Isabel de Guevara fue una mujer española que llegó a Buenos Aires a “conquistarla” junto con otros hombres. Esa expedición para fundarla no fue exitosa por la resistencia de los pobladores locales y una fuerte hambruna que mató a casi todos los hombres. Entonces ella y otras mujeres navegaron hasta Asunción, donde había un asentamiento más establecido y, desde allí, el 2 de julio de 1556 le escribió una carta a doña Juana de Austria, regente de España, donde reclamó que le reconociera el trabajo que hizo a la par de los varones sobrevivientes y subrayó la injusticia de que los premiaran a ellos con algunos esclavos, mientras que a ella no, ni uno.

“He querido escribir esto y traer a la memoria de V.A. para hacerle saber la ingratitud que conmigo se ha usado en esta tierra, porque al presente se repartió (indios e indias), por la mayor parte de los que hay en ella, así de los antiguos como de los modernos, sin que de mí y de mis trabajos se tuviese ninguna memoria, y me dejaron de afuera, sin me dar indios, ni ningún género de servicio”, dice en su carta.

La historiadora Gabriela Margall y la escritora Gilda Manso publicaron el primer tomo de La historia argentina contada por mujeres, de la conquista a la anarquía (1536-1820), en Ediciones B. Ellas dicen: “Si hasta ahora hemos concebido y nos han enseñado una historia sin mujeres, hemos aprendido la mitad de la historia”.

En junio sale a las librerías el segundo tomo, que abarca de 1820 a 1860, y el tercero saldrá en septiembre y abarca desde esa fecha hasta 1910. Gilda Manso contó a LatFem por qué esa periodización: “Terminamos ahí porque consideramos que lo siguiente era historia reciente y nosotras queríamos analizar la historia clásica, lo que estudiamos en los manuales escolares, pero desde el punto de vista de las mujeres”.

En el libro se van perfilando determinadas épocas y situaciones en el país desde la voz de las mujeres, esas que jamás salieron en los libros de historia. Desde las indias y las mujeres de campo, hasta las conquistadoras. Para llegar a esos testimonios, las autoras se encontraron con muchas dificultades porque nunca fueron valoradas las voces femeninas, entonces no hay archivo suficiente. Manso agrega: “En la época de la fundación de Buenos Aires había pocas mujeres que supieran leer y escribir, dentro de esa minoría casi todas eran de clase alta, españolas”. Pero al correr de los años y del libro los testimonios, casi de todos de correspondencia personal entre mujeres, amigas, madre-hija, hermanas, se conforman en la prueba de que hubo voces. Existieron mujeres y dejaron su opinión.

Si es fácil hoy encontrar en las paredes la inscripción “ni sumisas, ni devotas”, hace más de 200 años según la investigación de las autoras: “Las mujeres tenían que ser sumisas, devotas, obedientes. Tenían que hacer lo que hacía el marido o el padre, si estaban soltera. No tenían otro modo de ser porque no conocían otra forma, incluso las que se rebelaban, de manera muy pequeña, quedaban maginadas de la sociedad, sin la posibilidad de un futuro, que era una familia. Sin embargo, encontramos algunas cosas que nos demostraban que no era todo así todo el tiempo”.

Se refiere a un capítulo sobre violencia de género, donde no se puede interpretar -sin caer en el error- el dominio patriarcal como una garantía de docilidad o de absoluta sumisión por parte de las mujeres. Allí cuentan la historia de María Ochoa, una mujer que en 1791, en Córdoba, estaba presa por haber matado a su marido y que, en la cárcel, apuñaló al jefe de la unidad, Vicente Crespillo, porque había intentado violar a una de sus compañeras. Todo el relato se obtiene de la declaración de otra compañera, Margarita Montiel. No todas soportaban la violencia de ese sistema.

Más adelante en la línea cronológica, las autoras plantean que durante la Revolución de Mayo y el proceso para lograr la concreta independencia de España y la Corona, las mujeres ocuparon un rol que en los manuales no está escrito. Muchas de ellas, ante la situación de crisis debieron actuar como jefas de familia, encargarse de los negocios, administrar las chacras y enfrentar las deudas que le dejaron los maridos.

Hacia el final del libro, además, empiezan a aparecer los periódicos hechos por mujeres. En 1830, Petrona Rosende de Sierra, considerada la primera periodista argentina, fundó el periódico La Aljaba, que se editaba dos veces por semana. Después de ella, en 1854 apareció el periódico Álbum de Señoritas, de Juana Manso, centrado en la moda, la literatura y el teatro.

Esas publicaciones, cuenta Gilda Manso, “en general duraban muy pocos números porque los bancaban ellas con sus sueldos de maestras o costureras o de los trabajos que hacían las mujeres en esa época. Eran periódicos revolucionarios por el hecho de que eran mujeres expresándose públicamente, dando su opinión. Ahí encuentro un inicio del feminismo, aunque no podemos hablar de feminismo en esa época porque no existía el concepto, pero sí que lo fueron sin saberlo”.

La Historia Argentina Contada por Mujeres pretende saldar una deuda que, quienes escribieron la historia del país, nos deben a las mujeres. Estuvimos y lo relatamos, sólo que no nos dieron importancia. Ahora, varios siglos después, Gilda Manso y Gabriela Margall intentan reponer la propia voz.