Volver a pasar / por el mismo lugar/ sin hacerse tanto daño. Los poemas de Silvina Giaganti son como una calesita, de esas fundacionales de la vida, de esas que arman los vínculos desde la niñez y es esa escena de amor o dolor la que se repite una y otra vez a lo largo de la vida. Cuando nos cuidaron sin palabras, cuando cuidamos sin mediar planteos. Esos silencios como acciones son los que la poesía de Silvina edifica en una autobiografía en verso. Ella dice que es un libro tardío, que en general se empieza a publicar a los veinti, a los treinti, pero ella lo hizo a sus 41 años porque su calesita tiene procesos lentos.  “Soy una persona que come lento, camina lento, quiere lento, digiero la información lento, de duelos lentos, publicar ahora tiene bastante sentido”, dice, y agrega: “Pero la verdad es que nunca tuve la ansiedad cultural por ver mi nombre impreso en un libro. Tuve el deseo, que es algo bastante diferente de la ansiedad”.

Así lee también, despacio y circular. Estos textos que trabajó durante tanto años, que casi se sabe de memoria, los lee lento como se dice una confidencia o una verdad. Entre frase y frase levanta la vista y mira primero al que oyente de acá, segundo a la de más allá, tercero al que está al fondo. Lee y te mira y te habla. Porque su prosa es la representación de su vida.

Tarda en apagarse es su primer libro de poemas que editó Caleta Olivia y ya lleva tres ediciones, vendió más de 2.500 ejemplares y es una de las perlas del género. Su editor, Pablo Gabo Moreno, dice que cuando ella se acercó con los textos, él no la conocía, no sabía nada de ella y se encontró con un libro macerado. “Ella es una persona sin rodeos, el libro habla de una vida sin rodeos”, comenta. Para él es riesgoso, porque está en el límite de lo autobiográfico, aunque le reconoce algo de ficción. “Silvina está corrida de la imagen de la gente que quiere escribir, por eso no es imitable. Ella empieza a escribir de la intimidad que conoce”.

Y esa intimidad está incluso en la tapa, que es la foto de su cama, un colchón en el piso de su pieza, y unas sábanas destendidas, dormidas, gozadas. Silvina escribe de su sexualidad, de su ex novio, de sus ex novias. Del uso de la palabra en la creación de un deseo, el de la protección, el del cariño, el de la sexualidad. La palabra como límite rompible, maleable, burlable. Es un libro transgénero, es un poemario y es una narración del yo, las dos cosas al mismo tiempo, ni una ni la otra. Silvina parafrasea a Judith Butler, “los géneros están para deshacerlos, ¿o no?”, y eso hace. Tarda en apagarse entusiasma porque hay un punto de vista único, hay una narración de identidad. Santiago Llach lo señala en el prólogo, hay un verso que dice “no sé muy bien quién soy”, y eso lo armamos y desarmamos a lo largo de la lectura. El libro es Silvina. “Sinceramente no me preocupa lo que aparente ser un texto, si tiene o no las marcas básicas de un género definido. La hibridez, la mezcla y soltar todo lo fijado es una búsqueda que me resulta atractiva, y prefiero la indefinición a cualquier tipo de esencialismo”.