otro recuerdo de los finales del secundario son los argumentos de quienes elegían una universidad privada por sobre la pública: en la UBA, “todo era muy caótico”. Yo pensaba: “¿No es caótica la vida? ¿Cómo te vas a entrenar para salir al mundo profesional y laboral con ese pensamiento?”. Era el post 2001 y todo en la Argentina era caos.

Recuerdo también, el empezar a hablar de política, discutir el fenómeno cartonero en la ciudad, ir a movidas en fábricas recuperadas, a marchas. Así empezó mi adolescencia.

La carrera me dio todo el contenido que necesitaba para pararme en el mundo y mirarlo desde el que creo que es uno de los mejores lugares; dentro de la comunidad. Ni una mirada institucional ni una exclusiva desde el pensamiento puro, sino desde la especie; desde, como dice un maestro, Lucas Rubinich, el humano como un bicho social, un bicho social que produce y reproduce sistemas y culturas.

 

Cuando empecé mi vida laboral, que coincidió con el CBC y luego la carrera, fue con trabajos de niñera, secretaria, asistente personal, y cosas así, cosas de chicas, de mujeres jóvenes.

Hice toda la carrera durante el kirchnerismo. En la facultad conocí dos amigas, que me quedan para toda la vida, y que trabajaban en el Centro de Investigación por Encuestas de la Universidad Tecnológica Nacional. Gracias a ellas tuve trabajos toda la carrera, trabajos que tenían más que ver con la Sociología; hacía relevamientos, encuestas, censos y más cosas que el Estado tercerizaba con la universidad. Como dicen los versos de mi libro de poemas Relación de dependencia:

“Toda la vida estuve en negro,/toda la vida facturé”. El libro habla de la precariedad laboral y de la relación que tiene una mujer joven, que se está profesionalizando, con el sistema laboral. Esto sucedió también durante el kirchnerismo.

 

La “precariedad” o la flexibilización laboral, que en la Argentina identificamos directamente con los años 90, comienza en 1976, cuando la dictadura militar deja sin vigencia muchos artículos de la Ley de Contrato de Trabajo. Con la presidencia de Raúl Alfonsín se dieron unos pasos fundamentales, como la eliminación de la estabilidad de los empleados bancarios. Y después sí le siguieron una serie de leyes y decretos durante el gobierno de Carlos Menem que apuntaron directamente al objetivo de la flexibilización laboral. Se redujeron los montos de indemnización por despido, se incluyeron contratos a plazos –a cuyo término lxs trabajadores quedan sin empleo y sin indemnización–, más bien conocidos como “contratos basura”, y cambió el paradigma de la función del Estado frente al trabajo, entre otras cosas. De la Rúa con la ley “Banelco” completó el cuadro jurídico de la flexibilización de las leyes y decretos anteriores.

Hice entonces una trayectoria personal laboral de precariedad, en la que el kirchnerismo, a pesar de mejorar algunas cuestiones de la flexibilización y de revertir el achicamiento feroz del Estado como contratador del menemismo, no logró hacer de manera eficaz un mejoramiento en ese sentido. Muchísima gente ingresó al mercado laboral tercerizada, facturando a universidades y a distintos entes, pero trabajando para el Estado, y con contratos basura. Esto se daba en un contexto en el que la desocupación de los 90 y la debacle de 2001 habían disciplinado a trabajadores y logrado que estuviéramos dispuestx a trabajar en cualquier condición. Asimismo, hay que aclarar que se trata de un panorama universal. La flexibilización laboral no era un invento de Menem: se dio en algunos lugares con mucha crudeza y en otros más atemperado, pero siempre fue un fenómeno globalizado.

 

Una de las buenas cosas que nos dio el kirchnerismo, una de las poquísimas que creo que superan la “grieta”, fue Canal Encuentro. Me acuerdo de los comienzos del canal, de ver allí algo; algo estaba pasando entre el Estado, la cultura, lo audiovisual, el arte, la educación. Un canal sin publicidad y el Estado generando contenido de calidad constituían algo nuevo que me gustaba, algo que me parecía espectacular. Me acuerdo de que cuando me preguntaron por primera vez cuál sería tu lugar ideal para trabajar yo respondí: “Canal Encuentro”.

En mayo de 2014 me llegó una búsqueda por un conocido y finalmente entré a trabajar para la señal. Empecé siendo productora del área de Accesibilidad y finalmente terminé escribiendo guiones para la misma área, que era transversal a Encuentro, Pakapaka y DEPORTV; algo soñado para mí. Fui parte de un equipo principalmente femenino. Siempre hubo mucho orgullo entre mis compañeras de que Encuentro tuviera amplia mayoría femenina, en todas las esferas jerárquicas. El trabajo que se llevaba a cabo en el canal era de calidad y los contenidos bien direccionados, ya que Encuentro –como después también lo harían Pakapaka y DEPORTV– dependía del Ministerio de Educación; eso era lo que los hacía canales formativos, inclusivos, sin pauta publicitaria y con contacto interactivo con las escuelas.

Uno de los cambios fundamentales que se vivió desde adentro de los canales, luego del kirchnerismo que los vio nacer, fue el lento y desgastante traspaso del Ministerio de Educación al Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos. Este cambio iba a afectar a las señales y a sus trabajadores de distintas maneras.

En principio se perdía esta pauta educativa en sus contenidos, esa guía, ese eje que era lo que los constituía. Después sucedió otro fenómeno: un lento divorcio de la Sociedad del Estado dependiente del Ministerio de Educación y la formación de una nueva, con su nuevo empleador que sería el Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos. Ese proceso conllevó más fragilidad para aquellxs trabajadores aún precarizados por el Estado, aquellos que el kirchnerismo no incorporó como trabajadores permanentes.

Con la nueva gestión macrista, se empezaron a renovar los contratos de trabajo pero, a diferencia de la gestión anterior que, por lo general, hacía contratos a plazo fijo por un año (para luego ingresar a contrato por tiempo indeterminado), se emitieron sucesivos contratos a plazo fijo de menor duración. Así, lxs trabajadorxs pasamos dos años renovando contratos de tres meses o menos, sin vislumbrar la posibilidad de ingresar a la planta, con un contrato por tiempo indeterminado.

Como era de esperarse, un día finalmente estos contratos comenzaron a caer. Esa caída, que lxs trabajadores consideramos despidos, se dio en un contexto de un nuevo achicamiento del Estado por parte del gobierno de Macri. A principios de 2017,  se efectuaron 7 despidos de gente de planta y, a finales del mismo, dejaron caer 23 contratos de plazo fijo.

Despidos tardíos en comparación con otros ámbitos del Estado, otros ministerios, pero al mismo tiempo un fenómeno que se sostiene en el mandato de Mauricio Macri. Estos despidos vienen acompañados también por un llamado “beneficio” de Retiro voluntario para aquellxs trabajadores con contrato por tiempo indeterminado, otro recuerdo menemista.

De esta manera, lxs trabajadores de las señales Encuentro, Pakapaka y DEPORTV estamos viviendo un verdadero vaciamiento de nuestros espacios laborales. Para poner un ejemplo, el área donde yo me desempeñaba quedará absolutamente vacía yla gente ya no recibirá las señales con sus contenidos accesibles para todos y todas. Asimismo, Chequeo técnico, Emisión y Cooperación y Ventas quedan sin sus trabajadores. Esto sumado a mucha gente que tomó el Retiro voluntario, ante un panorama de incertidumbre, cambio de paradigma y vaciamiento.

 

El vacío en las instalaciones de Canal Encuentro, PakaPaka y DeporTV

Está claro que el valor simbólico de las señales perdió sentido con este nuevo gobierno. Encuentro, Pakapaka y DEPORTV no eran canales que respondieran a la lógica económica del mercado, sino más bien a un valor simbólico, a una decisión política de generar material audiovisual nacional, federal, histórico, artístico, diverso e instructivo, dentro de un contexto en el que el Estado lidiaba con una coyuntura mundial neoliberal pero que, de una manera u otra, creaba trabajo y contenido.

Estamos viviendo un duelo político. Si bien estamos curtidos como argentinxs y los golpes duros empezaron hace ya dos años con la vuelta al neoliberalismo sin escrúpulos del gobierno de Macri, como trabajadorxs de Encuentro –que funciona en la ex Esma–, hay algo del corazón de todo lo mejor del kirchnerismo acá adentro: las políticas de DDHH, la generación de contenido y el discurso esperanzador para muchxs jóvenes.

Ahora las señales se mudan a Tecnópolis, donde esperan vacíos 70 puestos de trabajo. Somos más de 200 trabajadorxs. No sabemos cuántas señales quedarán antes de la mudanza, pero sí sabemos que serán reducidas al mínimo y tercerizadas en lo que la gestión considere necesario. Ese es el panorama más claro y crudo.

Ahora queda la unión. Les escribo a diario a mis amigas, algunas freelancers, y me dicen que compartirán conmigo algunos trabajos y que me anime a la docencia y a la creación. Nos damos fuerzas y nos paramos firmes como mujeres autónomas, sin jefe, y contra las violencias machistas que enfrentamos a diario en todos los ámbitos, incluidos los laborales. La amistad y la unión de las mujeres es nuestra fuerza.

En el último trabajo al que le facturé a la UTN, pero que era dentro del Instituto de la Vivienda del Gobierno de la Ciudad en el Edificio del Plata, conocí una de mis mejores amigas. Ella es cordobesa y había estudiado cine allá, y después de trabajar un tiempo como vendedora en Once había llegado ahí. Éramos infelices y felices al mismo tiempo, rodeadas de expedientes, cargando datos y descifrando cómo salir adelante. Estábamos unidas en la necesidad de trabajar pero con la libido y la esperanza puesta en otro lado.

Un día no muy lejano, hablando de estas cosas con una compañera –y luego amiga entrañable de Canal Encuentro–, me dijo que ella tiene una historia de amistad parecida con otra chica que conoció en el Hard Rock Café, donde trabajó desde finales de los 90 hasta el 2004, cuando la echaron.

La tarde en que me llegó el telegrama y en que el futuro laboral de esta amiga y más compañerxs pendía de un hilo, yo estaba haciendo tiempo en un rincón de la ex Esma, cuando me llega un mensaje de ella. Lo abro y leo:  “Acordate de nuestra teoría: una amistad para siempre se sella con una historia de precarización laboral. Esta es la nuestra”.