Por: Fotos: UNTREF

Leo Maxi Prietto y pienso en música. Desde que escuché Prietto viaja al cosmos con Mariano, Maxi es el chabón argentino con el que más tiempo pasé, a pesar de no habernos visto nunca. Luego de las denuncias por abuso que se publicaron en estos días contra él y de leer un comentario en el segundo comunicado de Los Espíritus de un canchero que ironizaba la unión Darthés-Prietto para hablar de un mega complot, me entristecí pensando que sí están unidos. Que los varones cis heteros no se pueden desentender de las razones del paro del 8, que los escraches tienen una lógica de espectacularidad sin eficacia para los abusadores ignotos cercanos, que el deseo de castigo no provoca cambios culturales sino que instala la coerción del miedo, con consecuencias moralizantes. Que algunos músicos del indie amigo, sensible, que no representaban masculinidades rancias, para quienes las chicas eran compañeras, rompieron ese pacto y son los machos.

El Código Penal no puede ser el Manual de Carreño contemporáneo y es probable que muchas de las conductas que se describen en estas y otras denuncias no sean un delito. Supongamos que estamos de acuerdo en eso, lo que llama la atención en los cientos de comentarios a músicos denunciados es la indolencia frente a las chicas y la justificación de la violencia. En qué se parecen Darthés y Maxi Prietto, en qué se parece Prietto y más de un machito intrascendente que nos cruzamos en la vida, en que creen que la violencia que ejercen es parte de un juego de seducción. A ese punto está naturalizada. No creen ser abusadores, creen que el no que les dijeron era un juego, una suerte de extensión de la dominación en el plano social al plano sexual. Oscar Wilde: “Todo en el mundo se trata de sexo excepto el sexo. El sexo se trata de poder”. Luego de haber visto la pija que habías rechazado en la cara -como dice una de las denuncias- no nos vamos a revisar el largo de la pollera ni vamos a ver cuánto tomamos, porque el chabón alcoholizado nunca termina violado. El camarín puede ser un centro erótico donde muchxs la pasamos bien, adonde también llevamos el derecho humano al placer y el goce; pero ahí también está vigente el no es no.

En la lógica ansiosa de lxs comentaristas de redes, cada respuesta pelea por destacarse con lo que mejor funciona: la polarización y la disputa. Muchas y muchos dicen: que resuelva la justicia. Como si el Poder Judicial no fuera blanco, heterosexual, dueño y misógino, y en general no tenga ningún problema en ser revictimizante. Las demandas de Poder Judicial parten de la idea de que las pibas mienten y que, aunque no lo hicieran, lo que cuentan no implica ningún reproche penal. Esas apelaciones no ven la cultura violenta que está en el centro de la discusión: las pibas hablan contra un sistema que defiende privilegios que son un asco desear. Son los privilegios del uso de la violencia de los varones cis heterosexuales. Privilegios que tienen aunque muchos no los ejerzan y que implican que: no dudemos de su palabra, veamos como halago que no se pueda contener, te sientas en falta por decir no después de que insistió mil veces como si las chicas no estuviéramos seguras de lo que decimos la primera vez, no tengan que pensar nunca que lo que visten puede significarles agresión en la calle o menosprecio en el trabajo, se puedan quedar dormidos en cualquier lugar sin despertarse con el calzón bajo, no se les ocurra mandar por whatsapp “llegué bien” después de una fiesta. Ese tipo de seguridad masculina, comodidad y falta de paranoia alerta en la calle es la plusvalía que los agresores nos sacan y que goza el colectivo de las masculinidades hegemónicas. Por no hablar del privilegio económico.

Ahora bien, además de todo el trabajo impago que hacemos, ¿tenemos que educarlos sobre sus privilegios? No es nuestra responsabilidad. ¿No nos hemos encargado nosotres de identificar desde hace décadas eso que nos aplasta? ¿Qué hicieron hasta ahora? ¿Qué van a hacer para el Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries? Una de las cosas que provoca respuestas acaloradas a los desafortunados posteos de bandas son frases tipo “estamos en shock”, ¿en serio?, ¿por qué? ¿Los tomó en pleno proceso de deconstrucción de su machismo y haciendo un detox de doce pasos? ¿Analizaron distintas manifestaciones de la violencia machista y ahora están sorpresa? En denuncias a otros músicos pudimos ver mayor tiempo de organización entre las denunciantes hasta que cobraron estado público un acumulado de escenas de abusos. En esta oportunidad, hay solo tres, pero son una muestra de varias más.

Hasta ahora, las denuncias que tienen a Maxi Prietto como agresor hablan de situaciones vividas hace años que, mientras no salieran a la luz, lo mantenían dentro de la banda. Por un lado, las víctimas hablan cuando pueden hacerlo. Por otro, el tiempo dice acerca de una revisión de prácticas en las que nos vimos involucradas, una suerte de memoria resiliente y mirada retrospectiva de cuando la docilidad social y sexual nos hizo daño. Estamos reescribiendo pactos que no firmamos. Pero en estos últimos años no recuerdo haber leído una sola publicación de alguien que se reconociera victimario o testigo de violencias y se haya decidido a traicionar la complicidad machista. Tampoco amigos que tengan narraciones de ese tipo en conversaciones privadas. Como dice Luciano Fabbri, “los varones somos los principales policías de la masculinidad de otros varones, los que legitimamos o deslegitimamos las actuaciones y credenciales de género de nuestros pares”. La traición a ese régimen tiene consecuencias: “la expropiación de las credenciales de masculinidad y heterosexualidad, la acusación de traición al género, la expulsión corporativa de espacios colectivos de pertenencia, la pérdida de amistades o vínculos de afecto, mecanismos de aislamiento, y con todo ello, también la desposesión de los propios privilegios”. Nota al margen: ¿Marchamos con los maricas el 8, traidores del régimen político heterosexual y muchas veces víctimas de los machos alfa agresivos?

Pese al vertiginoso devenir de los feminismos en los últimos años, los cambios culturales demoran y el machismo tiene efectos materiales, a pesar de que los límites a las violencia son cada vez mayores. El deseo de castigo parece canalizarse a través de los escraches, de la denuncia pública a figuras que tienen alguna notoriedad, y su efecto no es solo hacia el agresor, sino a todo su círculo íntimo. En esos casos los resultados -en los señalados como agresores que ofrecen distintos modos de reparación o en el mayor cuidado del resto- parecen provenir del miedo al castigo, antes de que de algún tipo de revisión honesta de conductas. ¿Es eso lo que queremos? Algunas de mis obsesiones me impiden olvidar que Ramón Falcón impuso una multa al acoso verbal callejero en 1906, y que se toca con iniciativas progresistas recientes. Por otra parte, ¿qué pasa con los agresores ignotos, que son la gran mayoría? Una de las conquistas del feminismo es la confianza en nuestras voces: no nos callamos más, no vamos a silenciar las violencias y vamos a disponer de espacios de escucha. ¿A través de qué mecanismos? ¿Cómo acompañamos el deseo de reparación de mujeres, lesbianas, travestis, trans, maricas y disidencias? Muchos espacios están desarrollando sus propios protocolos de abordaje de violencias machistas. Encontrar alternativas al punitivismo -el castigo desproporcionado, el manodurismo de la vida cotidiana- nos demanda imaginación y esfuerzo para que la impunidad no sea su opuesto, y logre proteger a las denunciantes. Un feminismo que lo cambie todo, también puede proponerse cambiar los modos de administración de justicia.