Por:

Si hay lugar y no está ocupado por otros, también paso un buen rato con los bloques. Siempre solx, porque me cuesta jugar con los demás. Los bloques tienen un efecto hipnótico para mí; me concentro en hacer construcciones que se asemejan a puentes.

Según declara la partida de mi primer nacimiento, soy Sabrina Betania Testa y nací el 11 de noviembre de 1985. Ese documento también dice que mis progenitores son Graciela Gerónimo y Juan Carlos Testa y que mi sexo es femenino. Mis padres me cuentan que, con pocos segundos de vida, abrí los ojos grandes, los vi y lloré. El misterio de esa reacción primitiva de la que solo tengo un recuerdo heredado –a su vez– del recuerdo de otros, será siempre eso: un misterio.

Cinco años después nace mi hermana Antonella. Así, mi familia se convierte en una de las que convencionalmente se denomina “tipo”: papá, mamá, dos hijos. La plata no falta pero tampoco sobra. Nos vamos de vacaciones una vez al año y, cuando llega el momentode hacerlo, me mandan a una escuela privada confesional. Vivimos en Lugano.

En el jardín de infantes nos proponen ponerle un nombre a la sala. Elegimos llamarnos “Estrellitas”. El aula que usamos tiene distintos espacios para jugar: están el rincón de arte, el de bloques y la casita. La casita no es otra cosa que la representación de una casa en miniatura, con varios elementos como sillas, una mesa, una cocina pequeña, utensilios, ropa usada de adultos para disfrazarse y un cochecito con un bebé de juguete. No me atrae mucho la casita y además siempre está llena de chicos. Mi espacio preferido es el rincón de arte donde me quedaría horas dibujando.

Si hay lugar y no está ocupado por otros, también paso un buen rato con los bloques. Siempre solx, porque me cuesta jugar con los demás. Los bloques tienen un efecto hipnótico para mí; me concentro en hacer construcciones que se asemejan a puentes.

Si hay lugar y no está ocupado por otros, también paso un buen rato con los bloques. Siempre solx, porque me cuesta jugar con los demás. Los bloques tienen un efecto hipnótico para mí; me concentro en hacer construcciones que se asemejan a puentes.

Una vez, mientras estoy en trance armando un puente enorme, la maestra me llama aparte. Me dice que no puedo estar siempre con los bloques o dibujando, que pruebe un rato con la casita, donde están casi todos los demás. Me acerco con pocas ganas, pero lo hago más que nada para no hacer enojar a la maestra.

Así es que entre las “Estrellitas” me enfrento al  ejemplo más vívido de la división sexual del trabajo que pude encontrarme jamás: los nenes juegan a que salen a trabajar, las nenas se quedan cuidando al bebé de mentira. Trato de sumarme a la escena. “Yo quiero ser el papá”, digo. La maestra me reta, me asegura que eso es imposible y que ya hay un nene en ese rol.

Entonces me enojo y ya no quiero saber más nada. Me quedo en un costado, miro por la ventana. No vuelvo más a la casita en todo el año. Poco después me regalan una muñeca a pilas que camina. La odio, detesto sus piernas artificiales, su felicidad de plástico impostada. Le tengo tanta bronca que la bautizo “Tujes”. Con el tiempo la descuartizo: primero le saco un brazo y simulo que se trata de un accidente. Más adelante le saco el otro y queda manca.

En segundo grado, la maestra nos invita a las nenas del aula a hacer una coreografía frente a todos los varones. Tenemos que seguir los pasos de las canciones del programa de televisión de moda, Reina en colores. Apenas escucho la propuesta, la cabeza me estalla: no sé bailar y nunca vi Reina en colores. Como en casa mamá repetía aquello de que era preferible una verdad dolorosa a cualquier mentira, opto por ser honestx. Pasan unos segundos y levanto la mano.

“Seño, yo no sé bailar eso porque no miro Reina en colores. Yo miro Transformers. Tengo grabada la respuesta de la docente: “No importa, parate ahí y seguí a tus compañeras”. Con todo el pudor del mundo, me  ubico al lado de las demás e intento imitarlas. Me tiembla el cuerpo, no quiero que nadie me vea levantar los brazos, hacer saltos imposibles, desplegar las piernas, hacer palmas. Mis compañeras se divierten, siguen el ritmo a la perfección y parecieran disfrutar de las miradas de los chicos. Lo vivo como uno de los peores momentos de mi vida. Por fin la maestra toca la tecla stop del equipo de música y nos aplaude extasiada. La respiración tarda en acomodarse. “Ya está, ya pasó”, pienso con alivio.

Cuando llego a casa pongo Reina en colores en la televisión. Desde ese día decido ver a diario el programa y aprender todas las coreografías. Quiero estar preparadx por si me vuelven a hacer bailar delante de todos, quiero encajar. Así me aprendo una canción sobre el chocolate, una que tiene como protagonista a una araña y otra que incentiva a los niños a conocer el abecedario. Chau, Transformers.