En el ensayo poético El otro lado de las cosas que escribió Natalia Romero (Blatt&Ríos, 2017)  hay una discusión sobre el feminismo, la escritura como método de emancipación y la poética -esta vez, pero aplicable a todxs- de Diana Bellessi.

Romero comienza la narración de su tesis con una experiencia personal. Cuenta cómo fue su acercamiento a la poesía: de chica, en Bahía Blanca, dibujaba, pero la representación le quedaba chica, corta, y empezó a pintar con óleo y acrílico donde la forma de la imagen que quería transmitir se asemejaba a la forma en tanto abstracción. Antes o después de eso pasó a las palabras. Ahí, en la poesía, Natalia se enfrentó a la mujer que debía ser dentro suyo. La mató. Y encontró a un hombre, también, más fuerte, más difícil de asesinar. Lo corrió con la escritura, única forma más fuerte que los géneros impuestos en la cultura, capaz de correr con honestidad esa dualidad que nos enseñan.

Dice: “La escritura fue y sigue siendo la única manera de llegar a mi hondura, a mi intimidad. En ese encuentro hay un pasaje que tiene que ver con lo que no se controla. Con lo sorprendente. Lo desprendido, lo libre”.

Y va detrás de eso en una búsqueda teórica que empieza por la necesidad de narrarse como mujer de la que habló Simone de Beauvoir en La mujer rota y atraviesa a Helene Cixous con su escribir es devenir mujer. ¿Por qué la mujer se escribe?, se pregunta Natalia, y se contesta: “porque la mujer tuvo (y aún tiene) que narrarse para existir”.

En esta mujer que escribe, que se escribe, hay un descubrimiento de lo propio y de lo otro. Lo que fue impuesto, lo asesinado, lo que uno es. La palabra y la escritura como restauración de lo que fue quitado en la historia de la mujer. El varón, el macho, monopolizó los sentidos y los roles.  “Esa mujer que escribe es una mujer que se apropia de su cuerpo, es una mujer que nace”, dice, como acto de reconocimiento hacia afuera y hacia adentro, de lo público y lo íntimo, de la poesía como política.

“La literatura femenina forma parte de un acto de reunión”, señala Romero, y pienso en que la literatura femenina es una forma de hacer política. Leernos, pensarnos, discutirnos, como forma de ampliar nuestras libertades, de reconocer todas las historias disidentes a esa dualidad de género, a las múltiples formas de intimidad. Recordé el ensayo de Marina Yuszczuk publicado en La Agenda hace poco, ahí ella habla de la red de mujeres que publica y escribe literatura femenina. Discute si hay o no un sello que unifique y sí afirma que somos las mujeres las que nos presentamos al mundo como escritoras, linkeándonos unas con otras, en afán de visibilizarnos. Pero también habla de la singularidad de un texto de autora: “el cuerpo de las mujeres aparece narrado de una manera que ningún varón podría practicar, así como ciertas experiencias que están atravesadas por el género. Y no necesariamente la pareja o la maternidad, sino incluso modos de leer, de relacionarse con la literatura misma, con la ficción”.

Si las lecturas son marcas de libertad, como dice Natalia Romero en su libro El otro lado de las cosas, una mujer que escribe se recupera a sí misma y a su libertad. Entonces estudia la obra de Diana Bellessi, quien mostró las marcas de subjetividad recuperada mediante la poesía: el exilio, el lesbianismo, el hombre que hay dentro de una. Ella, que fue activista feminista, hoy prefiere romper los moldes desde la vida cotidiana. Bellessi dice: “Hay que desmontarlo todo. ¿Cómo lo desmontamos? ¿Desde la teoría de género? No, prefiero desmontarlo desde la poesía”. Pero es ella también la que se refiere a la poesía como “la revuelta descomunal del habla íntima”. Y si el feminismo instala una nueva forma de autopercepción y de vinculación con los otros, en la vida cotidiana que es política y en la escritura mediante la experiencia individual, está la experiencia colectiva. Leyendo, escribiendo, viviendo, está el mapa de recuperación de lo que se nos fue quitado.